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ANÁLISIS

Stablecoins, la mano que mece al dólar para afianzar su hegemonía monetaria en la era digital

Fotografía de archivo de billetes de euro y dólar.  EFE/Mario Guzmán
4 de septiembre de 2026 22:45 h

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Durante siglos, el dinero fue una prerrogativa exclusiva de los Estados. Las monedas metálicas, los billetes emitidos por bancos centrales y, más tarde, el dinero electrónico creado por la banca comercial conformó un sistema asentado sobre una misma premisa: cualquier euro, dólar o yen mantiene idéntico valor con independencia de quién lo custodie o del canal por el que circule. Este dogma, que el Banco de Pagos Internacionales (BIS, según sus siglas en inglés), denomina singleness of money (unidad del dinero), constituye el fundamento de la confianza en el sistema financiero moderno y explica por qué hogares, empresas y gobiernos lo aceptan como medio de pago, depósito de valor y unidad de cuenta.

Pero la revolución digital emprendida hace años y catapultada por la IA ha introducido un nuevo resorte. La tecnología blockchain permite crear activos que se transfieren de manera instantánea y programable. En este contexto es en el que ha emergido las stablecoins o monedas vinculadas a un activo de referencia, generalmente una divisa estable y con influencia global, versión monetaria de las criptomonedas tradicionales. Creadas con tokens cuyo precio permanece vinculado al dólar, al euro u otra moneda fiduciaria gracias a una reserva de efectivo, depósitos bancarios o deuda pública.

Sin embargo, lo que comenzó, hace un puñado de años, como una herramienta para facilitar las operaciones en mercados de criptoactivos, se ha transformado en una infraestructura utilizada para pagos internacionales, remesas, e-commerce y acumulación de ahorro; muy en especial, en las economías con monedas débiles.

El crecimiento ha sido vertiginoso. En apenas seis años, las stablecoins han pasado tener un valor de mercado de menos de 10.000 millones de dólares a superar los 300.000 millones. Casi el 98% de ese mercado está denominado en dólares. Tether y Circle, dos grandes emisores mundiales, poseen buena parte de sus reservas en letras del Tesoro estadounidense y otros activos líquidos. Esta composición ha convertido a las stablecoins en un comprador estructural de deuda pública americana y ha abierto una conexión inédita entre la innovación financiera privada y la federal en EEUU.

Para Eswar Prasad, profesor de Economía de la Universidad Cornell y autor de The Future of Money, el fenómeno trasciende del ámbito de las criptomonedas. A su juicio, las stablecoins suponen “una nueva etapa en la evolución global del dólar” y pueden modificar “la competencia entre monedas de reserva, la transmisión de las estrategias monetarias y el funcionamiento de la arquitectura financiera internacional”.

EEUU, Europa y China juegan al ‘monopoly’ digital

La Administración Trump ha decidido aprovechar esa oportunidad. La aprobación de la Genius Act, en verano de 2025, convierte a las stablecoins en parte del sistema monetario estadounidense al concretar requisitos de respaldo íntegro de sus operaciones con activos líquidos y reembolsos en sus transacciones.

El mensaje estratégico es nítido: EEUU pretende que el dólar siga siendo la moneda hegemónica también en la economía tokenizada, en los pagos transfronterizos y en las futuras redes financieras construidas sobre las cadenas blockchain.

Europa observa con perplejidad la maniobra de un presidente que se declara un apasionado de los criptoactivos y que admite haber ganado 1.400 millones de dólares en el primer año de su segundo mandato en inversiones con sello cripto (más de 2.300 millones si el espectro se amplía al conjunto de su familia). El BCE teme que emisiones masivas de stablecoins denominadas en dólares reduzca el papel de la divisa europea en los pagos digitales, desplace depósitos desde la banca comercial hacia emisores privados y dificulte su estrategia monetaria.

Christine Lagarde, su presidenta, insiste en que la autoridad del euro no trata de impedir que las stablecoins existan. Pero sí evitar que la innovación desemboque en una pérdida de soberanía monetaria. En alusión a que el euro digital que opere en una infraestructura europea propia que permita hacer uso de los avances tecnológicos sin depender de plataformas gestionadas desde otras jurisdicciones, sería una alternativa de libre competencia indispensable frente al universo del dólar.

La reciente intervención de EEUU vendiendo euros para apuntalar el yen, sin coordinación previa con el BCE, concede credibilidad a la idea de que la política monetaria ha entrado en una nueva fase de rivalidad estratégica. Barry Eichengreen, profesor de Economía en Berkeley, comparte estas inquietudes europeas. A su juicio, Trump desea que las divisas se conviertan en armas de poder geopolítico, mientras Lagarde insiste en que Europa posea una infraestructura monetaria hecha a imagen y semejanza del euro que evite una creciente dependencia del dólar.

