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La COVID-19 frenó en la frontera sur mexicana la marcha desde Chile de una niña haitiana que había nacido hacía pocos meses. La Nena sobrevivió seis días sin comer –bebiendo solo agua con sal o azúcar– durante una caminata de dos semanas a través de la selva de Colombia y Panamá a finales de 2019. 

La Nena, su madre y su padre permanecen desde enero de 2020 en un limbo causado por la llegada de la pandemia. La travesía comenzó en la desértica ciudad de Arica, en el norte de Chile, en noviembre de 2019, y sigue pausada en la selvática ciudad de Tapachula, Chiapas, a más de 5.000 kilómetros y casi doce meses de distancia.

El caso no es excepcional. Centenares, sino miles, de migrantes haitianos se han convertido en parte del paisaje de Tapachula en estos meses. Se les ha podido ver caminando desde primera hora de la mañana por el centro de la ciudad comercial, principalmente en las inmediaciones del mercado Sebastián Escobar, donde muchos trabajan vendiendo chips de telefonía, frutas y verduras.

También se les podía encontrar en las colonias de la periferia, congregados en lugares con WiFi abierto y dentro de habitaciones donde el alquiler se paga por día, semana o mes, en circunstancias de hacinamiento y precariedad.

En octubre de 2019, un año después de la primera caravana migrante que, nutrida por miles de personas centroamericanas, entró en estampida en México, empezó a crecer la presencia haitiana en la frontera sur. No eran personas solas, sino familias que fueron llegando para integrarse al panorama multicultural que estaba instalado en Tapachula, la segunda ciudad en importancia de Chiapas, la más cercana a Guatemala.  

El efecto de la pandemia

A partir de marzo de 2020, con el azote de la pandemia, el flujo migratorio centroamericano disminuyó notablemente y el paisaje de la ciudad cambió. El regreso de personas guatemaltecas, salvadoreñas y hondureñas a sus países de origen dejó a la vista una numerosa población haitiana en las calles.

Su presencia se notaba al recorrer las calles a principios de agosto, cuando visitamos la ciudad en plena pandemia. Frente al mercado de Tapachula, sentados en el suelo junto a las manualidades, las verduras, ajos y brebajes curativos que tienen a la venta, un grupo de personas haitianas escuchaba reggae cantado en creole. Una de ellas, Katiana Joshef, llegó a decir en su inexperto castellano que ella y sus amigos estaban ahí, llegados desde Chile, porque "el presidente Sebastián Piñera habla mal de Haití".

Desde el Cono Sur llegó también Julién, un emprendedor haitiano atraído por las noticias sobre la reciente creación de un asentamiento de sus compatriotas en Tapachula que se encontraban esperando la resolución de sus trámites migratorios, y que vio una oportunidad de negocio: a 100 metros del parque central instaló un restaurante que sirve arroz con frijoles, bacalao a la criolla o plátano, pollo y cerdo fritos (o griot, su nombre en la carta), además de una barbería especializada en cabello afrocaribeño. 

"Los haitianos somos inteligentes, hacemos negocios como los chinos", dice con orgullo el nuevo empresario.

Fermina Rodríguez Velasco, técnica en Integración Social del Centro de Derechos Humanos Fray Matías de Córdova (CDHFMC), una organización que da atención a la población migrante y refugiada en la frontera sur, explicó que, debido a la COVID-19, la atención humanitaria se ha dado por teléfono. El registro de esas llamadas que lleva la organización, a falta de censo oficial, permite tener una idea aproximada de la cantidad de personas de una u otra nacionalidad que llegan a esta región. A partir de marzo, las llamadas fueron mayoritariamente de personas haitianas.

Son personas que viajaron a pie por rutas escondidas, retomaron los viajes colgados en los techos de trenes, encontraron cerrados los albergues donde se suele ayudar a la población migrante, sobrevivieron a los ataques de pobladores locales que los consideraban transmisores del virus y a la represión por parte de las autoridades migratorias mexicanas.

