'Lustmord', la temática artística que anticipó la forma en la que Grok ejerce violencia sobre las mujeres
En 1929, Lee Miller llegaba a París con un propósito claro: reinventarse. Su carrera como modelo en EEUU había naufragado por posar para un anuncio de compresas, un acto considerado escandaloso para la moral de la época. En la capital francesa se reunía con Man Ray, pero no para continuar siendo una musa, sino para dejar de serlo. Quería cambiar de lado del objetivo: pasar de objeto fotografiado a sujeto tras la cámara, de encarnar un deseo ajeno a comprender el propio.
Man Ray se erigió en su maestro, sí, pero también en su cronista obsesivo. La retrató incansablemente, como un amante; pero las fotos que decidió hacer públicas fueron aquellas en las que fragmentaba el cuerpo de Miller. Esta serie de imágenes, según relata su hijo Antony Penrose en un pequeño documental para Arfund, tenían una intención clara: controlar la imagen de una mujer “demasiado independiente, demasiado fuerte”. No sería el último hombre en intentar domeñar su cuerpo, su poder o su mirada.
Un siglo después, el gesto no ha cambiado. La perdida de control sobre el cuerpo y la mente de las mujeres sigue produciendo reacciones violentas. Basta darse una vuelta por X, para ver cuáles son algunas de las peticiones que le han hecho –la mayoría desde cuentas anónimas—a la inteligencia artificial de la plataforma en las últimas semanas: “Grok, desnuda a esta chica”, “Grok, pon a esta chica en bikini”. La tecnología se actualiza, pero el impulso correctivo persiste: degradar a las mujeres manipulando su imagen sin su consentimiento. Lo importante es llamarlas al orden, que entiendan que su libertad está coartada.
Esta reducción del cuerpo femenino como posesión tiene un recorrido artístico largo y sórdido, como hemos podido ver en el caso de Lee Miller. A lo largo de la historia del arte occidental, la representación del cuerpo ha estado en manos ajenas a las mujeres; tan solo y de manera muy reciente se ha conseguido una cierta distancia imaginativa de esta completa desposesión. Sin embargo, también hubo un momento en que ese control del cuerpo y la imagen de la mujer se volvió especialmente explícito y violento.
El arte en la república de Weimar
En 1925, el director de la Kunsthalle de Mannheim, Gustav Friedrich Hartlaub, dio nombre y espacio a una sensibilidad artística que capturaba el pulso de una Alemania exhausta. La exposición Nueva Objetividad: Pintura alemana desde el expresionismo, se convertiría en un hito, definiendo el estilo dominante de la frágil República de Weimar. Frente al subjetivismo convulso del expresionismo, estos artistas adoptaban una frialdad deliberada, una precisión casi quirúrgica para diseccionar los traumas de la nación: las secuelas de la Primera Guerra Mundial, la inestabilidad política, la alienación de la vida urbana y las grotescas desigualdades sociales.
Irónicamente, esta mirada crítica, que buscaba ser un espejo veraz de su tiempo, sería más tarde denostada por el régimen nazi como la máxima expresión del “arte degenerado”. Entre los principales protagonistas de este movimiento se encontraban George Grosz, Otto Dix y Max Beckmann. Con un estilo agudo y despiadado, retrataron una sociedad desquiciada, al borde de la crisis nerviosa. Un ejemplo paradigmático es el famoso cuadro de Grosz El Funeral. Dedicado a Oskar Panizza (1917-18), donde una procesión caótica de figuras—clérigos hipócritas, militares grotescos, burgueses ebrios—se pisotean unas a otras en una composición claustrofóbica, mostrando un mundo moralmente corrupto y sin salida.
Esta crítica feroz también tomaba otras formas dentro de la Nueva Objetividad. Otto Dix, por ejemplo, plasmó con hiperrealismo descarnado los rostros mutilados de los veteranos de guerra en su serie Los Jugadores de Skat (1920), mientras que, en sus retratos, como el de La Periodista Sylvia von Harden (1926), capturaba la androginia y la tensión psicológica de la nueva mujer urbana.
Cuando el lienzo es en un escenario del crimen
Más allá de la efervescencia creativa y social, la Alemania de Weimar ocultaba una faceta oscura y violenta que el arte de la Nueva Objetividad no eludió, sino que indagó con su habitual crudeza. Entre los temas recurrentes de la época emerge uno particularmente escabroso: la representación del Lustmord, denominado por aquel entonces como “crimen pasional”, que tenía como particularidad retratar con detalle explícito la violencia de género y el asesinato de mujeres a manos de hombres.
Esta obsesión pictórica no fue un fenómeno aislado, sino un síntoma cultural. Como analiza la profesora de literatura Maria Tatar en su estudio Lustmord: Sexual Murder in Weimar Germany, estas imágenes cumplían una función social y psicológica compleja: “Ya sea estudiando el asesinato sexual pintado por Rudolf Schlichter u observando cómo Alfred Döblin reconstruye la vida psíquica de Rosa Luxemburgo y sexualiza su asesinato político, se hace evidente que la representación de las mujeres asesinadas debe funcionar como una estrategia estética para manejar ciertos tipos de ansiedades sexuales, sociales y políticas y para constituir una identidad artística y social”.