Ante esta tesitura, la posición del Banco de Pagos Internacionales (BIS, autoridad monetaria de los bancos centrales y regulador de las normas bancarias) añade una tercera carta a este juego de naipes geoestratégico. Pablo Hernández de Cos, su director general y el más serio aspirante a suceder a la presidenta francesa del BCE, admite que la tokenización puede abaratar los pagos internacionales, acelerar la liquidación de operaciones y aportar programabilidad al dinero. Sin embargo, el exgobernador del Banco de España alerta de que las stablecoins no se liquidan en dinero del banco central y que, por tanto, no garantizan plenamente la convertibilidad al valor nominal durante episodios de tensión financiera.

En el terreno de los riesgos, De Cos también menciona el peligro sobre la integridad de los pagos, la prevención del blanqueo y la eficacia de la política monetaria “si una parte significativa de los depósitos migra a emisores no bancarios”. En consecuencia, el BIS defiende una arquitectura basada en dinero de cada banco central, depósitos bancarios tokenizados y activos financieros interoperables dentro de plataformas comunes.

China, por su parte, apuesta por una estrategia distinta. Apenas muestra interés en promover stablecoins privadas como instrumento de internacionalización del renminbi, la denominación del yuan en los mercados cambiarios. Aunque su táctica se centra en un yuan digital que emita directamente su autoridad monetaria a través de plataformas internacionales como el proyecto mBridge, concebido para facilitar pagos transfronterizos entre bancos centrales. Sin embargo, diversas entidades chinas y operadores vinculados a Hong Kong estudian fórmulas para emitir stablecoins en yuanes que complementen la expansión internacional de la moneda china en los mercados digitales.

Las pistas regulatorias entran a escena

Detrás de estas diferencias regulatorias se perfila una competencia feroz sobre el control de las infraestructuras monetarias del siglo XXI. EEUU apuesta por un modelo donde las empresas innoven sobre una base regulada y respaldada por activos públicos; Europa busca preservar el papel del banco central como emisor de referencia del dinero digital; y el BIS intenta evitar que la fragmentación tecnológica erosione la unidad del sistema monetario internacional.

China sopesa ambas alternativas. Mantiene, por un lado, el tránsito del dinero y de las redes de pago bajo estrecho control de su autoridad monetaria, así como el fomento de la innovación digital para adecuar los canales de circulación del yuan. Pero al mismo tiempo permite que Hong Kong tenga un régimen propio con reglas específicas para el uso de stablecoins, que abre una vía de escape en las restrictivas leyes de Pekín sobre criptodivisas.

La trascendencia de este dilema crece porque la digitalización no afecta únicamente al dinero. Bancos, gestoras y bolsas experimentan con la tokenización. Mientras las plataformas de pagos desarrollan redes capaces de liquidar operaciones casi en tiempo real y, en paralelo, compañías como Circle, Stripe y Coinbase idean infraestructuras pensadas para un futuro en el que agentes autónomos de IA intercambien información, poder de computación o servicios especializados.

La moneda digital abandona así su rol de instrumento de pago entre personas y empresas y se erige en un lenguaje operativo entre máquinas. De ahí la importancia de concretar quién emite, supervisa y gobierna las transacciones monetarias a través de redes financieras en mercados tokenizados. Y la primera meta volante es la que debe decidir su arquitectura digital. Aunque la segunda exige el rediseño del sistema monetario mundial, en un mercado a años luz de converger hacia un único modelo y en el que conviven distintas tecnologías y estrategias monetarias.

La mayoría de las stablecoins operan sobre redes públicas de blockchain como Ethereum, Solana o Base, donde todo usuario puede verificar sus operaciones y gestionar aplicaciones a través de contratos inteligentes. Los expertos convienen en admitir que este modus operandi favorece la interoperabilidad, la innovación y la programación automática de pagos, aunque a la vez alertan sobre sus desafíos supervisores, de privacidad y de prevención del blanqueo de capitales.

Frente a ese modelo descentralizado emerge otra corriente para tokenizar depósitos bancarios, bonos, acciones o fondos de inversión dentro de redes autorizadas (permissioned blockchains) con actores previamente identificados y sujetos a regulación. El BIS cree que esta vía no romper el vínculo entre el dinero privado y el emitido por el banco central.

Morgan Stanley comparte esta visión al precisar que la tokenización reduce costes operativos, acelera la liquidación de operaciones y aumenta la eficiencia de la banca mayorista sin necesidad de sustituir el sistema financiero existente.

Pero hay una segunda incógnita de calado sobre el ancla que debe sostener las divisas digitales. Con un claro vencedor: el dólar, moneda a la que están vinculadas alrededor del 98% de las stablecoins. En esta tesitura, la UE ha instaurado el reglamento MiCA, que permite emitir stablecoins en euros. Pese al temor del BCE por su expansión, que sacaría depósitos del sistema bancario y complicaría su política monetaria. Aunque el FMI --y el BIS-- apoyan como tercera vía la creación de stablecoins respaldadas por una cesta de divisas internacionales en línea con la metodología de los Derechos Especiales de Giro del Fondo, su unidad prestamista.

Un activo digital vinculado al dólar, euro, yen, libra esterlina y dólar canadiense –recalcan sus expertos– “reduciría la dependencia respecto a una única divisa y ofrecería una referencia más estable para el comercio internacional y los mercados financieros”.

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