"A partir de marzo la gran mayoría de demandas de ayuda humanitaria han sido de personas haitianas. No hay posibilidad de saber cuántas han llegado. Hay familias que vienen de Brasil, Panamá o Chile. Vienen con viajes de seis meses encima y en un estado de salud muy precario", dice por teléfono Fermina Rodríguez.

La historia de La Nena 

Años antes de que naciera La Nena, en septiembre de 2016, su madre, Velnays, trabajaba como encargada de una tienda en Puerto Príncipe, capital de Haití. Ahí sufrió un asalto a mano armada. 

"Yo pasé como seis años trabajando en un negocio. Entraron cuatro ladrones con pistola. Venían a buscar el dinero. Yo tenía la responsabilidad del negocio. Me dijo la persona 'pasa el dinero, pasa el dinero'. Uno dijo 'mátala', otro dijo que no", recordó en una entrevista realizada el 31 de julio, en la calurosa habitación que compartía con su pareja y su bebé. Mientras hablaba, Velnays resoplaba y sudaba. Su cuarto contaba con poca ventilación y se le notaba visiblemente incómoda debido al calor.

Decidió entregar el dinero y los asaltantes se fueron. La segunda sorpresa de ese día se la dio su jefe.

"El jefe viene y dice '¿cómo pasó el dinero? Usted es igual que las personas (ladrones)'. Llamó a la policía". Según contó, haciendo un esfuerzo por hablar en español, ella respondió: "¿Cómo igual que el ladrón? Mi vida es importante".

Velnays relató que su exjefe le respondió: "Tu vida es importante para ti. Para mí, no". Es un recuerdo que le seguía alterando durante la entrevista, en la habitación ubicada en la zona norte de Tapachula donde vive con su hija y su marido, 

Ese altercado y el terremoto de magnitud 7 en la escala Richter que destruyó al país caribeño en 2010 la hizo ser parte de la diáspora haitiana hacia Chile.

Encontró esa oportunidad cuando Chile envió a sus Fuerzas Armadas como parte de la ayuda humanitaria de la ONU. El vínculo entre los uniformados y la población local pavimentó la preferencia haitiana por viajar a ese país sudamericano además de una legislación antigua (vigente desde la dictadura de Pinochet) que permitía el ingreso sin visa a los ciudadanos de Haití.

En 2016, la diáspora haitiana empezó a sentirse en Chile. Ese año entraron al país 48.783 migrantes provenientes de Haití. Más de los que se habían registrado en los tres años anteriores juntos. En septiembre, Velnays y su pareja Sergoi llegaron a Santiago. Se establecieron en Puente Alto, una comuna periférica de la capital chilena, en un cuarto diminuto.

Al año siguiente, en 2017, el número de haitianos que aterrizaron en Chile fue más del doble: 104.782. Un informe reservado de 2017, que estuvo en las manos de la expresidenta Michelle Bachelet, señalaba que "se aprecia que el incremento extraordinario de los flujos de ciudadanos haitianos ha generado una compleja realidad social que afecta a una proporción importante de ellos". En esa ocasión, se levantó un requerimiento simple para los ciudadanos haitianos que ingresaran al país: una visa consular, que establece un período máximo de estancia en el país y la identificación de las personas. 

Pese a ello, el flujo de migrantes procedentes de Haití siguió creciendo: para 2018 ya se habían convertido en la tercera comunidad extranjera más grande del país, con 179.338 personas, solo por detrás de venezolanos y peruanos.

Mensajes anti-inmigración

En 2018, Sergoi consiguió trabajo en una oficina del centro de Santiago. Él y Velnays se mudaron a un barrio más céntrico. Según su relato, ese año, en el camino de ida y vuelta al trabajo, vivió dos episodios de discriminación en la calle. Preguntamos, pero se mostró incómodo y no quiso precisar lo ocurrido. De acuerdo al testimonio de Sergoi y Velnays, tras la llegada a la presidencia de Sebastián Piñera en marzo de 2018, los ánimos antiinmigrantes se caldearon. Y ambos empezaron a sentirlo en carne propia. 

