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Antonio Fernández Molina, gran imaginativo

El autor Antonio Fernández Molina

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Antonio Fernández Molina es, ahora mismo, un escritor con suerte; quiero decir leído; es decir, editado. Hace ya 20 años que falleció, pero se siguen publicando obras suyas. Yo siempre digo que lo peor es morirse. Mientras uno vive puede bandearse, ir publicando como sea. Pero, llegado el óbito, la difusión de la propia obra se puede volver una complicación. Se necesita a alguien que se siga ocupando de ti. Y Fernández Molina ha encontrado la dicha de interesarle a Raúl Herrero, editor de Libros del Innombrable de Zaragoza. Ya hace no mucho publicó Raúl dos volúmenes sobre él. Uno consistía en una recopilación de numerosos textos sobre el creador editados por Ester Fernández Echevarría, hija del artista. Otro editaba, por tercera vez, la novela ‘Solo de trompeta’, la preferida de Fernández Molina. Ahora Libros del Innombrable publica su narrativa breve, bajo el título de ‘Épocas de grandes lluvias’, conmemorando el vigésimo aniversario de la muerte de este autor, que nació en Alcázar de San Juan, vivió largo tiempo en Zaragoza y está enterrado en la población alcarreña Casas de Uceda.

Antonio Fernández Molina fue muy polifacético. Poeta, narrador, ensayista, traductor, escribía teatro y pintaba. Sus facetas más conocidas son la poética y la pictórica, aunque como novelista y cuentista asimismo es grandemente considerado. Su actividad fue intensa. Intervino en algunas importantes tendencias vanguardistas. Se influyó de muchos autores, tanto españoles como hispanos y extranjeros. Residió en Palma de Mallorca, cuidando de la publicación que creó Camilo José Cela ‘Papeles de Son Armadans’, siendo una especie de secretario del que luego fue Premio Nobel. Su acercamiento más notable se efectuó orientándose al Postismo, siendo amigo de los genuinos postistas y asumiendo la estética de esa vanguardia española. Formó parte de esos admiradores, entre los que se cuentan Carlos de la Rica, Gloria Fuertes, José Fernández Arroyo, el primer Arrabal (con el que tuvo un gran trato), participando en esa difusión post-postista que desarrolló el llamado “realismo mágico”, fundando en Guadalajara una revista emblemática de este movimiento, ‘Doña Endrina’.

Portada del libro 'Época de grandes lluvias' de Antonio Fernández Molina

Esta edición de ‘Épocas de grandes lluvias’ reúne los breves relatos de Fernández Molina, compilando todos los libros donde se publicaron estas escuetas narraciones. El poder de su escritura, y de su pintura, fue siempre altamente imaginativo. José Fernando Sánchez Ruiz, en la biografía que realiza de él en el Diccionario Biográfico de Castilla-La Mancha (requisito muy acertado: estar muerto), afirma que “un sentido humorístico de las cosas envuelve en todo momento su obra, convirtiendo lo imaginario en real y lo real en imaginario, siendo un autor muy activo”. El factor del humor procede, sin duda, del Postismo, que tuvo a la risa como uno de sus principales paradigmas (“risa zen” la calificaba uno de sus fundadores, Carlos Edmundo de Ory). Precisamente, en sus manifiestos, el Postismo fue caracterizado, entre otras cosas, como “la locura inventada”.

En este libro hay relatos soberbiamente geniales, que transforman la realidad consuetudinaria en una pieza artística transformada en el más acendrado producto imaginativo. Tal gloriosa mutación ocurre en ‘La pipa’:

“El hombre célebre había nacido en un pueblo muy pobre. En su plaza pasaba los ratos de asueto de sus vacaciones como uno más, fumando las pipas de la gloria tranquila. Y un día que fumaba de pie, mientras echaba en torno una bocanada de recuerdos, murió como quien se queda dormido. // Rápidamente, brotaron ramas de pipa, rodearon su cuerpo y adornaron su cabeza a modo de corona. Las raíces lo sujetaron al suelo. // De esa forma, el hombre célebre aportó un árbol a su pueblo natal, polvoriento y sin agua, y él pudo tener un monumento”.

Pintura de Antonio Fernández Molina, ubicada en la Galería de Arte Marmurán

José Luis Calvo Carilla, que es el mayor especialista en la obra de Fernández Molina, realiza la introducción del volumen y, comentando este microrrelato, afirma: “Semejante metamorfosis ya la había puesto en práctica Góngora. Si el racionero cordobés pudo observar cómo, cuando el gigante Poilifemo buscó el pino más alto del bosque para apoyarse, este cedió bajo el peso de su mano hasta el punto de que un día era bastón y otro cayado. Fernández Molina a su vez trueca objetos, partes de un mismo cuerpo o de una misma topografía sin alterar la magia del producto resultante”.

Calvo Carilla da cuenta de opiniones mías sobre el movimiento del “realismo mágico”, en el que Fernández Molina estaba inscrito, al corroborar, como yo afirmo, que esta tendencia seguía las directrices imaginativas del Postismo pero llevadas a cabo a través de una escritura normativa. Sin embargo, me cita como Amador Fernández Palacios, cuando yo no ostento Fernández como primer apellido, sino solo Palacios. Un primo mío, Jesús Fernández Palacios, comenta la obra de Ory, de cuya fundación gaditana es patrono. La equivocación puede producir, para el lector, cierta confusión.

Hay en ‘Época de grandes lluvias’ relatos de una auténtica maestría. La viuda es uno de ellos. Es una pieza dotada de un exacto lenguaje, resultando su efecto un gran emblema depresivo: “Paso el tiempo –cuenta la viuda- arreglando los armarios y los baúles. La ropa está desordenada desde siempre y es difícil y lento colocar cada prenda en su lugar preciso. Todo esto me arrastra a múltiples consideraciones y a deshacer continuamente la tarea emprendida. (…) A mi casa no entra, hace mucho tiempo, ninguna persona. Probablemente, no venga nadie nunca. Tal vez el idioma que ellos hablan sea ininteligible para mí”. Una justísima aseveración es proclamar que Antonio Fernández Molina escribía muy bien, acertando siempre en los recursos y las pautas de un alto y acendrado lenguaje.

Hay un relato que homenajea la atractiva escritura de su gran amigo Gabino-Alejandro Carriedo. En el poemario carriediano ‘Los animales vivos’, magnífico bestiario publicado en 1966 en la editorial El Toro de Barro, comandada por el asimismo realista mágico Carlos de la Rica, hay un poema que se titula Recomendaciones para domesticar un avestruz. Con un habla poética encajada en un discurso preceptivo, Carriedo desarrolla un magnífico disparate conceptual: “Primero se le coge de una pata, / luego se le propina un puntapié, / más tarde se le da un terrón de azúcar / y acto seguido pan y leche y palos”. Y, “después de encomendarle a San Pancracio, se le cortan las alas, se le pinta de amarillo y azul la cresta”, para, al cabo, poder llevar algún día al avestruz al cine. Antonio Fernández Molina escribe el delicioso pequeño relato Cómo amaestrar, distraer, convencer a una sardina, advirtiendo que “hay que evitar que la sardina se aburra, darle el clima apropiado y cuidar de que asista a espectáculos que la reconforten”.

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