Josele Santiago, líder de Los enemigos: “La droga fue nuestra guerra, una epidemia horrorosa que se ha silenciado”
La primera gran noticia de 2026 para la música española no es la edición de un disco ni el anuncio de una gira, sino la publicación de un libro. Nada menos que la autobiografía de Josele Santiago, líder de Los Enemigos. El interés que ha suscitado Desde el jergón ya se puede cuantificar. Su editorial, Contra, está gestionando una cantidad de pre-pedidos que multiplica por ocho las de cualquier otro libro publicado en sus quince años de trayectoria. El debut literario de Santiago se publica la próxima semana, pero ya es un pequeño y orgulloso fenómeno editorial. La sorpresa es relativa. Los Enemigos siempre fueron eso: un pequeño y orgulloso fenómeno.
Redactado casi siempre en presente para esquivar el tufo nostálgico, Desde el jergón es 100% Josele. Áspero y profundo. Conciso y descreído. También cariñoso y agradecido, pues aprovecha para despedir a muchos amigos que se quedaron por el camino. Leerlo es descubrir qué demonios pasaba por la cabeza de Santiago en cada momento de su atropellada existencia. Y las incontables animaladas que ha llegado a protagonizar. Cosas que no hace Josele en este libro: dárselas de nada, pedir casito, quejarse. Cosas que hace Josele: cagarla, asumirlo, reincidir. Desde el jergón desmenuza el origen de decenas de canciones al tiempo que reflexiona sobre la perpetua incertidumbre que supone mantener vivo un grupo.
Aunque el motivo de este encuentro fue conversar sobre su estreno como escritor, el madrileño (el verdadero) avanza que nunca se había obsesionado tanto con nada como lo ha hecho con las canciones que ha compuesto para el próximo disco de Los Enemigos. “Sinceramente, creo que es la mejor colección que he hecho en mi vida. Y qué voy a hacer”, suelta este Fernando Fernán Gómez con guitarra eléctrica, este detector ambulante de cretinos y memeces que nunca supo ni quiso venderse a sí mismo.
¿Cuándo empezó a pensar que valía la pena escribir su biografía?
Cuando nos juntamos (Los Enemigos), abrieron un Facebook y se me ocurrió comentar en plan técnico que en esta canción uso una Telecaster de no sé cuándo y algunas anécdotas. Y tuvo una repercusión de la hostia, con un montón de respuestas y preguntas. Al ver que a la gente le interesaba, pensé que tenía una historia curiosa que contar: la de un grupo que ha sido muy cabezota. Nunca tuvimos un hit, pero hemos durado cuarenta años.
En el Hit Parade de obstinación siempre estuvieron muy arriba.
Somos muy borricos. Chema, Fino y yo siempre hemos estado por la labor. Nunca se nos ha ocurrido tirar la toalla. Por mal que fueran las cosas. Lo nuestro es algo casi sagrado. Y creo que viene de cuando se mató Lalo (Cortés, el mánager del trío, fallecido en 1992 en accidente de tráfico). El sueño de los cuatro era vivir de la música y era como que se lo debíamos. Creo que un poco fue eso lo que nos dio la fuerza y lo que todavía nos empuja. La memoria de Lalo ha creado una especie de conjuro.
No tiene pinta de ser muy aficionado a leer biografías de músicos.
No. Por eso no me ha ocurrido hasta hace poco escribir. No me interesa un carajo la vida de los músicos. Me interesa su música. Salvo muy contadas excepciones, como Jerry Lee Lewis, y porque viene de abajo, como nosotros. Leí la biografía de los Louvin Brothers, Satan is real, y me interesó mucho porque eran dos paletos que se metieron unas palizas del carajo para vivir de la música y hacer canciones. Quizá fue ese libro el que me animó a escribir. Aunque, comparado con ellos, lo nuestro es una chorrada.
Una vez tomada la decisión, ¿qué quería explicar en este libro?
