Isabelle Huppert y el dilema moral de una alcaldesa: cuidar su ciudad o convertirse en ministra

Isabelle Huppert, una alcaldesa ante un dilema moral en 'Promesas en París'

Javier Zurro


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¿Cuál es la diferencia entre una promesa incumplida y una mentira? ¿Se puede prometer algo siendo consciente de que las posibilidades de que salga adelante son mínimas? Hay una fina línea que separa un concepto de otro, incluso se podría decir que las promesas sirven para dar una coartada moral a las mentiras. Algunos políticos son expertos en mentir, en jurar medidas que no pueden cumplir, en reducir programas electorales a hojas en blanco cuando llegan al poder.

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Es lo que ocurre en Promesas en París, el thriller político que protagoniza la actriz francesa Isabelle Huppert, que encarna a una alcaldesa de una localidad que escucha los cantos de sirena del Gobierno para ser ministra. Las ansias de poder pondrán su proyecto local, centrado en la protección de la vivienda de las barriadas del exterior, en jaque. Una mirada diferente de la política, alejada del glamur de los ampulosos thrillers hollywoodienses donde las intrigas y corruptelas son de altos vuelos. Aquí también hay conflictos de intereses y puñaladas traperas, pero todo en un perfil más realista y bajado a la tierra. 

Su director, Thomas Kruithof, quería hacer una película sobre “el valor político, o justo lo contrario, la cobardía política”. Por ello, junto a su guionista Jean-Baptiste Delafon, decidieron colocar su historia en la esfera local, lo que les permitía “hablar de esta problemática” gracias a esta alcaldesa que definen como “la correa de transmisión entre el pueblo y el estado central”. “Es una posición muy concreta porque conoces los problemas de la gente que te ha elegido, conoces sus nombres y tienes su presión, pero también la presión del Estado central del que también dependes, porque dependes de su presupuesto, de sus decisiones. Nos interesaba esa figura de alcalde de una ciudad de la periferia porque es una figura poco vista en el cine y la televisión y queríamos contar la realidad del ejercicio del poder y no de la conquista del poder”, cuenta el director.

Tuvieron muy claro el título, porque creen que “las promesas son la base de la relación política entre los electores y los políticos”. “Hay una frase que se dice en Francia que es que las promesas solo implican a aquellos que creen en ellas”, apunta Kruithof que coge esa idea como alma de un filme que “juega con la idea de sinceridad”. “En la política hay una urgencia que puede obligar a modificar la realidad e incluso a mentir a veces, no sé si nuestra protagonista toma las decisiones acertadas, no la juzgo, pero la película cuenta la complejidad y la soledad en la toma de decisiones”, añade.

Para definir su thriller local, el realizador usa una frase que deja claras sus intenciones: “En la película se habla más de dinero que de ideologías, hay más transacciones que grandes discursos”. La política local juega en otro tablero que normalmente no se muestra en los medios. También hay corrupción y mentiras, pero para Thomas Kruithof son sitios donde “se mezcla la ideología, las ansias por la conquista de poder y el reto de cumplir las promesas que han hecho para cambiar la vida de la gente”.

En la política hay una urgencia que puede obligar a modificar la realidad e incluso a mentir a veces

Thomas Kruithof Director de cine

Además de hablar de la dificultad de mantener los principios en el ejercicio de la política, Promesas en París también aborda una problemática concreta, la de la mala calidad de las viviendas en los suburbios. Es la causa en la que esta alcaldesa cree y en la que centra sus esperanzas. También sabe que si falla aquí, no se lo perdonarán. El retrato está lejos del que ofrecen otras películas “que siempre retratan a la juventud y su relación con la autoridad y los policías”. Ellos centran su historia en los padres y abuelos de esos chicos, que tienen que pagar dinero que muchas veces no tienen por vivir en condiciones insalubres y muchas veces con mafias que especulan por esos metros cuadrados.

“Durante la campaña presidencial que hemos vivido en Francia no se ha hablado de la vivienda. A nivel nacional no se habla de ello, cuando a nivel local la vivienda, la seguridad y la limpieza son los temas claves. La vivienda es el tema más importante y más visceral, porque si no tienes una vivienda digna no puedes estar bien en la escuela o en el trabajo, así que queríamos hablar de eso. Cuando descubrimos estas periferias en las que incluso hemos rodado nos hemos visto impactados por esta violencia social y por la explotación de los que venden sueños. Hay algo que me parecía muy interesante para nuestra historia, y es que esta alcaldesa no puede resolver esto con los recursos de la ciudad, así que necesita de la ayuda de los de arriba. Necesita al pueblo y también a las altas esferas, y eso es imposible”, zanja.

Muchos pensarán en el estilo sobrio y sin grandilocuencias de Borgen cuando vean Promesas en París, y aunque el director sí que confirme que tienen en común tratar “lo cotidiano del poder”, cree que sus influencias están más en El dilema, de Michael Mann, “que habla de la ética personal”, y también en el cine de Francesco Rossi y Sidney Lumet, pero sobre todo en “el trabajo de David Simon, sobre todo con The Wire”.

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