Asier Albistur, divulgador del patrimonio: “Hoy corremos el riesgo de que la historia vuelva a ser como en el régimen de Franco”
Aunque procede del ámbito profesional de la publicidad, Asier Albistur (1981) lleva varios años madurando Entre escombros, un proyecto de divulgación del patrimonio en las redes sociales que es el reflejo de su actividad como guía de turismo y su pasión personal como viajero (en el tiempo y en el espacio). Este vasco de madre asturiana, licenciado en Humanidades, trata de transportar a los lugares que visita a todo aquel que sienta la llamada de la historia y el arte. Y lo hace con dos particularidades.
La primera, explorando lugares espinosos de nuestro pasado de los que otros huirían —como el complejo comportamiento de las fronteras entre reinos y religiones— para “hacer reflexionar” al viajero. La segunda, tratando de desterrar tópicos que hoy se vuelven peligrosos ante el auge de los pensamientos interesados en un relato histórico superado ya por la investigación. De sus experiencias por diferentes territorios del país, de norte a sur, de los reinos cristianos a la España andalusí, acaba de extraer y compartir una especie de decálogo de valiosas enseñanzas en el que conviene detenerse, si aspiramos a desnudar ideas preconcebidas o a superar lugares comunes que enmascaran la realidad del pasado.
Háblenos de su incursión en el ámbito de la divulgación y del nacimiento de su proyecto digital Entre escombros.
Durante la pandemia aproveché para estudiar un microgrado de Historia de España y, a la vez, comencé a trabajar en este proyecto. En un primer momento se trataba de contar lo que yo veía en mis viajes, porque siempre me he movido un montón en furgoneta por toda la península ibérica. El hecho de ser del País Vasco y de haber vivido en Madrid y en Andalucía me ha permitido abrir un poco las miras y comprobar que el patrimonio y los paisajes españoles (y también portugueses) son realmente diversos y ricos. Empecé a publicar mis fotografías, descubrí el mundo de la divulgación y me inicié de manera profesional como guía de turismo. No estoy especializado en un estilo artístico concreto, pero sí es cierto que lo que más me gusta es la Historia medieval.
¿Por qué decidió llamar su proyecto Entre escombros, y no Entre ruinas, por ejemplo?
Es una historia personal y familiar, probablemente por influencia de mis padres y de mi abuelo, que vivía en Ribadeo, en Galicia. Desde pequeño siempre me ha gustado muchísimo la historia y todo lo que tiene que ver el patrimonio, aunque no me diera cuenta. Los veranos íbamos a Galicia, como decía, y yo le proponía a mi hermano hacer planes como ir a visitar un castro que aún no se había excavado y no se veía demasiado. Y él me respondía, siempre en broma: ¿Para qué quieres ir, si son solo escombros? Decidí adoptar este término, escombros, que puede sonar despectivo, pero lo hago desde el cariño y la ironía. Desde la visión de algo que me lleva a sentimientos muy cercanos, muy familiares, y, al mismo tiempo, es una forma de denunciar que no se le hace el suficiente caso al patrimonio, sobre todo, en el medio rural.
¿Qué valor tiene el patrimonio en esa España rural a la que se refiere? ¿Cree que lo conocemos suficientemente?
Diría que no conocemos ni siquiera lo que tenemos al lado, y eso lo veo a diario con gente muy cercana a mis amigos o a mi familia. Nos gusta viajar y tener planes, hacer “check” en lo que nos venden en las redes sociales. Pero, por otro lado, te das cuenta de que la gente no solo no conoce, sino que muchas veces no valora. Por desgracia, solo se aprecia realmente lo que es más turístico, lo que mejor queda y más crédito social te da en las redes sociales. Somos un país hiperturistificado, pero solamente en algunos lugares. Cuando vivía en Córdoba, salía a correr y me iba chocando con grupos de turistas en la judería y en la zona de la Mezquita. Sin embargo, cuando voy con la furgoneta a Segarra (Lleida), donde hay una torre andalusí brutal, la de Vallferosa, veo que no hay nadie porque es un lugar muy apartado.
Nos gusta viajar y tener planes, pero solo se aprecia lo que mejor queda en redes sociales
Esos lugares tan apartados y desconocidos, ¿no son realmente una oportunidad de oro para los guías de turismo?