Explicar las canciones, no: porque no son jeroglíficos y porque me interesa más crear imágenes potentes en la imaginación del que la está escuchando. Pero vi que a la gente le interesaría conocer las circunstancias que rodeaban a cada canción. Y, sin quererlo, hago un retrato de la sociedad; por ejemplo, de ese Madrid de los años 90 que era un supermercado (de droga). Nosotros grabamos La cuenta atrás muy cerca del centro y podías salir un momento del estudio, hacerte con una buena provisión y volver. Se lo cuentas ahora a un chaval de quince años y no se lo cree. Entonces, empiezas a escribir, van saliendo músicos, amigos... Y ya no paras.
Nunca tuvieron un gran éxito, pero en el libro habla de una época de cachés desorbitados. Joaquín Pascual, de Mercromina, explicaba que una vez cobraron una millonada por un concierto vacío en Marbella.
Mi recuerdo es el mismo. Y varias veces. Para mí, que no era muy reflexivo, estábamos ganando una pasta. ¡Y, pum, a por ella! Luego, con el tiempo, te das cuenta de lo que era aquello: las Olimpiadas, la Expo de Sevilla y todo lo que se movió allí. ¡O las carreteras! Cuando empezábamos a ir de gira, no nos matamos de milagro. Y luego veías unas autopistas recién pintadas. Este país, de repente, cambió. Había cocaína para todo el mundo. No sé cómo serían las cosas en la división de honor, pero en nuestro caso, fue exactamente lo mismo que cuenta Joaquín Pascual. Que aparezca un tío con una bolsa de deporte llena de billetes para pagarte. O con un cheque. Esa época la recuerdo a fogonazos. Todo el mundo iba enfarlopado.
Recuerdo estar hospitalizado, muy mal, y pensar: no me voy a morir porque me quedan muchas canciones que escribir. ¡Y quiero ver cómo son! Eso se lleva como una adicción
Muy pocas bandas se reúnen tras una década de parón, y además, por dinero, y logran recuperar su mejor versión o incluso superarla.
La idea era hacer solo un bolo, pero empezaron a llamarnos, íbamos de un lado para otro, sonábamos como un cañón y todo fue rodado. Si bien es verdad que nos juntamos por una cuestión de dinero, me di cuenta de que había una comunión distinta. Fíjate que el día que nos reencontramos vino Chema a buscarme al aeropuerto y no lo reconocí. Me tuvo que dar un golpe y decir: ¡soy yo! Tenía el pelo blanco, la barba blanca… ¡Esto lo podría haber puesto en el libro! Al ver que era él, me vino un subidón tremendo. Las habíamos tenido muy gordas, pero nos dimos un abrazo. Sin hablar.
Un renacimiento feroz, hasta que en 2024 sufre un episodio de pánico escénico. Otros músicos conviven con ello durante décadas e incluso lo van dominando, pero usted nunca lo había sufrido antes. ¿Qué sintió?
Sales al escenario y no sabes dónde estás. Estás como fuera, perdido. Ves mucha gente mirándote, pero no sabes muy bien por qué. Es una confusión absoluta. Escuchas las canciones y te son ajenas. Ves que la gente te está oyendo meter la gamba y llega un momento que es insoportable. Una puta pesadilla. Es una pesadilla muy recurrente entre músicos: sueñas que estás tocando con gente que no conoces un repertorio que se supone que debes saberte, pero que no te sabes. Y cuando va a empezar la canción, despiertas. Eso me pasó a mí, pero sin despertarme. No sé cuánto rato estuve en el escenario, pero no acabamos el repertorio. Creo que Fino me dio en el brazo y dijo: vámonos. Claro, la gente pensaría que me había tomado algo.
¿Intuyó que ese era su final, que ya había consumido las siete vidas?
Sí, pero aún hicimos otro bolo. No fue nuestro mejor concierto, pero lo hicimos. Este es un oficio jodido. Memorizar tantas letras requiere una preparación mental y eso a veces no lo respetan ni tus compañeros. Siempre me he buscado la vida cuando hay follón en el camerino. Hago una semimeditación o llevo una pelota de tenis y la lanzo contra la pared como Jack Nicholson en El Resplandor. Pero a veces es imposible porque llegamos tarde a la sala. Y en una de esas, pum, te quedas como en otro planeta. Ese bolo me pilló en un momento obsesivo componiendo los temas nuevos. Me era muy difícil tocar el repertorio normal. Tenía la cabeza completa.
