Elvira Sastre, la escritora que ahora también es fotógrafa: “Las palabras que se dicen en redes no pueden quedar impunes”
El último libro de Elvira Sastre no solo está compuesto de palabras, sino que en sus páginas también hay fotografías que reflejan su cotidianeidad. Se aficionó a captar instantes para revelarlos después y ahora va con una cámara analógica todo el día en el bolso. México, Madrid, Buenos Aires o su pueblo de Segovia son algunos de los lugares que aparecen en este volumen publicado por Alfaguara con el título En defensa de la memoria. Un trasunto de diario de viaje en el que, además, da la bienvenida a su sobrino, León.
Todo el libro tiene un aura de melancolía. “Soy una persona profundamente nostálgica”, dice Sastre a elDiario.es, pero especifica que se refiere a la “nostalgia buena”. “Siempre he estado muy anclada a las cosas que he vivido, pero no desde el pensamiento de que no va a ser nada mejor de lo que ya he vivido, sino del reconocimiento de las cosas buenas que viví”, sostiene. Ella considera que es algo generacional, porque hubo una parte de su vida (es millennial) en la que no había tanta incertidumbre como actualmente y el planteamiento de existencia era parecido al de sus padres: estudiar, trabajar, esforzarse y avanzar para llegar a un lugar mejor. “De repente, eso se rompió cuando ya era demasiado tarde para educarnos de nuevo en la precariedad en la que estamos ahora”, declara.
Ella se considera una privilegiada, ya que puede mantenerse bastante bien con su actividad laboral (escribe, edita y traduce), pero los empleos de la gente que la rodea son precarios. “Ya hemos dado por hecho que no vamos a poder comprar una casa ni las que tienen trabajos precarizados ni las que no los tenemos”, sostiene. Es una época social complicada, y la autora mantiene que es fácil que la nostalgia (buena, mala o regular) aparezca en forma de refugio. A ella, por ejemplo, le gusta “ver series de cuando era adolescente”: “Sé cómo van a acabar, me rebaja la angustia”.

La fotografía apareció en una etapa de la vida de Elvira Sastre en la que se encontraba algo “desconectada” de las palabras: “Estaba atravesando momentos personales un poco complicados y la escritura me suponía un esfuerzo emocional extra. Pero creo que el cuerpo, de alguna manera, siempre busca una manera de expresarse, de canalizar”, y la captura de imágenes se convirtió en un hobby que pasó a ser casi otro trabajo. “Tiendo a obsesionarme con las cosas que me hacen bien”, confiesa.
Aprendió lo que sabe sin formación reglada, con vídeos de YouTube y la ayuda del personal de estudios madrileños como Sales de Plata (donde se compró su cámara Olympus OM10), La Peliculera y Cuarto Color. “Cuando ya vi que la cosa se me complicaba y se volvía demasiado técnica y matemática, pensé que con los conocimientos básicos que tengo, porque no soy una experta ni mucho menos, puedo hacer las cosas que quiero. Realmente, lo que me interesa de la fotografía es la imperfección, el no saber cómo va a salir, el jugártela toda a un disparo”, desarrolla.
Recuerda bastante bien cuál fue el germen de En defensa de la memoria, aunque declara que en ese momento no se dio “mucha cuenta”. Estaba en una exposición de fotografía analógica en París, y vio una imagen del mar acompañada por un texto del autor que explicaba que había ido a inmortalizar ese paisaje porque él estaba lejos cuando su hermana dio a luz. Su idea era que, cuando su sobrino fuese mayor, le enseñaría cómo estaba el agua el día que él llegó al mundo. Y a Sastre le pareció una idea “preciosa”. Tanto, que empezó a concebir un trabajo similar antes de que su propia hermana se quedase embarazada. “El día que nació [mi sobrino] me fui a hacer fotos de un montón de cosas, de cómo estaba el cielo, de las plantas, de la habitación del hospital, de la luna de esa noche y luego, cuando cumplió un añito, se lo regalé”, expresa. Después de la experiencia, pensó que, si a ese concepto le daba una línea narrativa y lo extendía, podría ser la base del libro que está ya en las librerías.
