Ciencia ahora y después

La industria farmacéutica estima que no habrá vacuna para el coronavirus antes de 12-18 meses

Posiblemente ha habido pocos momentos en la historia en los cuales las y los científicos hayan tenido un protagonismo tan central en el debate público y en la solución de un problema como ahora en la lucha para erradicar la pandemia de la Covid-19.

Sin ciencia, sólo contamos con las medidas represivas para combatir la pandemia. Pero la ciencia no se hace sola, ni a su desarrollo pueden acceder en igualdad todos los ciudadanos del mundo, aunque tengan talento y vocación para ello; tampoco todas las ciencias obtienen los mismos resultados, ni estos llegan por igual a toda la población. Para obtener resultados científicos acordes con nuestras necesidades y desafíos sociales, necesitamos buenos sistemas educativos que formen desde la infancia en el método científico a los niños y también a las niñas; que se fomenten el interés y el respeto por la ciencia; que las y los científicos trabajen en condiciones dignas y con posibilidades de desarrollar sus carreras profesionales también cuando no siguen los dictados de los grupos que controlan las disciplinas; que se creen y consoliden las infraestructuras necesarias para ello; que se asegure una financiación más que suficiente; que se promueva una comunicación colaborativa entre las comunidades científicas. En definitiva, necesitamos que se desarrollen sistemas de ciencia, conocimiento e innovación que permitan ampliar la frontera del conocimiento, impulsar el avance de la ciencia y facilitar la aplicación práctica de sus hallazgos para el bien común y la salvaguarda de la vida en nuestro planeta. Esto es lo que necesitamos para vencer esta pandemia y para que la ciencia nos ayude también en la construcción de un mundo mucho mejor que el que tenemos.

Desde la antigüedad, la humanidad, de manera concentrada en determinados ecosistemas, ha hecho ciencia, pero no fue hasta el siglo XX cuando se consolidaron los sistemas nacionales de ciencia, que quedaron sistematizados en la mayor parte de los países tras la Segunda Guerra Mundial como resultado del nuevo papel que adquirieron los estados. Por tanto, a pesar de la continuidad de las preexistentes sociedades científicas internacionales, el gran impulso de sistematización provino de las instituciones nacionales y estuvo muy centrado en la participación de la ciencia en la industria, la medicina, la defensa, el crecimiento económico y el productivismo. Ese paradigma, del que aún quedan importantes vestigios hoy en día, fue en gran medida sustituido por otro surgido en los años ochenta del siglo XX y vinculado al aumento de la competencia internacional y a la idea de que todos los países, con las políticas y las instituciones correctas, podrían alcanzar los niveles de bienestar de los países líderes. Se diseñaron entonces sistemas nacionales de innovación para la creación y comercialización del conocimiento a través de nodos, redes o clusters, que siguieron siendo más activos y tupidos en los países que ya lideraban la producción científica y la innovación, con algunas excepciones.

Este sistema aún en vigor no ha sido todavía sustituido por un nuevo paradigma de ciencia abierta y centrada en resolver los desafíos y necesidades de la humanidad. En el año 2015, la conocida como Declaración de Lund clamó por una ciencia comprometida con los desafíos de la humanidad en consonancia con los Objetivos de Desarrollo Sostenible (ODS) definidos por Naciones Unidas también en 2015. De acuerdo con este paradigma, la ciencia debe aspirar a la transformación social, participando en la reducción de la pobreza y la desigualdad, así como en el desarrollo de formas de producción y consumo inclusivas y sostenibles, sin olvidar la centralidad de la cultura y las humanidades en nuestras vidas y en nuestro ser humanos.

Este nuevo paradigma responsabiliza a los actuales sistemas de I+D+i de estar fuertemente implicados en la persistencia de los problemas medioambientales y sociales. La responsabilidad también alcanza, por supuesto, a las ciencias sociales, entre las cuales la economía es el mejor ejemplo de intolerancia a la disidencia y de desarrollo de un conocimiento al servicio de un sistema que engendra desigualdades y un comportamiento predatorio con nuestros ecosistemas que los vuelve insostenibles. De hecho, los sistemas nacionales de I+D+i y el conocimiento por ellos desarrollado y difundido han contribuido masivamente al actual paradigma intensivo en la explotación de recursos y la producción de residuos basado en el uso de combustibles fósiles y en un modelo de crecimiento generador de desigualdades que necesitamos subvertir si queremos seguir habitando este planeta.

Ahora es el momento de apostar por este tercer paradigma de ciencia comprometida y abierta, que es el que nos puede permitir vencer la pandemia en menos tiempo. Y menos tiempo significan muchas vidas y cada una de esas vidas, sobre todo si las políticas económicas también evolucionan en el sentido correcto. Salvar las economías también significa salvar vidas y ganar en dignidad para muchas personas, incluidos muchos científicos de a pie que gozan de condiciones laborales y salariales poco o nada dignas.