En abril de 2018, el gobierno de Piñera ideó un plan para regularizar a los extranjeros con la intención de "ordenar la casa". Al anunciar el aumento de requisitos para postular a visas, dependiendo del país de procedencia, el presidente aseguró que "la inmigración en Chile está fuera de control". A partir de entonces, la gente de Haití necesita una visa para ingresar al país, aunque sea por turismo, con un tope de estancia de 30 días. 

Un tercer incidente violento hizo que Sergoi y Velnays decidieran marcharse de Chile: en octubre de 2019, poco tiempo después de nacida La Niña, Sergoi fue asaltado en la calle. Le robaron el teléfono y el dinero. Debido a que era un inmigrante sin papeles, no pudo interponer una denuncia ante los Carabineros, el cuerpo de policía chileno. Hasta ahí llegó su paciencia.

La Nena nació en septiembre de 2019. Su nacimiento está en los registros de algún hospital de Santiago del que sus padres no recuerdan el nombre; su salida de Chile está registrada por la frontera norte de Chacalluta, dos meses después, en noviembre de ese mismo año. Según registros entregados a través de transparencia de la Policía de Investigaciones que se encarga de los pasos fronterizos, como en México lo hace el Instituto Nacional de Migración, 268 personas haitianas cruzaron ese  puesto fronterizo en 2019. Detrás de estas cifras están personas que encarnan una nueva diáspora haitiana, esta vez hacia el norte del continente. 

De acuerdo con el relato de Sergoi, la pareja tenía un dinero ahorrado que usaron para comprar pasajes de avión desde Santiago hasta Arica, la última ciudad del norte de Chile. Desde ahí, en noviembre de 2019, avanzaron hacia la línea fronteriza en contraflujo de los migrantes colombianos que llegan caminando de manera clandestina por parajes desérticos no autorizados, donde aún hay una cantidad indeterminada de minas antipersonales colocadas por el régimen de Augusto Pinochet a finales de los años 70.  

El muro de los lamentos

En Tacna, la ciudad más austral de Perú, llegaron a la terminal de buses, ubicada junto a una pequeña plaza conocida entre la población local como "el muro de los lamentos" porque ahí deambulan personas en tránsito que fueron rechazadas en la frontera.

Sergoi, Velnays y La Niña siguieron en un viaje de 20 horas en autobús hacia Lima. Desde la capital peruana tomaron otro bus hacia la frontera con Ecuador, aproximadamente 20 horas más. Después entraron a Colombia para seguir hasta el norte y, finalmente, enfrentarse al Tapón del Darién, el tramo selvático que corta la carretera Panamericana y es imposible de cruzar a bordo de un vehículo. Un lugar extremadamente peligroso, controlado por grupos armados.

Contrataron a alguien que los guiara. Pagaron 40 dólares por persona, incluyendo a La Nena.

"Pasamos 14 días caminando con la niña. Seis días sin nada para comer, ¡nada, nada! La niña tenía dos meses. Tomaba agua con poquito de sal y un poquito de azúcar. Mucha lluvia, mucha agua siempre. Muchas personas se fueron al río en Colombia para Panamá", recuerda Sergoi de ese viaje. 

Con un precario castellano, pues su idioma natal es creole, su relato se construye con palabras como "mafia", "pistola". Frases como "quitaban teléfono", "tienen muchos hombres y quitaban plata" o "mucho problema con haitiano, todo es muy complicado".

Velnays también tiene vívido el recuerdo de la falta de alimento para su bebé. "Fui para la selva. Pasé 14 días caminando. Es muy difícil. Seis días no comí nada. Solamente agua, ¡solamente agua! No tenía leche, pañales, nada, nada, nada", nos dijo. 

Un nuevo país, una nueva normalidad

Tras cruzar en buses Panamá, Costa Rica, Nicaragua, El Salvador y Guatemala, la familia llegó a México. El 23 de enero de 2020 quedaron varados en Tapachula, con La Nena sufriendo un intenso cuadro de urticaria, cuando las autoridades mexicanas los confinaron en la Estación Migratoria Siglo XXI durante 23 días. Al salir, a mediados de febrero, el coronavirus ya había llegado a México y el mundo había cambiado. 

