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El fuego dentro del modelo de territorio y como problema de protección civil

Bomberos forestales de la Diputación de Castellón en plenas labores de extinción.

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El verano de 2026 se está convirtiendo en una auténtica pesadilla para nuestros bosques, con una campaña de incendios que pulveriza los registros recientes. Hasta mediados de agosto, el fuego ya ha devorado más de 265.000 hectáreas en España, una cifra alarmante que multiplica ampliamente la superficie quemada en las mismas fechas de 2025. Favorecidos por olas de calor extremas y por un paisaje rural poco gestionado, los grandes incendios se han desbocado, dejando un paisaje desolador que sitúa a 2025 y 2026 entre los períodos más graves de la historia reciente de los incendios forestales europeos, según los datos del sistema europeo Copernicus-EFFIS (European Commission, JRC, 2026).

Pero el verdadero drama ya no se mide solo en mapas ni en hectáreas de bosque.

El fuego ha golpeado de lleno la interfaz urbano-forestal, donde, desde el inicio de 2026, más de 170.000 personas se han visto afectadas por las llamas, confinadas, evacuadas o perdiéndolo todo, como consecuencia directa de la virulencia de los incendios forestales. Viviendas y urbanizaciones han quedado atrapadas por el fuego, mientras la tragedia de las vidas humanas perdidas nos recuerda que ya no estamos hablando únicamente de un problema ambiental ni económico.

Dentro de este escenario crítico, la Comunitat Valenciana tampoco se ha librado del golpe del fuego, sumando más de 11.000 hectáreas arrasadas en lo que va de año. La provincia de Castellón ha vivido los peores episodios de esta campaña: al devastador incendio de la Vall d'Uixó, que devoró más de 7.200 hectáreas en el corazón del Parque Natural de la Serra d'Espadà y obligó a desalojar o confinar a 15.000 vecinos, recientemente se ha sumado el virulento fuego de Tírig y Catí, que ha calcinado unas 810 hectáreas de gran valor forestal, completando una de las peores emergencias ecológicas de los últimos tiempos en la provincia.

Y en lo que llevamos de agosto, la cosa no parece que haya acabado.

Cuando el fuego supera la capacidad de extinción

En primera línea, la realidad física del fuego es tozuda. Los incendios actuales pueden desarrollar comportamientos que superan la capacidad de respuesta de los dispositivos de extinción (Castellnou, 2019). Marc Castellnou lo ha explicado reiteradamente: los grandes incendios contemporáneos no pueden abordarse únicamente incrementando los medios de respuesta, sino que obligan a preparar el territorio antes de que el fuego llegue (Castellnou, 2019; Fundació Pau Costa, 2025).

Cuando la intensidad del fuego supera la capacidad de extinción, los bomberos deben priorizar la protección de personas, viviendas e infraestructuras y esperar oportunidades de control.

La Fundació Pau Costa lo formula con claridad en su Declaración sobre la gestión de los grandes incendios forestales en España: los servicios de extinción no pueden hacer frente por sí solos a los grandes incendios que se sitúan fuera de su capacidad, y es necesario preparar paisajes vivos, diversos, resistentes y resilientes (Fundació Pau Costa, 2025).

Los medios de extinción son imprescindibles, pero tienen un límite físico. Por eso, la mejor oportunidad para ganar la batalla es, muchas veces, antes de que comience.

La interfaz urbano-forestal: el nuevo escenario del riesgo

Durante décadas hemos pensado en los incendios forestales como un problema exclusivamente de montaña. Pero el territorio ha cambiado.

Cada vez hay más viviendas dentro o al lado de las masas forestales. El MITECO identifica precisamente el desarrollo urbano en terrenos forestales y la transformación de la ocupación de las zonas rurales como uno de los factores que han convertido la interfaz urbano-forestal en un reto específico de planificación y gestión del riesgo (MITECO, 2006).

En estos espacios, un incendio forestal puede llegar hasta las viviendas, pero también un fuego originado en una parcela, una actividad agrícola, un vehículo o una infraestructura puede acabar propagándose hacia el bosque.

Por eso, proteger las urbanizaciones no es una cuestión estética ni una comodidad para los propietarios. Es protección civil. Y también la cara B de la conservación de la naturaleza.

¿Qué modelo de territorio queremos?

Mientras el territorio arde, el debate público a menudo se enciende en la dirección equivocada. Abundan las tertulias, los enfrentamientos políticos y la búsqueda de culpables inmediatos.

Pero cuando las llamas se apagan, las cámaras se van y los debates cambian de tema. Y es entonces cuando deberíamos hablar seriamente del problema. Porque detrás de los grandes incendios hay una cuestión mucho más profunda: ¿qué modelo de territorio queremos?

Vivimos cada vez más concentrados en las ciudades y, con demasiada frecuencia, de espaldas al campo y a la naturaleza, a las que solo vemos como una herramienta puramente de servicio personal (para disfrutar, para comer, para pasear, ...), sin contemplar sus servicios sociales y ecosistémicos.