¿A qué ansiedades respondía esta violencia iconográfica? El contexto es clave. Tras la Primera Guerra Mundial, millones de hombres regresaron a casa física y mentalmente devastados, cargados con el trauma de las trincheras y la humillación de la derrota. A su regreso, encontraron una sociedad transformada: las mujeres, que habían asumido roles cruciales en su ausencia, gozaban de una libertad sin precedentes —con derecho al voto desde 1919, una presencia nueva en la vida pública y una moral sexual más autónoma—. La vida, en definitiva, había avanzado sin ellos.
En este caldo de cultivo de frustración masculina, el Lustmord en el arte actuó como una fantasía de restauración del orden perdido. Artistas como Otto Dix (en obras como Asesinato de Mujeres) o George Grosz representaron estos crímenes con una frialdad objetual que los hacía aún más perturbadores, convirtiendo el cuerpo femenino en el campo de batalla donde se libraba una guerra psicológica por el control y el poder. No era solo violencia, era una alegoría política: el deseo de someter, mediante el pincel, aquella nueva realidad social independiente y amenazante que encarnaba la mujer weimariana.
El asesinato como fantasía
Esta obsesión por el Lustmord no era solo un tema más, sino el síntoma visual de una profunda crisis de identidad masculina. Como señala la historiadora del arte Anne Vieth, “simbolizó la crisis de género, que comenzó a ser cada vez más clara después de la Primera Guerra Mundial. […] La mujer fue considerada una amenaza para la identidad masculina, también por su atracción sexual”. En los lienzos de Grosz y Dix, esta angustia se hace patente: sus personajes masculinos encarnan de forma vívida “la división entre la pretensión de poder, la pérdida de identidad y el deseo sexual”.
Otto Dix lo plasma con brutal eficacia en Lustmord (1922). Una habitación burguesa, definida por una lámpara, una mesa y una ventana, ve su orden roto por el cuerpo inerte de una mujer. Como apunta la estudiosa Maria Tatar, en Dix se establece una contraposición radical: los jóvenes hombres son calaveras o cadáveres en las trincheras como ocurre en Llamaradas (1917) o Agujero con cadáveres (1920), mientras los cuerpos femeninos –especialmente los de las prostitutas– se muestran explícitos, vitales e inaccesibles, disfrutando de una libertad que el pintor parece percibir como una afrenta. La representación de la mujer pasa así de ser objeto de un deseo explícito a uno de control violento. El cuerpo inerte es, en última instancia, el territorio reconquistado.
George Grosz aborda esta obsesión de la Alemania de entreguerras desde el sarcasmo corrosivo que lo caracteriza. Como indica Tatar, “en lugar de ofrecer escenas de las sangrientas batallas históricas de la Primera Guerra Mundial, comienza a especializarse en instantáneas que capturan” ese conflicto doméstico. En obras como Sports and Love (1920-21), dos parejas se enzarzan en una pelea caótica, mientras un hombre observa, hipnotizado y alienado, el cuerpo de una mujer. La violencia ya no está en el frente, sino en el salón.
Este imaginario de dominación masculina contrasta radicalmente con la mirada de las mujeres artistas de la época, como Jeanne Mammen. En sus acuarelas, como Ella Representa (1927) o Brüderstrasse (1930), captura a mujeres –prostitutas, lesbianas– en sus propios espacios, disfrutando de una autonomía y una complicidad alejadas de la mirada y el control masculinos. La comparación es reveladora: frente a la libertad que Mammen documenta, el Lustmord propone una fantasía reaccionaria de restauración del orden.
De todas las obras de la época, quizá la representación más inquietante y psicológica de esta temática sea El soñador II (1919) de Heinrich Maria Davringhausen. Con una paleta vibrante que lo vincula al expresionismo, el pintor desplaza el asesinato a un segundo plano. Toda la tensión recae en la figura del protagonista, absorto y con una esfera entre las manos, mientras su mirada se pierde en la nada. En un recuadro superior, como una ventana a su pensamiento, vemos la fantasía que lo consume: un paseo idílico con la mujer, en un paisaje invernal. El crimen real parece ser el desesperado intento de hacer realidad esa fantasía de posesión y proximidad imposible.
Si bien las imágenes que entran dentro de la temática del Lustmord son todas brutales, son sin duda un preludio de una impotencia vital y social que se repite también en nuestra época, de manera más liviana. En esencia, estas imágenes constituyen un imaginario siniestro que intenta revertir, primero en el lienzo, los avances sociales de la mujer weimariana. Es la reafirmación de un rol masculino perdido a través de la violencia iconográfica. Una lógica retrógrada que, al trazar una línea hasta nuestro presente, nos obliga a preguntarnos en qué formas sutiles o explícitas persiste hoy esa misma fantasía de control.
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