De hecho, en Aragón, por ejemplo, trabajo junto a una institución que se llama Territorio Mudéjar. Se está encargando de reunir a distintos ayuntamientos en la provincia de Zaragoza para poner en valor el patrimonio de los mudéjares, y convertirlos en foco de atracción turística y cultural. Como profesional, mi idea es poder actuar en esas regiones donde no suele ir demasiada gente. También tengo en mente un proyecto sobre las antiguas fronteras de la Edad Media, sobre todo, entre el mundo andalusí y el cristiano. Itinerarios, por ejemplo, en la frontera del Duero en Soria, con visitas a la fortaleza de Gormaz o a la ermita de San Baudelio de Berlanga.
¿Cómo cree que hay que dirigirse a la sociedad para que se sienta seducida por la historia y el patrimonio?
Es la pregunta del millón. Hay una cuestión fundamental que he aprendido trabajando en marketing y publicidad, que se suele olvidar cuando promocionas un producto, una marca o un lugar: el público al que te diriges. Hay que tener en cuenta que no vas a poder llegar a todo el mundo, que no todos los destinos son para todas las personas. Así que tienes que pensar muy bien con quién puedes conectar. El problema en España es que tratamos de vendérselo todo a todo el mundo. Estoy pensando en lugares como Javalambre (Teruel), donde se están comercializando rutas astronómicas, porque se han dado cuenta de la calidad excepcional del cielo nocturno, sin contaminación. No a todo el mundo le va a gustar, pero si eres aficionado a la astronomía puedes acudir a ciertos puntos que te ofrecen lo que otros no pueden.
Usted trabaja como guía de turismo, pero no es un guía convencional. ¿Cómo cree que se está actuando en el sector?
Soy una persona crítica, no me callo, y cuando trabajo, intento hacer las cosas de una forma diferente. Ahora que estoy construyendo mi proyecto profesional desde un punto de vista narrativo, trato de hablar con cercanía para que la gente a la que me dirijo pueda comprender un lugar; que no solo se vea la parte bonita, sino también cómo viven las personas, con sus problemas y sus retos. Más allá de eso, está el relato histórico ligado al patrimonio, donde trato de salirme de los tópicos y lugares comunes. Si hablo del conflicto entre territorios andalusíes y territorios cristianos feudales, intento desmontar la narrativa de la Reconquista, con la que no estoy en absoluto de acuerdo. Me esfuerzo en que se conozcan términos que no se están utilizando lo suficiente, como la propia palabra andalusí.
Precisamente, en una de sus publicaciones en las redes, trata de desmontar tópicos. ¿A qué se refiere con que “la historia no es la que es”?
Me río porque no solo yo, sino muchas otras personas, historiadores e historiadoras, nos peleamos cada día con esta idea. Me han llegado a decir que “la historia es la que es”, que “esto es lo que pasó”, “lo que nos han contado”… Así que, “no empieces a inventarte cosas”. Si nos han contado durante siglos que Don Pelayo se alzó contra los musulmanes, ese es el pasado. Lo que quiero decir al final es que la historia es solo un relato que nosotros contamos como sociedad, pero luego hay expertos que se dedican a estudiarlo para hacer descubrimientos y que esa narrativa vaya transformándose. A veces, hay ciertos intereses y sesgos. Hoy corremos el peligro, por ejemplo, de que la historia vuelva a ser tal y como lo fue durante el régimen de Franco, por ejemplo, por culpa de ciertos movimientos. Una historia de buenos y malos, de cierta parte de España sentida como nuestra y otra como ajena, como extranjera.
También se apunta, como muchos investigadores, a eso de que la Edad Media “no fue una edad oscura”…
Ahí tiene mucho que ver la visión que nos ha dado Hollywood, con la gente de la Edad Media vestida de negro y la cara manchada. Antes de esto, en los años 50 y 60, era más fehaciente ver esta etapa con más “colorinchis”. El patrimonio medieval, el arquitectónico, sobre todo, ha perdido la mayor parte del registro de color. Por ejemplo, hace poco visité la iglesia de San Vicente en Cardona (Barcelona), que es bestial a nivel arquitectónico, pero claro, está todo rascado. No queda pintura en el interior, salvo en el nártex (pórtico). La gente no es consciente de que estos templos estaban repletos de colores.
Otra de las ideas que comparte es: “No se puede reconquistar lo que nunca fue tuyo…”.
