No, el café justo después de comer no te despeja: para esto sirve realmente el cafelito de la sobremesa

Cualquier cafetera debe limpiarse escrupulosamente a diario

Adrián Roque

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Es casi un acto reflejo. Terminas de comer, te recuestas un poco en la silla y alguien dice la frase mágica: “¿Un café?”. Lo pedimos convencidos de que ese sorbo negro nos va a devolver a la vida, que nos quitará la modorra y que nos permitirá seguir con el día como si nada. El problema es que no, no funciona exactamente así. Al menos, no cuando lo tomas justo después de comer.

El famoso cafelito de la sobremesa tiene más de ritual que de efecto estimulante inmediato. Y la ciencia, una vez más, viene a aguar un poco la fiesta.

Por qué el café después de comer no espabila tanto como creemos

La cafeína no actúa como un interruptor que se enciende nada más dar el primer trago. Una vez tomamos café, esta sustancia se absorbe relativamente rápido, sí, pero su efecto real puede tardar entre 15 y 120 minutos en notarse. Es decir: ese café que te tomas nada más terminar el plato no va a luchar contra la somnolencia inmediata que provoca la digestión.

Después de comer, el cuerpo prioriza una cosa muy clara: digerir. Gran parte del riego sanguíneo se dirige al sistema digestivo y el organismo entra en una fase de menor activación. Da igual que el café esté bien cargado: durante ese rato, el famoso “bajón postcomida” manda.

Además, si la comida ha sido copiosa, el efecto estimulante se diluye todavía más. El resultado suele ser frustrante: sigues teniendo sueño, pero ahora con el estómago algo más revuelto.

El hierro, el gran damnificado del café inmediato

Hay otro factor poco conocido que explica por qué no es buena idea lanzarse al café nada más acabar de comer. El café contiene taninos, unas sustancias que dificultan la absorción del hierro presente en los alimentos.

Si en tu comida ha habido carne, legumbres o verduras ricas en hierro, tomar café justo después puede reducir la cantidad que tu cuerpo aprovecha. Por eso, muchos nutricionistas recomiendan esperar entre 60 y 90 minutos antes de tomarse el café si la comida ha sido nutritivamente potente.

No es algo dramático en un día puntual, pero sí un hábito poco recomendable si se repite a diario.

Entonces, ¿para qué sirve realmente el cafelito de la sobremesa?

Aquí viene la verdad incómoda: el café de después de comer sirve, sobre todo, para la sobremesa. Para alargar la charla, para cerrar la comida con un sabor amargo que contrasta con el postre y para marcar una transición mental entre comer y seguir con el día.

También tiene un componente digestivo subjetivo. Aunque no sea una ciencia exacta, algunas personas les ayuda a activar el tránsito intestinal, algo que explica su popularidad histórica. Pero eso no significa que mejore la digestión como tal. De hecho, en personas sensibles puede provocar acidez o reflujo, especialmente si se toma con el estómago lleno.

Es decir, tendrá muchas cosas pero no es un chute de energía inmediata, es -más bien- un gesto cultural con efectos secundarios variables.

¿Y el café de la tarde? Ojo con el sueño

Otro mito habitual es pensar que un café después de comer no afecta al descanso. La cafeína puede permanecer en el organismo durante horas, y su metabolismo depende mucho de cada persona. En algunos casos, una taza a media tarde puede interferir claramente con el sueño nocturno.

Hay personas que lo toleran bien y otras que, sin saberlo, arrastran insomnio por culpa de ese café “inofensivo”. Cuanto más cerca esté de la hora de dormir, peor idea es.

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