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Sobre este blog

‘En legítima defensa’ és un espai de distanciament crític o d'implicació serena amb les coses de la vida, que s’imposa com a objectiu primordial la defensa del dèbil davant d’això que anomenen actualitat, que no és el que passa, sinó el que volen que creguem que passa, o això ens sembla. La nostra arma preferida és el floret, però no renunciem a fer ús de l'estoc si cal, encara que això puga restar-nos una mica de prestància.

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‘En legítima defensa’ es un espacio de distanciamiento crítico o de implicación serena con las cosas de la vida, que se impone como objetivo primordial la defensa del débil ante eso que llaman actualidad, que no es lo que pasa, sino lo que quieren que creamos que pasa, o eso nos parece. Nuestra arma preferida es el florete, pero no renunciamos a emplear el estoque si hace falta, a pesar de que eso pueda restarnos un poco de prestancia.

La palabra como disfraz

Ilustración de Michael Halbert.

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La proliferación de cronistas, comentaristas e incluso teóricos de lo político y lo social, y el hecho de que el flujo de texto circulante no deja de aumentar, puede estar transmitiendo la impresión de que escribir es una tarea cada vez más sencilla. Afirmar eso sería tan cierto como decir que lo que hacen los loros es hablar, lo que hace Yoko Ono cantar, o razonar lo que hacen ciertos políticos. Cualquiera que lleve escribiendo ya unos cuantos años con un cierto respeto por la lengua y una cierta solvencia a la hora de utilizarla sabe perfectamente que la escritura honesta, la que tiene por objetivo la economía del lenguaje y la precisión expresiva, lo tiene cada vez más difícil. Lo que circula tan abundantemente por ahí debe ser otra cosa. De un tiempo a esta parte no hay palabra a la que no hayan puesto a trabajar en una esquina. El diccionario se ha convertido en un prostíbulo, y en cuanto te descuidas estás utilizando términos ajados, repintados y corrompidos por un uso eufemístico. Por eso, entre otras cosas, contrariamente a lo que pueda parecer, escribir se ha convertido en un ejercicio cada vez más arduo, ingrato e insatisfactorio.

Casualmente, concisión y claridad es justo lo contrario de lo que necesita el poder. El poder siempre pide escenificación, artificio, afectación. Necesita enjaezarse a conciencia porque la visión del poder desnudo es insoportable para el que lo sufre y hace que quien se beneficia de él tenga problemas para conservarlo. El poder es una realidad tautológica, circular. Al margen de como lo haya obtenido, poderoso es quien tiene poder y porque lo tiene, y lo ejerce porque puede ejercerlo, no precisa más razones. En principio no necesita de ningún auxilio: el poder es fuerza, violencia contenida o desatada según el grado de resistencia del sometido, no requiere ningún tipo de argumentación. Pero en su simplismo está su debilidad. Para hacerse soportable necesita acompañarse de una escenografía convincente, ocultar su ruda esencia mediante el uso de toda una serie de prótesis efectistas. La más significativa, el lenguaje. Aunque el poder no es de dar muchas explicaciones, no puede prescindir de él, se legitima a través suyo, a través del lenguaje propiamente dicho y de los signos, el oropel, el ritual, el fasto, la impostura, el paripé, cualquier forma de expresión susceptible de modificar las apariencias.

El poder pocas veces es lo que dice ser y sirve a quien dice servir. Solo puede mostrarse como parodia, como caricatura, raramente en crudo, abiertamente, como algo explícito y manifiesto. Para ser ejercido con la máxima contundencia requiere de un grado de sofisticación cada vez mayor, y aquí es donde el eufemismo, en todas sus variantes, cobra una importancia creciente. Básicamente, el eufemismo consiste en enmascarar la realidad. Lo normal y conveniente para todos —y perdonen que por coherencia no use en este párrafo ningún eufemismo— sería que quien es un hijo de puta se expresara como un hijo de puta, pero no lo hace, porque para ser un buen hijo de puta hay que expresarse como un espíritu amable y compasivo. Por otra parte, nos encanta la buena educación, y eso que tienen ganado los que ejercen el poder, porque ellos saben como satisfacer gustos tan convenientes y baratos. Nos sodomizan a discreción, y cuando nos toca agacharnos nos disculpamos por darles la espalda. Faltaba más, responden, y nosotros entusiasmados de ver como germina nuestro ejemplo. Y si, además, al hecho de tomar por culo lo llamamos recibir agasajos por el vano posterior, o algo así, miel sobre hojuelas. De ese modo se crea un círculo vicioso que no para de crecer.