En el libro habla mucho de adicciones: al alcohol, a las drogas… ¿El rock, en su caso, es otra adicción? ¿O eso es solo un tópico cursi?
No creo que sea nada cursi. Es una adicción, sí: la inquietud, la curiosidad por saber cómo serán las siguientes canciones. Recuerdo estar hospitalizado, muy mal, y pensar: no me voy a morir porque me quedan muchas canciones que escribir. ¡Y quiero ver cómo son! Eso se lleva como una adicción. Salvadora, claro. Y enchufar una guitarra eléctrica y darle una buena hostia... No hay nada como eso. Es la hostia. Y un privilegio, además.
Cuando todo va bien y hay sinergia con el público, es maravilloso. Pero si las cosas no van bien, es infernal. Imagínate: 500 personas mirándote y tú sin entender por qué falla algo
El centro del escenario puede ser el mejor y el peor lugar del mundo.
Así son las cosas casi siempre. El ying y el yang ese, ¿no? Cuando todo va bien y hay sinergia con el público, es maravilloso. Pero si las cosas no van bien es un sitio infernal. Imagínate: 500 personas mirándote y tú sin entender por qué falla algo. Y luego está el tema de la culpa. Porque estás defraudando a toda esa gente. Eso pesa mucho y cuesta superarlo. Para meterte bien en la interpretación en un directo tienes que sentir que estás en el sitio más importante del mundo. Eso suele funcionar. Pero a veces tu cerebro lo interpreta mal y, en vez de darte ánimos, te acojona, te paraliza.
Hasta ahora, sus intimidades se conocían más bien poco. La próxima vez que salga al escenario su público sabrá mucho mejor cómo es y por lo que ha pasado. ¿Valoró esto al escribir ‘Desde el jergón’?
Si quería contar por qué las canciones son como son, era inevitable. Entre evitar explicar las circunstancias y que la cosa quedase regular y no evitarlas y que la cosa quedase bien, elegir no evitarlas. Y el libro me ha servido mucho.
¿Escribirlo?
Sobre todo, publicarlo. He recibido un montón de cariño de la gente y me ha venido muy bien para descargar esa mochila de culpa. Ese día del pánico escénico es lo que te tienes que quitar de encima. ¡Tú no has defraudado a nadie! ¡A ti te ha dado un parraque y ya está! Quitarte la sensación de que has defraudado a tus compañeros y al público es lo más difícil.
Hace años, hablamos sobre la culpa vinculada a su adicción a las drogas. Entonces decía que no tenía sentido introducirla en la ecuación.
Yo estuve cinco años enganchado y tengo la sensación de haber perdido cinco años, pero no siento que defraudase a nadie. Mucha gente de mi generación cayó. Esa fue nuestra guerra, una epidemia horrorosa. Me muero de ganas de ver el documental sobre Antonio Flores porque esto se ha silenciado y fue muy fuerte. No es normal con 25 años haber ido a quince o veinte entierros de amigos. En el barrio caían como moscas. Como en la máquina de los marcianos. Me decía un camello: has pillado la peor época.
Pero más allá de las adicciones, que son circunstancias, el meollo del libro es la tozudez. Hacer música tiene mucho de magia y quieres volver a ese sitio. Es algo muy espiritual, si lo piensas. Queda mal decirlo porque los rockeros son tipos duros, pero a mí me la suda la ortodoxia rockera. Lo que pasa en el escenario es un viaje espacial. Te teletransportas a otro lugar. El árbol al que te subes tocando con tus compañeros es una maravilla.
¿Y cómo se baja de ahí?
Cuando acaba el concierto, tienes un montón de energía recorriendo aún tu organismo. Es un momento muy delicado, también. Yo necesito estar solo veinte minutos. Pasé una temporada que salía corriendo para el hotel. Tenía la sensación de que alguien me iba a matar. Estaba el camerino lleno de gente y pensaba que alguien sacaría una navaja. Un marido mancillado, un demente, no sé. Ya no. Ahora salgo a hablar con la gente y es divertido.
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