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Contrapoder es una iniciativa que agrupa activistas, juristas críticos y especialistas de varias disciplinas comprometidos con los derechos humanos y la democracia radical. Escriben Gonzalo Boye (editor), Isabel Elbal y Sebastián Martín entre otros.

Distopía en la Gran Bretaña de Boris Johnson

Boris Johnson.

En la tarde del 16 de marzo de 2020 Boris Johnson compareció ante la prensa para anunciar nuevas medidas contra el coronavirus. Flanqueado por Chris Whitty, asesor médico jefe, y Patrick Vallance, principal asesor científico del gobierno, el primer ministro británico aconsejó a los ciudadanos evitar todo tipo de contacto físico innecesario y no acudir a bares, teatros ni discotecas. Johnson también solicitó que las personas que pudieran pasaran a teletrabajar y a aquellos con síntomas de la enfermedad se les pedía aislarse en sus casas con sus familias durante 14 días. A los mayores de 70 años y a los enfermos crónicos se les recomendaba un aislamiento de 12 semanas. Según Johnson, las medidas eran el comienzo de un "contraataque nacional" contra el virus, una operación sin precedentes desde el final de la Segunda Guerra Mundial.

Si bien las medidas del gobierno británico no eran especialmente duras, comparadas con las que se habían impuesto en casi todos los países de Europa, lo cierto es que significaban un giro sustancial en su política contra el coronavirus. El 5 de marzo Johnson había dicho en una entrevista televisiva que los británicos debían seguir comportándose como si no pasara nada (business as usual) y que el país saldría de la crisis "en buena forma". El mensaje de tranquilidad recordaba mucho al famoso lema que el gobierno británico produjo ante la amenaza de una invasión alemana a principios de la Segunda Guerra Mundial: "Mantén la calma y sigue con tu vida" (Keep calm and carry on).

Una semana después de la entrevista en televisión, Johnson compareció con Whitty y Vallance para anunciar que el Reino Unido iba a seguir una estrategia completamente distinta a la del resto del mundo. Los británicos apostaban por una inmunización colectiva (herd immunity). La idea era que la población se inmunizara en masa a base de que un porcentaje muy elevado de esta (entre el 60 y el 70% de los británicos) se contaminara con la enfermedad. De este modo, si el virus volvía en un futuro próximo no tendría unos efectos tan devastadores como en su primera oleada.

La política de 'inmunidad colectiva' tenía un coste social elevadísimo, ya que podría suponer la muerte de unas 450.000 personas, y Johnson advirtió de que muchas familias tenían que prepararse para "perder a sus seres queridos antes de tiempo". Con todo, el primer ministro quiso lanzar un mensaje patriótico de calma y acabó su intervención recordando a los británicos que superarían la epidemia del mismo modo "que habían sobrevivido situaciones más duras en el pasado, cuidando los unos de los otros y comprometiéndonos de todo corazón con este proyecto nacional". 

El tono nacionalista del discurso de Johnson cabe enmarcarlo en un conjunto de mitos muy consolidados en el Reino Unido. Las referencias a la Segunda Guerra Mundial, que llevan asociadas la idea de que los británicos derrotaron ellos solos a la Alemania de Hitler, y las alusiones a los esfuerzos colectivos en un pasado victorioso forman parte de una mitología muy arraigada, que ayuda a explicar por qué se llegó a pensar que Gran Bretaña podía seguir una ruta distinta a la del resto del mundo para superar la crisis del COVID-19. Este discurso oficial del sacrificio patriótico también tiene por objetivo asegurarse la obediencia acrítica de los británicos ante unas políticas que han sido censuradas por la OMS, que han contribuido a la propagación del virus en Gran Bretaña y que el gobierno sabe que van a costar miles de muertes.

Como nos recordaba hace muy poco Íñigo Sáez de Ugarte en este mismo periódico, los propios diputados conservadores saben que Johnson es un darwiniano que cree en la supervivencia de los más preparados. Sobre esta base ideológica, el retraso en la toma de medidas restrictivas supone un intento por minimizar el impacto en la economía del país, aunque esto conlleve aumentar el número de víctimas del COVID-19. En esta línea cabe entender que hasta el momento no se hayan anunciado medidas de apoyo a los grupos sociales más desfavorecidos, ni se haya dado a conocer un plan de choque radical para frenar la pandemia. En el Reino Unido hay más de dos millones de personas que dependen de la caridad para comer a diario y el 22% de la población vive bajo el umbral de la pobreza.

Es muy probable que en los próximos días la situación cambie y el gobierno empiece a aplicar medidas mucho más drásticas, porque parece claro que los discursos patrióticos pueden reconfortar y disciplinar, pero no sirven para frenar la expansión del COVID-19. En muchos aspectos será demasiado tarde. La distopía que para muchos suponía una Gran Bretaña fuera de la Unión Europea y gobernada por un personaje como Boris Johnson está entrando en una nueva fase mucho más negra. Un político famoso por sus mentiras, su verborrea y su incompetencia está al mando de una país en una situación crítica. Ya no cabe estar tranquilos y seguir con nuestras vidas como si nada.

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19 de marzo de 2020 - 21:48 h

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