El eufemismo político era cosa de las derechas. Recordemos aquello de «gloriosa cruzada» por guerra civil, «Endlösung» por genocidio, «conflicto colectivo» por huelga, «productor» por obrero o «democracia orgánica» por dictadura. Frente a todo eso, la disidencia siempre había optado por la claridad. Rechazar el eufemismo, la mistificación encubierta de los hechos, desenmascarar esas argucias, destripar los caballos de Troya que el poder introduce en sus discursos ha sido siempre la primera misión de un intelecto libre. Pero frente a este modelo ha prevalecido, en forma de parodia, el del intelectual comprometido en su versión posmoderna, radicalmente alejada del modelo sartriano. Su misión no es ya la de ser un testigo insobornable de cuanto sucede e intervenir en los hechos de una manera selectiva, sino la de confeccionarle un buen jersey a la causa, la que sea, con la lana que dan los diccionarios. De esa manera el uso del eufemismo y sus muchos procedimientos semánticos ha pasado a considerarse un rasgo de la izquierda con todo merecimiento. No es que la derecha haya dejado de utilizarlos, al contrario, ha perfeccionado ese arte y lo ha llevado a cotas muy altas sin abandonar jamás su consustancial cinismo. Pero hay que reconocer que la izquierda la está superando, porque no es solo que los use, sino que parece que se los toma en serio. Al parecer, algunos han llegado a creer que el mismo mecanismo que utiliza el poder para intentar pasar desapercibido se puede utilizar también para visibilizarlo. O es eso, o es que han renunciado a combatirlo y se están mimetizando con él.

Gracias al impulso que está recibiendo desde los sectores progresistas, la eufemística evoluciona a la carrera. Sigue dando lugar a alambicados cuescos expresivos como «pobreza energética», «gestión regresiva», «ponderación de los impuestos», «tique moderador» o «espacio representativo de la voluntad colectiva», pero cada vez utiliza recursos más concisos desde un punto de vista formal y más retorcidos desde una perspectiva conceptual. Palabras y expresiones hasta hace poco inequívocas como «democracia», «libertad», «fascismo», «antifascismo», «revolución», «progreso», «clase» y todos sus derivados («desclasamiento», «conciencia de clase», «lucha de clases») o «izquierda» y «derecha» sin ir más lejos, por citar solo unas cuantas, se han convertido en conceptos vacíos, han cambiado drásticamente su significado o han sido eliminadas del vocabulario mediante juicio sumarísimo. Es algo que, como algunos ya han señalado, a la larga convierte en incomprensible toda la ensayística política y social de los dos últimos siglos, lo que para unos cuantos puede llegar a ser una ventaja, pero hay que dudar que lo sea para la mayoría.

Simultáneamente, otros términos que no existían o estaban prácticamente escondidos entre las páginas del diccionario, como «confluencia», «inclusividad», «transversalidad», «interseccionalidad» o «empoderamiento», entre otros muchos, han emergido con carácter generalmente positivo y axiomático. Su uso, junto con otros términos que han sido fuertemente enfatizados en un sentido inverso, como «patriarcado», «populismo», «racismo», «xenofobia», «homofobia», «machismo» o «casta» (este último en regresión), no precisa de mayores explicaciones. El vocabulario se polariza y el debate se simplifica. Si incluimos oportunamente cualquiera de estos términos en nuestras premisas, a nuestros silogismos no hay quien les tosa. El problema es que quien acaba ganando indefectiblemente las batallas, a no ser que sean florales, es quien lleva las riendas del mundo factual, porque la realidad es muda, iletrada y cerril, no dialoga con nadie, va a lo suyo, y a ella muy probablemente se la sople toda esta logomaquia.

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‘En legítima defensa’ és un espai de distanciament crític o d'implicació serena amb les coses de la vida, que s’imposa com a objectiu primordial la defensa del dèbil davant d’això que anomenen actualitat, que no és el que passa, sinó el que volen que creguem que passa, o això ens sembla. La nostra arma preferida és el floret, però no renunciem a fer ús de l'estoc si cal, encara que això puga restar-nos una mica de prestància.

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‘En legítima defensa’ es un espacio de distanciamiento crítico o de implicación serena con las cosas de la vida, que se impone como objetivo primordial la defensa del débil ante eso que llaman actualidad, que no es lo que pasa, sino lo que quieren que creamos que pasa, o eso nos parece. Nuestra arma preferida es el florete, pero no renunciamos a emplear el estoque si hace falta, a pesar de que eso pueda restarnos un poco de prestancia.

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Publicado el
13 de octubre de 2020 - 12:29 h

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