Realizaron la solicitud de refugio ante la Comisión Mexicana de Ayuda al Migrante (COMAR). A la fecha su caso está aún en trámite. A inicios de octubre, esta comisión publicó que en lo que va del año 4.241 personas de Haití habían iniciado ese mismo trámite, el segundo grupo más numeroso solo por detrás de los migrantes provenientes de Honduras.

Velnays y Sergoi consiguieron el apoyo económico de la ACNUR por tres meses, lo que les ayudó a mudarse a una cuartería donde viven más personas haitianas, en una colonia dormitorio, que se vacía durante el día porque los trabajos esenciales no paran, y quienes se quedan ocupan la calle porque el calor es imposible. Los tres se instalaron en una habitación pequeña, de aproximadamente tres por seis metros, sin cama ni baño.

De acuerdo con Fermina Rodríguez, del Centro de Derechos Humanos Fray Matías de Córdova, el retraso en la resolución de trámites de la COMAR ha sido determinante para que personas que tenían planes de salir, cuando mucho, seis meses después de su llegada, establecieran su residencia en Tapachula. 

En esa interminable espera se vencieron los plazos de los apoyos de la ACNUR. A la tragedia se sumó la crisis económica consecuencia de la pandemia. Con la caída económica de la zona, el alquiler de los cuartos se convirtió en una preocupación para muchos. Familias enteras de migrantes haitianos comenzaron a compartir habitaciones para dividir gastos. Las personas que trabajaban en negocios como restaurantes, fondas o tiendas, quedaron en la calle.

El 24 de agosto murió un joven haitiano de 25 años llamado Demosthene Herold. Tenía síntomas de COVID-19 y, de acuerdo con sus compañeros de vivienda, llevaba varios días sin comer. Su cuerpo fue sacado a la calle para ser recogido por las autoridades. 

Desde que en abril se les acabó el apoyo de la ACNUR, ni Sergoi ni Velnays han hallado trabajo fijo. 

-¿Cómo vivieron la llegada de la pandemia?

-Pues vivo así -dijo Sergoi y señaló el interior de su precaria y sofocante vivienda-. No tengo nada para vivir por aquí.

En cuanto consigan su permiso de libre tránsito, planean recorrer por autobús los 3.919 kilómetros que los separa de Tijuana, donde está "La pequeña Haití", un asentamiento creado en 2016 cuando migrantes provenientes de ese país quedaron varados a menos de tres kilómetros de la frontera con Estados Unidos. Hoy viven ahí más de 20.000 personas procedentes del Caribe.  

De momento, la bebé haitiana que sobrevivió a los peligros de Tapón del Darién, y a la incomodidad, la fatiga y el hambre en el camino, está "más o menos", según el reporte de su madre. Come bien y toma mucha leche, aunque también se fastidia a ratos por el intenso calor selvático de Chiapas. En algún punto de su viaje aprendió a caminar y, al igual que su madre y su padre, está sobreviviendo como puede a la pandemia y a los duros desafíos de la ruta migrante. 

Matías Jara, de CIPER, contribuyó con la investigación desde Chile; y en fotografía, Ángeles Mariscal, de Chiapas Paralelo.

Rodrigo Soberanes es un periodista mexicano que vive en el estado de Veracruz. Su trabajo se centra en coberturas y reportajes sobre migración y desplazamiento forzado dentro y fuera de México. Se ha especializado en coberturas de comunidades indígenas sobre violencia y territorio, así como en temas sociales y ambientales. 

Javier García es fotógrafo y videorreportero desde 1994. En 2007, fundó el Colectivo Audiovisual "Sacbé Producciones", enfocado en la producción de cortometrajes y documentales sobre migración y temas sociales en México. En 2016 dirigió el premiado documental La cocina de Las Patronas, sobre la comunidad de mujeres que asisten a migrantes centroamericanos en Amatlán de Los Reyes, Veracruz.

Quinto Elemento Lab es un laboratorio de investigación e innovación periodística con sede en México. Este reportaje forma parte de la serie de cinco partes "Migrar bajo las reglas del COVID-19" que puedes leer aquí.

Publicado el
14 de octubre de 2020 - 22:46 h

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