La sororidad como brújula en la comedia 'Estem perdudes'
Dos actrices que son dos hermanas, las cenizas de su madre y un viaje que se convierte en una gimcana. Son los elementos clave de Estem perdudes, una propuesta de la compañía valenciana La Figuera Infinita que arranca el mini ciclo ‘Vincle’, formado por esta pieza y por Cuatro días, cuatro noches, espectáculos cuyo punto de partida es el reto de cumplir las últimas voluntades de los padres. Una situación que puede dar para la reflexión vital, pero también para la comedia porque hasta en los momentos más tristes es capaz de colarse una sonrisa. Las representaciones, cuyas entradas saldrán a la venta a 25 euros, se celebrarán de jueves a domingo.
En el caso de la primera de las obras programada por Sala Russafa del 16 al 19 de abril, en lo que podría parecer un drama familiar hay espacio para la risa sin complejos, con una puesta en escena que rompe la cuarta pared para hablar directamente al público, que incluye toques clown, gags físicos, situaciones descabelladas y unos diálogos con los que sentirse fácilmente identificadas y que reflejan cómo las protagonistas, más que perdidas en el mapa, lo están en la vida.
Iolanda Muñoz firma este texto que interpreta junto a Marta Chiner. Amigas desde hace más de 20 años, han analizado en multitud de conversaciones la diferencia que existe entre cumplir años siendo actor y siendo actriz. “Cuando éramos jóvenes, las dos teníamos muchísimo trabajo en el audiovisual y, de repente, dejaron de contar con nosotras mientras los que habían sido nuestros compañeros de reparto seguían trabajando. Entonces nos dimos cuenta de que, para nosotras, la experiencia no era un grado”, comenta la dramaturga e intérprete. Mientras que Chiner recuerda cómo en plena lozanía la caracterizaron con canas falsas para dar vida a un personaje de mediana edad, en vez de llamar a una actriz de 50. Hasta ahí llega el absurdo techo de cristal con el que se topan muchas mujeres.
Crear una ficción a partir de experiencias reales
Esta comedia nace de experiencias reales que ambas han vivido directamente o conocido de primera mano. “Pero lo que les ocurre a estos personajes les pasa a muchas en todo tipo de profesiones. A partir de cierta edad, nos volvemos invisibles, ya no hay lugar para nosotras en ciertos entornos laborales o sociales. Y así es muy difícil mantener la ilusión”, comentan las intérpretes de este espectáculo en una conversación que fluye a borbotones, como la amistad entre ellas.
Ese grado de cercanía les ha hecho sentirse como hermanas en más de una ocasión, a pesar de sus personalidades opuestas. “Este proyecto lo teníamos hace mucho tiempo en la cabeza, intentamos que lo escribiera otra persona, pero lo habíamos hablado tantas veces que no nos acababan de encajar las propuestas. Así que me decidí a escribirlo yo”, comenta Muñoz, quien ya tenía experiencia previa como dramaturga. “Y me ayudó muchísimo poder trasladar elementos de nuestra personalidad, de nuestros recuerdos y experiencias a los personajes, partir de nuestras vivencias para crear una ficción”, explica la autora y actriz sobre esta comedia.
Tomando parte de su nombre real (compuesto), se convirtieron en María y Violeta, dos hermanas que llegan al aeropuerto disfrazadas de uno de los personajes de Juego de Tronos, cargando las cenizas de aquella madre que las animó a dedicarse a la interpretación, que adoraba vestirlas con modelitos idénticos, que era fanática del universo Tolkien. Ella es la tercera fémina que, de manera indirecta, se suma a este retrato de la mujer en la mediana edad. Tirando de humor, autoparodia y crítica sin tapujos, Estem Perdudes lleva al escenario una sensación de desorientación vital que se refuerza con el drástico cambio de planes respecto al viaje a la sabana de Kenia, donde iban a depositar los restos de su madre. El avión aterrizará en un pequeño aeropuerto japonés por un problema aéreo. Y habrá que encontrar la manera de volver al de Alicante.
En búsqueda de la ilusión
Para Muñoz y Chiner, este espectáculo habla sobre la sensación de haber perdido la ilusión y la capacidad para recuperarla. Fue uno de los motivos por los que Muñoz fundó hace dos años y medio La Figuera Infinita, su propia compañía. Un lugar donde poder poner en pie proyectos que le entusiasmaran, que hablaran de temas que le atraviesan y que piensa que pueden interesar a otras mujeres de mediana edad, como ella.
“Sigue sin haber mucha visibilidad de historias o personajes con los que se pueda sentir identificado un público que, mayoritariamente, es femenino”, comenta sobre el hecho de que suele haber más espectadoras que espectadores en el patio de butacas. En su opinión, todavía hay mucho camino que hacer en cuanto a la producción y programación teatral, ya que en la cartelera sigue sin haber paridad, a pesar de que las creadoras (incluyendo a las de mediana edad) tienen muchas cosas que contar.
Para este espectáculo ha contado con un equipo que incluye a Mª José Peris en la dirección, quien ha sabido leer perfectamente el tono de comedia exacto para este texto; a Carles Chiner que ha creado una ambientación sonora que amplifica las escenas; y a Gloria Román responsable de un vestuario con toques de humor. Todos ellos han aportado su creatividad a la hora de recrear la divertida aventura de dos mujeres opuestas, a pesar de compartir genes y profesión, atrapadas en un aeropuerto y en una vida en los que no ven demasiadas salidas, pero dispuestas a hacer de la sororidad su brújula. Una historia que reivindica la necesidad de perderse para encontrarse, de aceptar el descontrol para empezar a tomar las riendas.
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