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El largo y pecaminoso recorrido del apóstata

El apostata convenciendo al obispo de sus razones para despedirse de la Iglesia

Pedro Moral Martín

Cuando a Saza le preguntaban en La escopeta nacional si estaba comprometido políticamente él contestaba: “Apolítico. Total. De derechas, como mi padre”. Así puede resumirse la identidad política de varias generaciones en España. Si además añadimos el catolicismo como piedra angular de la educación tenemos el perfecto retrato del español medio que vivió o nació durante el franquismo. Y aún se heredan comportamientos dogmáticos de aquellos tiempos como el bautizo o la comunión.

El progreso y la libertad de pensamiento de nuestro actual sistema económico y político nos han permitido cuestionarnos nuestra propia identidad como españoles, ciudadanos del mundo, católicos o ateos. El problema es que cuando uno toma una decisión -en este caso, ser ateo- y quiere llevarla hasta el final, necesita que en los archivos eclesiásticos deje de aparecer su nombre como miembro de un club al que nunca se apuntó por cuenta propia. El proceso es tan complejo que la mayoría desiste.

La apostasía, que es algo así como negar la fe de Jesucristo recibida en el bautismo, se convierte en gatillazo cuando choca contra el muro burocrático que la iglesia levanta contra aquellas ovejas descarriadas que pretenden darse de baja de las filas de Dios. Una reafirmación de la identidad ahogada en papeleo. Álvaro Ogalla lo intentó, comenzó este proceso para el que hay decenas de sitios en Internet que sirven como guía al aventurero. Su historia es tan particular y al mismo tiempo tan de aquí, que el director uruguayo Federico Veiroj quiso hacer una película con él como protagonista.

De eso va El apóstata, de un treintañero despeinado que vive en una casa de soltero donde todo está hecho un desastre, que un día fue bautizado, que después se vistió de comunión y que ahora ha decidido apostatar. Es lo único que tiene claro, porque aún no ha terminado la carrera, va por ahí con la camisa fuera del pantalón y sobrevive dando clases particulares. Pero no se identifica, dice, con los mandatos de Dios, porque qué diablos importará la religión en las vidas de los ciudadanos de un país donde la gente se casa por la Iglesia para vestir de blanco o porque “no es lo mismo”.

No es lo mismo desde luego para el obispo interpretado por un Juan Calot que ya tiene carrera en la iglesia desde su interpretación en El abuelo. Las conversaciones entre Calot y el candidato a apóstata son lo mejor de la película, un enfrentamiento dialéctico que, aunque serio, termina siendo irremediablemente tragicómico.

Calot defendiendo sus creencias y soltando el sermón a Ogalla resulta tan entrañable como el personaje de Fernando Fernán Gómez en Ana y los lobos, ese infatigable perseguidor de la unión mística del hombre y de Dios. Por otro lado, el obstinado apóstata persigue su objetivo con la misma comicidad y pesadumbre con la que Plácido intenta pagar la primera letra de su motocarro. Carlos Saura y Luis García Berlanga representan dos tradiciones cinematográficas distintas que tienen en común el costumbrismo venenoso con el que Azcona empapaba todos sus guiones. Algo de esta mezcla ha heredado Veiroj.

La prima es el fruto del pecado

El apóstata comienza con el personaje de Ogalla, Gonzalo Tamayo, comiendo pipas en un parque mientras suena, jubiloso, el Romance Pascual de Los Pelegrinitos, de Federico García Lorca y La Argentinita, sobre dos primos que visitan al Papa para ser casados. Hay un tono de fábula en el comienzo de la película pero enseguida adquiere un poso realista, casi sucio, cuando la prima de Tamayo le visita, se tumba en su cama, se quita la ropa y él, pícaro, también se desnuda y se vuelve acostar al lado de esa mujer que un día fue niña y a la que entonces ya deseaba. Marta Larralde es el pecado original de este apóstata sin oficio ni beneficio.

Hay en España una gran tradición de primas que sacuden la poca decencia de sus hombres. Sin irnos mucho más lejos en el primer cine de Carlos Saura encontramos a La prima Ángélica, un crudo retrato de las miserias que dejó tras de sí la Guerra Civil a través de la obsesión de ese José Luis López Váquez que un día volvía al pueblo para enterrar a su madre, y que inevitablemente rememoraba el doloroso amor que de niño sintió por su prima.

También está la prima de la Opera Prima de Fernando Trueba, Paula Molina, que resultó ser el paradigma de lo irresistible y de lo prohibido para un espléndido Óscar Ladoire. El filme se convirtió además en el símbolo de la nueva comedia madrileña, la que rompía con el pasado gracias a una osadía y una frescura que jamás volvió a tener el mayor de los Trueba.

Es la presencia de esta prima, y el recuerdo de ese deseo sexual y primigenio, lo que marca los pasos de Tamayo, que a lo largo de este difícil y pecaminoso recorrido hacia la apostasía se cuestiona a sí mismo en mitad de una búsqueda torpe y ridículo. Estamos ante el proceso de emancipación de un niño cruel, de un joven ladrón, de un adolescente rebelde con dificultades para obedecer los códigos paternos y de un adulto que comienza a degustar el sabor de la madurez. Pedir la baja del catolicismo es solo un símbolo de la reivindicación que Gonzalo Tamayo necesita hacer de su propia identidad.

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