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La moda de no llamar fascistas a los votantes fascistas

Trump y Abascal, en febrero de 2024.
6 de enero de 2026 21:56 h

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Cada vez gana más fuerza, auspiciada por algunos partidos y analistas, una corriente cuya premisa básica es que no se debe llamar fascistas a los votantes de partidos fascistas (o neofascistas o ur-fascistas o el término que prefieran). La idea, que ha ganado fuerza a raíz del éxito de Vox en Extremadura, o las encuestas cada vez más favorables a Aliança Catalana en Catalunya, es que los votantes de extrema derecha no pueden ser considerados de extrema derecha. De hecho, muchos no aceptan que se les defina como tal. Pero que ellos no se vean así no significa que no lo sean. 

Estar preocupado por el futuro, enfadado con el Gobierno o decepcionado con un sistema diseñado para favorecer a los que más tienen, no justifica apoyar alternativas que, a menudo sustentadas en un falseamiento de la realidad, exaltan los peores instintos humanos.

El profesor Jordi Mir acaba de publicar un ensayo titulado ‘El nostre feixisme’ (editado solo en catalán por Ara Llibres) en el que describe muy bien que uno de los retos es saberlo detectar. Nos cuesta ver el fascismo, pero eso tampoco es nuevo. Recuerda que Primo Levi explicó que era habitual que le preguntasen cómo eran los soldados de los campos de concentración. “Tenían nuestro mismo rostro, pero habían estado mal educados”, les contestaba. También ahora los votantes racistas que aplauden los discursos de Abascal, Albiol o Silvia Orriols tienen nuestra misma cara. Se aprovechan y alientan el miedo, no solo en las redes, para fomentar el odio. Y así van creciendo. 

Ha sido interesante, aunque no una sorpresa, comprobar que estos días los partidos que en Europa han aplaudido con más entusiasmo el ataque de Trump a Venezuela han sido el PP (pese a las reticencias de la FAES de Aznar, ver para creer), Vox y Aliança Catalana. En un momento en el que hay que reivindicar la defensa de los derechos, también del Derecho Internacional, ellos apuestan por debilitarlos. Es paradójico que fuerzas que tanto apelan a las banderas y que se llenan la boca de patriotismo sean las que menos empacho tienen en felicitarse por la falta de respeto a la soberanía nacional de un país, por más que Venezuela estuviera en manos de un sátrapa como Maduro.

Hay dos tipos de mandatarios y de votantes: los que trabajan para reforzar la democracia y aquellos que contribuyen a demolerla. Trump, Putin y Xi Jinping son de los segundos. Quienes les jalean acríticamente, como hemos visto últimamente, en vez de intentar desactivarlos, se convierten en cómplices de la deriva totalitaria a la que estamos asistiendo. Es importante también constatar que a menudo los que les apoyan se presentan como víctimas de un sistema que estos políticos intentan moldear a su conveniencia, anteponiendo sus respectivos intereses económicos a cualquier otro que se parezca al bien común. 

No creen en las reglas si no son las que ellos imponen y haría bien la Unión Europea, que no ha estado a la altura con su respuesta a la operación ilegal llevada a cabo por Estados Unidos, en despertar de una vez e intentar convertirse en portavoz de los que aún creen en el derecho y la justicia universales.

El autoritarismo se combate con más democracia. Y eso no solo sirve para Venezuela.

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