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En clave de Sol

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Decía Jacques Lacan sobre la Revolución en su escrito Radiofonía de 1974 –en referencia a la Revolución Francesa- que en ella se ha de dar la estructura propicia a la emergencia de lo real para que se lleve a término. Y entiéndase como real aquello que de un discurso, quien lo sostiene no da cuenta del malestar que genera y que no produce el sentido necesario que pueda ofrecer al sujeto un orden simbólico de las cosas.

Algo similar pasó con la Spanish Revolution cristalizado con el 15M. En un momento histórico de crisis aguda, con un agujero negro de deuda, de irrupción de la nada más absoluta en el sistema financiero, los partidos tradicionales no pudieron generar los significantes pertinentes para dar la más mínima cuenta de lo que sucedía. A los representantes de entonces les excedía la situación de tal modo que no había posibilidad de nombrar una palabra verdadera que amarrara -aunque fuera débilmente- en tierra firme. Toda gestión de la crisis era un viaje a la deriva, y la sociedad no encontraba por ningún lado nada a lo que acogerse y dar explicación subjetiva en lo privado, discursiva en lo social, a la grave situación que cada uno de nosotros vivía.

La llamada crisis de confianza, de legitimidad, incluso de identificaciones a los partidos tradicionales suponía una crisis en la producción de significantes que dieran sentido. Porque la política, también, es una fábrica de generar sentido, de generar nuevos espacios discursivos.

Es por ello que la irrupción del 15M daba cuenta de que no había relato que representara a nadie. “No nos representan” fue un decir, un grito, una posición de uno por uno que hizo discurso. Las plazas fueron re-significadas donde cada ciudadano sin voz podía estar asamblea tras asamblea escuchando y hablando sin parar, articulando su malestar particular junto con los otros. El 15M fue ese movimiento de denuncia, de reapropiación de un espacio público que los poderes públicos habían abandonado; el 15M fue un productor de nuevos significantes, permitía una nueva creación ex nihilo; el 15M fue un estado, por decirlo de algún modo, de enamoramiento, constituyente, cuyo nacimiento trascendía el bipartidismo, de toda suerte que no cristalizó ni se institucionalizó en nada. Desapareció sin que le diera tiempo a degradarse en el tiempo, por decisión propia y conjuntamente, dejando ese mismo espacio discursivo vacío que cercó, a la espera de volver a ser tomado. Marcaba el fin de un régimen, de un orden de las cosas y de un sentido dado.

Sin embargo, Lacan sigue hablando de la Revolución –cualquiera que sea-, y es que, dice, con el tiempo toda revolución se ve significada por alguien que posee el arte de tornarlas útiles. Efectivamente, Podemos ha sido la organización, el partido, que ha rescatado ese decir, traduciéndolo a un lenguaje actualizado y que nadie supo expresar, pues hablaban desde otra época. Es más, la Revolución es una batidora para degradar ideologías del Antiguo Régimen, parafraseando a Tocqueville.

Y bien, en esto Podemos es deudor del 15M, ya que ha hecho posible la aparición de nuevas palabras que han adquirido nuevo significado en esta larga crisis. Pero también es acreedor de esa emergencia conceptual. Conceptos como rescate ciudadano, emergencia social, pobreza energética son los más significativos, y que afortunadamente forman parte ya del imaginario social, donde el discurso político se ha apropiado de ellos para generar nuevos sentidos y nuevas identificaciones, pues han permitido un lugar alejado de opciones extremistas y ultras. Y sin embargo siempre acechan, tales identificaciones ponen a prueba una frágil democracia que ha incorporado un sentido más ciudadano, más de los cuidados, más feminizada.

Ese cambio del relato lo hemos escuchado en los parlamentos autonómicos, en cada consistorio, en el Congreso de los Diputados, Senado, por Podemos y por otras muchas formaciones políticas. Ese relato nacido tras el 15M es patrimonio de todos. Pero fue Podemos, y fundamentalmente Pablo Iglesias, quien supo leerlos.

Con todo, generar sentido a partir del discurso no cambia las cosas si éstas no se nombran de tal forma que alcancen la subjetividad de su época, y a un saber que, aunque imposible, no sea impotente para resolver los conflictos que azotan lo social hoy.

Lo conseguiremos, pues, porque no sabemos que es imposible

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