La Reconquista es un relato, un concepto ideológico, es casi ya una cuestión de consenso. En la sociedad en general existe la inercia de utilizar esta palabra, también en las instituciones. El problema viene cuando se habla, por ejemplo, de la reconquista de Murcia, una ciudad fundada por Abderramán II, es decir, por los andalusíes. Tú, en todo caso, puedes conquistarla, pero no reconquistarla. El caso de Madrid es similar. Es tan sencillo como que dejemos de utilizar esa palabra, porque toda esa expansión feudal o cristiana a costa de al-Ándalus simplemente fue una conquista de poderes que no tenían antes el dominio de ese territorio.
Cada vez se lee y se escucha más que “la historia también fue cosa de mujeres”. ¿Qué opina al respecto?
Yo también he sido muy miope; sigo siéndolo y aprendiendo. No solamente es que las mujeres estuvieran presentes, sino que, en muchos aspectos, ellas fueron absolutamente necesarias, como nos cuenta Isabel Mellén. No necesarias, sino que dirigieron incluso el signo de los tiempos. Las reinas y las mujeres de las elites, las mujeres aristocráticas, tenían su rol, que era diferente al de los hombres, un papel absolutamente primordial. La importancia de proteger a los herederos, de auparlos y promocionarlos para que se convirtiesen en reyes es algo que también se da en al-Ándalus. De todo ese protagonismo no se ha hablado lo suficiente, ni antes ni ahora.
Usted afirma que lo islámico es tan nuestro como lo cristiano. ¿Cómo se lo explica a quienes defienden, cada vez, con un altavoz más potente, que solo hubo una voz religiosa, una confesión válida, en la península?
Lo primero que les diría es que es un error mirar hacia la historia desde las ideologías actuales, es decir, que no sean presencialistas. Por mucho que tú seas islamófobo y te parezca que el islam es lo peor del mundo —que es lo que está pasando actualmente—, vives en un país en el que gran parte de su historia estuvo vinculada al islam. Y no solo eso: el islam y la cultura árabe, a través de al-Ándalus, dejaron un legado riquísimo, del que nos aprovechamos en muchos sentidos. Cuando viaja a Andalucía, esa persona islamófoba también se aprovecha hoy en día de todo eso: los monumentos más visitados, la gastronomía, las tradiciones, el propio flamenco… Todo eso tiene un poso islámico enorme.
Habla constantemente de al-Ándalus y del término “andalusí”, criticando que no se utilice más, ¿por qué?
Apenas se dice “andalusí” y es una pena. Se habla muchísimo de lo árabe, de la cultura, del idioma… Es una forma de extranjerizar lo andalusí y, además, se siguen empleando palabras que deberían estar completamente desterradas, como moro o sarraceno. Como ejemplo, en uno de los paneles del palacio de La Aljafería (Zaragoza) se puede leer la palabra moro.
“Lo pequeño no es menos importante”. ¿Cómo ha llegado a esta conclusión?
Creo que los detalles pueden contar muchísimo, incluso arrojar luz sobre ciertas ideas que teníamos preconcebidas, acerca de ciertos misterios que están sin resolver. Desde un punto de vista patrimonial, nada es humilde, todo puede ser relevante. Luego, a nivel emocional, trato de hablar muchas veces de las sensaciones que puede crear una cosa mínima. Que una iglesia sea pequeña, que esté en un lugar remoto o que tenga detalles casi imperceptibles no le quitan valor ni la hacen menos importante que un gran monumento, sobre todo, desde el punto de vista emocional. Y no porque me impresione a mí, sino porque ese vínculo de sentimientos, de identidad, que despierta en esas comunidades es importante para proteger su patrimonio.
Esa especie de decálogo que usted comparte termina casi como empieza esta entrevista: ¿por qué los escombros son “mucho más que escombros”?
Porque no dejan de ser eso que nuestros antepasados han dejado por el camino, eso que nos permite comprender nuestra historia. Por eso hay que protegerlos, claro.
¿Le gusta verse como una persona que trabaja para desterrar tópicos en el ámbito de la cultura, la historia y el patrimonio?
Hombre sí, desde mi tribuna. Obviamente, soy una persona más de una maquinaria, creo que hay otra gente que está haciendo un trabajo espectacular. Pero sí, estoy orgulloso de lo que aporto, aunque sea un pequeño granito de arena. Y, al mismo tiempo, trato de aprender y de pegarme al máximo a la gente que tiene más conocimiento para seguir su estela.
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