Los grandes herbívoros han ido desapareciendo hace tiempo de nuestros espacios forestales, a pesar de los intentos de reintroducción a pequeña escala. La pérdida de esta fauna no es una cuestión menor: los grandes herbívoros transforman la vegetación, consumen biomasa, abren claros y contribuyen a mantener un paisaje más heterogéneo (Serrano-Zulueta et al., 2023). Su desaparición, junto con el abandono del pastoreo, ha favorecido en muchos territorios la acumulación de biomasa y la continuidad de la vegetación, es decir, más combustible disponible para el fuego. La literatura científica señala precisamente que la recuperación o gestión adecuada de la fauna herbívora o del pastoreo puede contribuir a reducir la carga de combustible y la intensidad de los incendios, especialmente en los paisajes mediterráneos (Rouet-Leduc et al., 2021; Rincón-Madroñero et al., 2024).

Al mismo tiempo, hemos dejado perder usos tradicionales que durante siglos contribuían a mantener un mosaico territorial más diverso, compensando en cierta forma la pérdida de especies silvestres antes comentada: el pastoreo que ya hemos mencionado como sucesor de los grandes herbívoros silvestres, la actividad agrícola entre zonas forestales, el aprovechamiento de la leña y otras formas de gestión humana del territorio.

No podemos pedir a un agricultor que apenas recibe unos céntimos por kilo que asuma por su cuenta actuaciones más costosas de gestión de la vegetación (triturado de podas, barbechos, cubiertas herbáceas que mantienen el suelo y los ecosistemas húmedos, ...). Ni podemos pretender que el pastoreo continúe siendo una herramienta de gestión territorial si mantener un rebaño se convierte en una carrera de obstáculos o, como el trabajo agrícola, en una labor mal remunerada y, en consecuencia, despreciada.

Así, la desaparición de estos usos tradicionales puede modificar profundamente el combustible disponible y su continuidad. Pausas y Fernández-Muñoz (2012), analizando una serie de 130 años de incendios en la provincia de Valencia, identificaron un cambio importante del régimen de incendios a partir de la década de 1970, asociado al incremento de la cantidad y continuidad del combustible derivado, entre otros factores, del despoblamiento rural y el abandono agrícola. Paralelamente, el papel de la sequía y del clima adquirió mayor importancia.

Todos estos cambios conllevan transformaciones estructurales de las zonas boscosas que, combinadas con el aumento de las temperaturas, las sequías y unas condiciones meteorológicas cada vez más extremas asociadas al cambio climático, pueden transformar nuestro territorio en un continuo vegetal mucho más difícil de gestionar que como se hacía antes. La Agencia Europea de Medio Ambiente señala, además, que las sequías afectan a la vegetación y aumentan el riesgo de incendio, mientras que el aumento de temperaturas y los cambios en las precipitaciones favorecen temporadas de fuego más largas e incendios más frecuentes e intensos (EEA, 2024).

Gestión forestal preventiva

Es frecuente ver masas de pinos excesivamente densas, a veces rodeadas de matorrales con crecimiento sin limitación por herbívoros, y que unos y otros no pueden crecer en condiciones, compitiendo entre sí y propensas a secarse excesivamente o incluso morir, y más en el escenario de cambio climático.

La gestión forestal puede reducir la competencia entre árboles por el agua y otros recursos y contribuir a generar estructuras forestales más resistentes en determinadas condiciones. García-González et al. (2025), en el PNIN de las Muntanyes de Prades, analizó un episodio de mortalidad producido en 2023 a causa de una sequía prolongada de tres años, que facilitó la infestación por el escarabajo barrenador de los brotes, Tomicus destruens, afectando especialmente a los árboles más debilitados. El estudio concluye que los pinos de las parcelas no gestionadas presentaron una probabilidad de morir durante 2023 entre 3 y 5 veces superior a la de los árboles de las parcelas gestionadas. Y esa vegetación es un verdadero polvorín en las condiciones actuales de temperaturas y humedades.

La gestión se puede realizar de forma manual, mecánica, con maquinaria pesada, usando animales de carga para disminuir el impacto, o introduciendo ganado para disminuir la maquia y favorecer especies más herbáceas, generalmente de menor carga de combustible. Podemos incluso idear cortafuegos verdes, con riegos preventivos, que aumenten la humedad de ciertas franjas forestales donde el agua no sea un recurso limitante (con aguas depuradas, por ejemplo). O usar los fuegos prescritos, como hace tiempo hacen en las Islas Canarias. Todo ello sin eliminar todas las especies, en los espacios delimitados a tal fin, que siempre serán un porcentaje reducido de la superficie forestal total a conservar, para crear discontinuidades y diversidad de paisaje, que en la inmensa mayoría de casos contribuyen a una mayor diversidad específica (tanto de plantas como de animales), y a reducir el riesgo de incendios y aumentar la capacidad de evacuación o intervención por extinción.

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