La mayoría de las instantáneas que no tienen que ver con el pueblo o en el mar corresponden a viajes por América Latina motivados por el trabajo. Sastre explica que ese tipo de desplazamientos le han permitido también “ver las ciudades de otra manera”. “He estado muchas veces en Ciudad de México, en Buenos Aires, en Bogotá. Las conozco desde el punto de vista turístico y ahora, cuando voy, las paseo para vivirlas como alguien de allí”, mantiene. Como alguien de allí aficionada a la fotografía que siempre lleva una cámara consigo.
El mundo del libro
Hace poco más de un año comenzó una aventura nueva en la industria del libro junto a su pareja Miranda Maltagliati y sus amigas María Gutiérrez y Paola Soto. Se trata de una editorial llamada Manos de Pan [en referencia a un texto de Leila Guerriero] que presta “especial atención a la literatura que se hace en América Latina para poder traerla aquí y a la española para llevarla allí”, según expone. Tienen distribuidora en México, en Argentina, casi de manera simultánea y “a puntito de cerrar con Colombia”, señala.
Su catálogo está compuesto por autores que escriben en diferentes géneros. Dentro de poco sacarán un libro de la poeta argentina Claudia Masín, que se unirá a nombres como el de Candelaria Schamun, Román de Castro, Natalia Romero, Bibiana Ricciardi o Yulieth Mora Garzón. “Y vamos a publicar una novela de un corte más divertido de una historia entre amigas con deporte de por medio. Es mucho trabajo, pero satisfactorio”, afirma.
Sastre conoce las luces y las sombras del entorno editorial desde hace años. En 2019, ganó el Premio Biblioteca Breve que concede la editorial Seix Barral con su primera novela, Días sin ti, y se generó una polémica considerable acerca de la calidad de su obra. En todo caso, nada comparable a la que le está cayendo a David Uclés por La ciudad de las luces muertas, el libro con el que ha ganado el Premio Nadal, pero sí fue una decisión sonada. “Yo venía de la poesía, a mí no me hacía ni caso ningún medio y me iba muy bien”, recuerda Sastre, “y claro, de pronto, hubo una expectación máxima. También era joven, no sabía bien discernir”. Con los años ha entendido cómo funciona el mundillo, pero cree que hoy es “más descarnado todavía porque todo el mundo opina”.
Muchas de esas opiniones se vierten en las redes sociales, donde ella tiene un número apabullante de seguidores. De hecho, ella se hizo famosa a través de internet, donde abrió su blog Relocos y Recuerdos cuando tenía 15 años. Parte de su séquito de lectores en esas plataformas online no llegará a los 16 años, por lo tanto, ¿qué opina de la medida de prohibir el acceso a las redes a personas que no alcancen esa edad? Reconoce que es un tema complicado, porque a ella, como a tanta gente de la cultura, le permitió llegar a lectores que estaban a muchos kilómetros de su casa, al otro lado del océano, y que le han dado muchas cosas buenas. Pero, por otro lado, contempla que las redes sociales pueden llegar a ser “un charco de veneno”. “Lo primero que haría sería pedir un DNI oficial, a todo el mundo, es un derecho proteger a los menores, pero también a los adultos”, manifiesta. “Las palabras importan y hacen daño, y las que se dicen en redes no pueden quedar impunes, son muy tóxicas y no se puede permitir”, añade.
Cuando se realizó esta entrevista, ni los medios ni las redes sociales se habían llenado de opiniones sobre su último libro. Sean como sean, ella está concentrada en la promoción (aunque ya tiene ideas que podrían convertirse en un próximo trabajo, pero va “paso a paso”, indica) de En defensa de la memoria, con el que cree que va a suceder lo mismo que con los anteriores. “Contamos cosas muy personales cuando escribimos y luego se hace esa magia de que lo individual se convierte en algo colectivo”, expresa. La presencia de imágenes puede impulsar más aún ese efecto, porque “la gente va a ver las fotos como sus propios recuerdos en ellas”. No sabe cuáles serán las que más pueden emocionar pero, si tuviese que apostar, lo haría por las instantáneas de los perros. “A ver, ¿a quién no le gusta un perro?”, reflexiona.
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