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El Reina Sofía reescribe su historia: más mujeres, menos jerarquías y el visitante como protagonista

Una de las obras de la renovada colección

Tania López García

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Los museos, además de mostrarnos obras, nos muestran relatos. Lo que el próximo 18 de febrero inaugurará el Museo Reina Sofía en la planta cuarta del Edificio Sabatini pertenece a la categoría Colección. Arte Contemporáneo: 1975-Presente, que va más allá de ser una mera reordenación de fondos. Constituye un relato expositivo que lleva gestándose desde 2023 bajo la dirección de Manuel Segade y que aspira a contar los últimos 50 años de creación desde España como quien teje una trama colectiva.

El punto de partida resulta ineludible: el año 1975. “Un año bisagra para la historia española”, como recuerda el ministro de cultura Ernest Urtasun. El nuevo discurso arranca precisamente ahí, en la fragilidad emocional de la Transición, para desplegarse después en 21 capítulos que funcionan como constelaciones antes que como secuencia cronológica estricta. 

Lo lineal se quiebra: el visitante podrá elegir entre tres itinerarios que atraviesan los más de 3.000 metros cuadrados de exposición, encontrándose tanto con las piezas emblemáticas de siempre como con adquisiciones recientes y obras de artistas jóvenes, que reflejan las transformaciones sociales de un país que aprendió a mirarse al espejo sin pudor. “Queríamos destacar la presencia de los visitantes, y que estos encontraran su espacio dentro del museo”, explica Segade. La selección reúne 403 obras de 224 artistas, configurando una mirada amplia, compleja y plural al arte español contemporáneo.

Una obra del nuevo recorrido del Reina Sofía

La apuesta museográfica lleva la firma del artista Xabier Salaberria y el arquitecto Patxi Eguiluz, que han concebido el espacio como un territorio por explorar más que como un contenedor neutro. Los volúmenes irrumpen, las salas se fragmentan, las obras abandonan su sumisión milimétrica a la pared para plantarse en el centro “ya sin pedestales”, como señala Segarre, desafiando al espectador a rodearlas, a vivirlas desde todos los ángulos. 

La década de los setenta como herida y origen

El recorrido inicia con un punto de partida muy poderoso. Este lo marca Documento n°... (1975) de Juan Genovés, referente artístico de la Transición, con una reivindicación permanente de los derechos fundamentales y recordatorio de que la democracia es un bien frágil que exige protección constante. A su lado, una viñeta de Chumy Chúmez publicada en Hermano Lobo dos días después de la muerte de Franco. El humor y la gravedad, la carcajada y el escalofrío, se dan la mano para abrir la primera gran sección: Estructuras afectivas de la Transición.

Aquí se encuentra el desencanto a través de gestos radicales. En esta sala destacan los grabados de Picasso que sufrieron un atentado en la Galería Theo en 1971, la tela quemada por el propio Miró, violencia autoinfligida que habla de una época en llamas, y el cortometraje Hotel de Iván Zulueta, recientemente sonorizado por Jota de Planetas, donde las manifestaciones urbanas y la violencia se funden en una banda de imágenes que parecen profetizar un país en ebullición.

Una de las obras de arte de la renovada ‘Colección Arte Contemporáneo'

El segundo espacio, Contracultura material, da visibilidad a aquellas subjetividades que el franquismo mantuvo en la penumbra. Aquí brilla con luz propia la Asunción Gloriosa (1981-82) de Ocaña, adquirida por el museo en 2024 y convertida ya en emblema de una libertad recién estrenada. Le acompañan la posmodernidad hedonista de Guillermo Pérez Villalta, los tebeos de Nazario procedentes del Archivo Lafuente, los tableros que Ceesepe pintó para el bar La Vaquería —con las cicatrices de un tiroteo real incrustadas en la madera— y las joyas que Chus Burés diseñó para el cine de Almodóvar. 

Los afectos como territorio político 

El tríptico inicial se cierra con Tentativas y límites de un régimen institucional para el arte en democracia, una sección que indaga en los esfuerzos —no siempre exitosos— por internacionalizar la creación española. Las performances extremas de Jordi Benito, la visita de Warhol a Madrid en 1983 para exponer en la Galería Vijande, o la maqueta de Richard Serra para una escultura en el centro de la capital que nunca llegó a realizarse. Proyectos fallidos, sueños de grandeza, encuentros y desencuentros con la modernidad que ayudan a entender las contradicciones de un país que aprendía a gestionar su propia imagen en el extranjero.

A partir de ahí, el visitante se adentra en el primer plato fuerte de la exposición: Una historia de los afectos en el arte contemporáneo. Porque, si algo vertebra esta nueva colección, es la certeza de que lo personal siempre ha sido político, y que las emociones —el amor, el deseo, la rabia, la ternura— funcionan como fuerzas capaces de recomponer lazos comunitarios en tiempos de crisis. 

