Aznar y su corazón
Aquel dedo corazón fue el mismo dedo, la misma voluntad, que decidió que fuese Mariano Rajoy quien heredase su reino en la tierra. Él, el alfa y el omega de la derecha española, ya está en el cielo, a la derecha de Fraga, tres palmos más alto y 4.000 flexiones más delgado. Se ha dejado crecer el pelo de la dehesa –“como un intelectual”, que dice su señora–, y al fin se muestra como lo que siempre fue. Aznar ya no disimula. No habla catalán en la intimidad ni viaja más al centro; ya no negocia porque quien dialoga pierde. Ahora ladra su rencor por las esquinas; al fin es sincero.
moreWinston Churchill quedó congelado para siempre con un gesto, con dos dedos, con esa V de la victoria que derrotó a la esvástica nazi. Pero a los verdaderos estadistas les sobra con un dedo para retratarse, para salir triunfantes del rincón de la historia. Es otro instante inmortal en un álbum plagado de grandes momentos, como aquella foto de las Azores, cuando Bush le pasaba una mano por el hombro; como aquella otra con los pies sobre la mesa en el rancho de Crawford.
Aznar levantó el corazón y nos mostró su alma. Un dedo, sólo un dedo, con un par (de guardaespaldas). Un dedo testicular y te lo metes por donde te quepa; y ven aquí, pringao, ven aquí si tienes huevos. Un dedo y tú, ¿y cuántos como tú? Y no es que Aznar se parezca cada vez más a su caricatura. Es peor aún. Es esa caricatura que siempre fue Aznar, el mismo guiñol que nos gobernó. Aznar levanta el dedo corazón pero su problema está en el anular. Es ese anillo que él cree robado, su tesoro; el poder perdido que cuando se fue le dejó la piel tan transparente que hoy se puede contemplar, desde la punta inhiesta de un dedo incorrupto, esa corrupción moral que siempre vivió en su interior.
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