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Los que ordenan y los que no

Charles Chaplin en 'Tiempos Modernos'

Charles Chaplin en 'Tiempos Modernos'

Hay a quien, por las mañanas, le gusta dejar el molde de su cuerpo en el colchón e incluso taparlo para que no se enfríe, y hay quien se apresta a alisarlo y a ventilar las sábanas en cuanto se levanta. Hay gentes que trabajan como cerdos en una pocilga y otras que, hagan lo que hagan, lo hacen como cirujanos en un quirófano. Hay quien encuentra el equilibrio con su entorno guardando las zapatillas debajo del sillón, dejando caer la chaqueta sobre una silla, almacenando mecheros vacíos en un cuenco encima de la mesa, junto a un bote lleno de lápices despuntados y bolígrafos que a veces funcionan y a veces no, con tres tazas de café vacías al lado del teclado, libros desparramados por doquier, pilas de documentos en precario equilibrio y los calzoncillos o las bragas en el rincón donde los arrojó cuando tuvo la ocasión, el apremio y el gozo de hacerlo. Y hay quien antes de hacerlo pliega la prenda en cuestión y la mete en la lavadora. Y tiene la mesa hecha un Mondrian. O un Malévich.

A unos les angustia la asepsia, que les huele a muerte, y otros no soportan el guirigay a su alrededor, ni siquiera verlo, ya sea suyo o ajeno. En un contexto tal la cabeza de estos últimos tiende a explotar, no entienden que de un paisaje así pueda surgir una idea coherente. Para vivir necesitan del auxilio de la geometría, de la taxonomía, de la norma, del precepto, de la disciplina. No entienden cómo alguien es capaz de orientarse entre lo que perciben como un montón de escombros, no ven la fina trama que enlaza esas ruinas, esos elementos aparentemente dispersos. Por su parte, los que tienden a esa dispersión y al hacinamiento ven en los espacios organizados e impolutos el vacío y la náusea existenciales, un mundo sin referencias en el que da igual hacia dónde apunten las brújulas. Entre esas dos categorías humanas, a priori irreconciliables, a veces se establece una simbiosis perversa en la que uno de ellos suministra al otro la razón de su existencia —recolocar, organizar, adecentar, poner las cosas «en su sitio»—, y recoge a cambio el supuesto beneficio que deriva de esa actividad. Representan dos maneras contrapuestas de estar en el mundo, dos formas antitéticas de entenderlo. No se trata de higiene, ni de civismo ni de racionalidad, ni tampoco tiene nada que ver con ser meticuloso o amante de la perfección; se trata de orden y, por tanto, de la relación que cada uno de ellos establece, tanto simbólica como factualmente, con el poder.

Por un lado están los que se pliegan ante lo ineluctable y dejan que la segunda ley de la termodinámica vaya haciendo, y por otro están los que consagran su vida a hacerle frente. Los primeros entienden el orden como algo enteramente subjetivo, su personal y peculiar dialéctica con el mundo, y los segundos lo entienden como un imperativo universal al que todos y todo se ha de supeditar. Es una rivalidad en la que subyace el eterno conflicto entre la ética individual y el moralismo. En unos el orden nace de la interacción amigable con el medio, de un dialogo tolerante y cauteloso con la mierda y el fárrago, en sintonía con la curiosa tendencia que tiene el mundo a disgregarse, y en otros nace de la lucha sin cuartel contra todo eso, de las victorias sobre el sindiós, que siempre son momentáneas y preludio de una nueva batalla, una guerra continua que les tiene ocupados de por vida, un sinvivir sin tregua en el que involucran a todo bicho viviente. Unos creen que realmente la Creación acabó con el caos y otros creen que le dio comienzo.

No hace falta decir quién ha ganado la batalla de los significados. Los apóstoles de la norma se han apoderado del término. Lo de los otros es desorganización, disloque, anarquía, y lo suyo, orden asimilado a virtud, aunque no resultaría difícil demostrar que es mentira, que para conseguir nuestras burbujitas de armonía incrementamos exponencialmente la entropía del entorno. Seguramente no hay en la naturaleza nada más entrópico que un ser humano, y cuanto más ordenado, más entrópico. Solo por eso, en otro tipo de sociedad los amantes del orden estarían proscritos, pero aquí y ahora están extraordinariamente bien considerados, en sintonía con el espíritu de los tiempos. Su mente cuartelera es lo que garantiza la jerarquía y el buen gobierno, lo que da al mundo su rentable uniformidad. De ahí su buena fama y su auge. Solo la gente ordenada, en la medida que lo es, recibe de buen grado las recompensas que descienden de un orden superior, recompensas que las más de las veces equivalen a los terrones de azúcar que se les da los caballos como premio a su docilidad, de la misma manera que se les pega un tiro cuando se rompen una pata, tal como nos enseñó Horace McCoy. No es poco y no puede ser de otra manera, puesto que sin ellos nada sería como es. La pulsión por el orden tiene un componente servil. Quien ordena, cumple órdenes. El orden es arbitrario, tiene dueño, obedece invariablemente a criterios normativos que nacen del interés de unos cuantos. Para probarlo basta con constatar su carácter históricamente cambiante. No ha habido ni hay un orden referenciable a un ónfalo, ni en el tiempo ni en el espacio. El universo no tiene ombligo, por mucho que algunos quieran hacernos creer que es el suyo. El orden es un espejismo, un artificio interesado. En el mejor de los casos, un bello cortinaje que trata de esconder la inquietante relatividad de un mundo esencialmente caótico.

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