Una obra de la colección

Aquí se encuentran a las artistas que pusieron el cuerpo de las mujeres en el centro de la escena pública: Judy Chicago, con su cortometraje Women and Smoke —adquirido en ARCO el año pasado—, junto a Dorothy Iannone, Ana Mendieta o Esther Ferrer. La genealogía de lo íntimo se convierte así en historia social, y las obras, en testigos de una transformación colectiva. “Hemos subido el porcentaje de artistas mujeres al 34%, nunca hubo tantas mujeres en la colección”, cuenta Segade. “Pero el 34 % no es el 40.Queda mucho por hacer”, concluye.

Esa misma pulsión se reivindica en Acciones portuarias. Cruising y revuelta estética, un espacio que conecta directamente con las siguientes salas, Arrebatos. Estéticas a los pies del caballo, donde la película mítica de Iván Zulueta ocupa un lugar central como emblema de una época y una sensibilidad dominadas por los cambios sociales.

El duelo como experiencia compartida

Le siguen dos salas que funcionan como un poderoso recordatorio: Pandemia y Lenguaje y ¿Qué le hace el Sida al arte?. La crisis del sida y de la heroína en los ochenta y noventa, ese dolor tantas veces invisibilizado, encuentra su expresión en la instalación Ajuares (1997) de Pepe Miralles, rodeada por las fotografías del colectivo Cabello/Carcelles, adquiridas en 2024. El duelo, precisamente, se convierte en uno de los hilos conductores de este recorrido. “Con ello dialogamos con una pieza importantísima de la colección, como es el Guernica, que es una obra de duelo también”, apunta Manuel Segade. En torno a esta herida compartida se articulan los dos últimos espacios de este primer itinerario. 

Vestimentas de duelo reúne al escritor y fotógrafo Hervé Guibert —fallecido por sida en 1991— y al pintor Miquel Barceló, que realizó unos retratos de Guibert rociados con ácido, imitando la corrosión de la carne que provocaba la enfermedad. Piezas inéditas hasta ahora, cargadas de una belleza incómoda. En Duelo: el triunfo de la ficción, los atentados del 11S comparecen a través del video de Tony Oursler, mientras la recientemente fallecida Beatriz González —una de las artistas latinoamericanas más influyentes— propone en A Posteriori (2022) un memorial provisional por las víctimas de la violencia en Colombia. El tránsito de lo individual a lo colectivo, consumado.

Una de las obras de arte de la renovada ‘Colección Arte Contemporáneo'

La segunda parte del itinerario concede protagonismo a la escultura, que irrumpe desde los años 70 con piezas como La mesa (1974-2005) de Juan Navarro Baldeweg —31 obras creadas durante tres décadas— o No te pases, con escalera de emergencia (1989) de Susana Solano. Alejado del espacio central, se sitúa una obra de Anthony Caro, La danza (1975). “Era importante destacar las obras de los artistas españoles”, señala Segade. “Era prioritario destacar también la influencia que tenía la escultura española en el momento con Chillida y Oteiza sobre los escultores extranjeros”, añade.

En estas salas, la presencia femenina se afirma con fuerza en figuras como Teresa Solar, con Tuneladora (2022), una obra de gran formato que se adscribe a la extrañerza de los nuevos materiales artísticos. O con Carmen Calvo, Susy Gómez, Ángeles Marco, Sahatsa Jauregi, June Crespo, o Mònica Planes, con Desvelo III (2025). Sus piezas abandonan la periferia de las paredes para situarse en el centro, abriendo y cerrando espacios compositivos con sus propias formas, como si la escultura reclamara su derecho a organizar el mundo.

El museo se mira al espejo

Por primera vez, además, la propia institución se incluye en el relato. El museo se mira al espejo y se pregunta por su papel en la construcción de eso que llamamos arte contemporáneo, desde mediados de los 70 hasta 1992, con la inauguración permanente del museo. Este tercer y último itinerario transita por las culturas videográficas de los 80, recordando La Imagen Sublime (1987), la primera exposición organizada por el Centro Reina Sofía, y la fotografía de la misma década, con figuras como Cristina García Rodero, Ouka Leele, Chema Madoz o Alberto García-Alix. 

También la pintura menos politizada de Eva Lootz, Miguel Ángel Campano, Chema Cobo o Guillermo Pérez Villalta encuentra su lugar, junto a propuestas que miran hacia el futuro. Lo Afro está en el centro, con la obra de Rubén H. Bermúdez, el pensamiento crítico sobre la imagen de Joan Fontcuberta o las Prácticas de género. Coreografías sociales para el nuevo siglo.

Lo que emerge de todo ello es una propuesta museística que entiende la colección como un organismo vivo, en permanente crecimiento y transformación. Las adquisiciones recientes dialogan con las obras históricas, los jóvenes artistas ocupan su lugar junto a los maestros consagrados, y el visitante se convierte en el verdadero arquitecto de su experiencia. “La intención”, concluye Segade, “es que esta renovación invite a revisitar en múltiples ocasiones la propia colección”.

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