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La partida del adelantamiento electoral

Para quienes tenemos cierta memoria y una combinación de experiencia propia y adicción informativa, muchos de los movimientos que se producen en la política actual nos recuerdan a otros sucedidos en el pasado. Y en el caso del PSOE post-Suresnes esta sensación de déjà vu es constante. Así, por ejemplo, la victoria de Pedro Sánchez frente a Susana Díaz en las últimas primarias socialistas nos retrotrajo a la de Borrell frente a Almunia -yo seguí el escrutinio ¡por el teletexto!- hace veinte años, y los gestos iniciales del actual presidente del gobierno de España nos hicieron rememorar al primer Zapatero de la retirada de tropas de Irak y el matrimonio homosexual.

El run-run del adelantamiento electoral, en caso de que el President de la Generalitat haga uso de la prerrogativa que le concede el Estatuto de Autonomía de la Comunitat Valenciana, a mí me recuerda a la experiencia vivida por los andaluces con el pacto de gobierno PSOE-IU en la pasada legislatura, que precisamente Susana Díaz decidió dinamitar con la disolución del Parlamento y la convocatoria de elecciones anticipadas. Su objetivo indisimulado era quitarse de encima a un socio incómodo, que planteaba la fiscalización del cumplimiento de un programa legislativo avanzado en política de vivienda, garantía de mínimos vitales, renta básica e inclusión social, banca pública o memoria democrática. Díaz fracasó en su maniobra plebiscitaria y tras el paso por las urnas casi pierde la presidencia, pero finalmente fue salvada por la campana de Ciudadanos y sobrevive al frente de la Junta de Andalucía sin mayor problema que el fiasco de sus ambiciones al norte de Despeñaperros.

Creo que se pueden establecer muchos paralelismos entre aquel episodio de Susana y el culebrón de este verano de Ximo: las ganas de dar un golpe de autoridad después de tres años tragando consensos y puñetas; la preferencia por un socio menos exigente e incluso por un gobierno monocolor en minoría; las cábalas sobre el beneficio particular que puede reportar una convocatoria electoral diferenciada con una campaña presidencialista; la oportunidad de escenificar un “giro al centro” frente a aquellos que son tachados de “radicales”… A todo ello se suma ahora la voluntad de aprovechar lo que quede del momento dulce de Pedro Sánchez, antes de que el ejercicio pragmático del gobierno -devoluciones en caliente, compromiso de gasto militar, presupuestos al gusto de Bruselas- baje de su ensoñación a miles de votantes de izquierdas. No olvidemos que el PSOE es un viejo animal de costumbres, y mantener en el gobierno sus promesas de la oposición no es una de ellas.

Dice Ximo Puig que de momento no se dan las condiciones para un adelanto electoral pero a nadie se le escapa que se están tratando de crear, a costa de dejar definitivamente inconcluso el programa legislativo del Botànic y a riesgo de pagar en las urnas la imagen de desunión en el Consell. ¡Tantos retiros espirituales de invierno y de verano para enfriar los ánimos, y todo puede saltar por los aires en un otoño caliente! La decisión está en manos del President, que nos puede mantener en vilo hasta la aprobación -o no- de los Presupuestos de la Generalitat para 2019. Curiosamente, si pulsa el botón rojo, las elecciones valencianas podrían coincidir con las andaluzas. Yo creo que finalmente no lo hará, pero mientras tanto está acaparando titulares y atención informativa como no había conseguido durante toda la legislatura.

Empieza la partida electoral y casi todas las cartas están ya echadas. PSPV y Compromís han entrado en la cuarta fase de ese “manual de coaliciones” que nos reveló en Twitter un ingenioso Nomdedéu; el presidente Puig juega de mano y puede ser el primero en lanzar el envite. Las sucursales de PP y Ciudadanos siguen yendo de farol, sin más baza que tratar de pescar en el río revuelto del miedo y de la ignorancia con un españolismo cada vez más agresivo y un racismo cada vez más rampante. Sólo queda por saber qué se articula a la izquierda del Botànic, donde deberían imperar la responsabilidad y el atrevimiento para formular una propuesta unitaria e ilusionante que consiga avanzar en la próxima legislatura más allá de lo que se ha hecho en esta. Eso sí que sería un buen triunfo.

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