Las iniciativas internacionales en torno a la Covid-19 nos están mostrando claramente la línea a seguir: la de una ciencia abierta, colaborativa y útil, donde los intereses individuales dan paso al trabajo conjunto por el interés común. Y eso incluye cambiar los intereses de las grandes empresas, centrados en el beneficio, y de los gobiernos nacionales, obsesionados con demostrar que ellos hacen la mejor ciencia del mundo. También implica modular el ego de muchos científicos y el control ejercido por las redes de poder de cada disciplina, que determinan lo que se publica o no en las revistas científicas. Con esto no queremos decir que haya que desdeñar la iniciativa individual. Hay numerosos ejemplos a lo largo de la historia que nos muestran la importancia de la iniciativa individual en el avance científico. Pensemos en casos como el de Marie Sklodowska Curie, que, en contra de lo esperado de una mujer por la sociedad de la época, demostró la existencia de un elemento, el radio, que nadie había imaginado o conocido antes y que equipos internacionales de todo el mundo aplicarían después rápidamente para el diagnóstico y tratamiento de enfermedades como el cáncer.

Muchas mujeres hemos avanzado en ciencia porque hemos trabajado en entornos institucionales que respetan los derechos individuales de las ciudadanas a acceder a becas y recursos para explorar planes individuales de futuro, los cuales, en algunos casos, han fructificado más tarde en planes colectivos desarrollados a través de redes que nosotras mismas hemos creado. No obstante, el hecho de que muchas mujeres científicas no existiríamos si hubiéramos tenido que esperar a que nos integraran en equipos de trabajo no invalida la necesidad de que, para avanzar en ciencia, coexistan el impulso, la intuición y el tesón individuales con el trabajo en equipo. Y eso es precisamente lo que fomenta la ciencia abierta, la colaboración más allá del control que ejercen los grupos de poder de las distintas disciplinas científicas y las estructuras de financiación que no se centran en el interés común. Ese paradigma abierto y colaborativo es el que está cogiendo vuelo ahora con la crisis del coronavirus.

Mencionaremos sólo algunas de las iniciativas vinculadas con este nuevo paradigma, relacionadas en concreto con el aumento de la colaboración y de las publicaciones pre-print, y con la aparición de consorcios públicos-privados que funcionan en las dos direcciones, y que gracias a la utilización de la Inteligencia Artificial (IA) y a la capacidad de computación y almacenamiento de la nube, están acelerando los experimentos que nos acercan al encuentro de tratamientos exitosos para la Covid-19.

El desarrollo de los pre-print, trabajos en curso desarrollados con rapidez y no sujetos al lento y en teoría riguroso sistema de revisión por pares, está siendo una de las claves de la lucha contra la Covid-19. Es cierto que puede existir cierta tensión entre rigor y velocidad, pero en este contexto los beneficios de la velocidad exceden la posible falta de rigor –y decimos posible porque son muchos los científicos que duermen poco dedicados como están a la producción, revisión, mejora y difusión de resultados. El famoso New England Journal of Medicine publicó un artículo sólo 48 horas después de que sus autores lo hubieran remitido. Sólo a finales de febrero se pusieron a disposición de la comunidad científica 300 artículos científicos sobre el virus y la enfermedad que provoca aparecidos en repositorios pre-print, especialmente en bioRxiv y medRxiv, ambos gestionados por el Cold Spring Harbor Laboratory Press.

Estos repositorios pre-print no son nuevos, han ido ganando prestigio entre los investigadores en los últimos años como reacción a los comportamientos cuasi mafiosos de algunas revistas científicas y a los incentivos perversos vinculados a la publicación en revistas indexadas, gestionadas, como los propios índices por los que se evalúa todo, por intereses privados. Este modelo de ciencia métrica y mercantilizada no es independiente de la compartimentación y domesticación del conocimiento, ni de los límites al propio desarrollo científico que vemos en muchos campos dominados por grupos de poder que consolidan su posición de liderazgo a través del conservadurismo y de castrar la verdadera innovación, como tan bien cuenta Sonia Contera en su libro Nano comes to life: How Nanotechnology is transforming Medicine and the future of Biology. Esperemos que el cambio en la manera de comunicarse entre los científicos que está trayendo la lucha a contrarreloj contra la Covid-19 y la revolución de la información que conlleva perduren y sean un elemento básico en la implantación de este nuevo paradigma de ciencia abierta que tanto puede beneficiar a todas las personas. Aunque, evidentemente, somos conscientes de que no todas las disciplinas pueden avanzar a la misma velocidad de crucero, y de que no todas se prestan por igual al trabajo colaborativo en red.

Otra vía posible dentro de este paradigma es la puesta en marcha de consorcios que funcionan en ambas direcciones y no sólo explotando los recursos públicos para intereses privados. Sin duda, el más espectacular es The Covid-19 High-Performance Computing Consortium, del que forman parte Google, Amazon, Microsoft o IBM y que ha puesto 330 petaflops a disposición de varias instituciones científicas como el MIT y agencias públicas como la NASA, con el fin de facilitar la supercomputación y la capacidad de compartir grandes cantidades de recursos en la nube. El trabajo conjunto de científicos, ingenieros e investigadores está permitiendo realizar una enorme cantidad de cálculos a una velocidad enorme en epidemiología, bioinformática o modelación molecular. Los consorcios y el uso de la IA son sin duda autopistas que debemos recorrer. Sólo en el mes de marzo se han podido hacer simulaciones con más de 8.000 moléculas y aislar, por su reacción a la Covid-19, 77 componentes que pueden usarse para experimentar en el desarrollo de tratamientos contra el virus.

Ahora bien, esas empresas también deben contribuir con sus impuestos a los presupuestos nacionales para que los estados o los supra-estados como la UE puedan invertir en ciencia, sobre todo en ciencia básica, que nunca se sabe qué resultados dará ni dónde se aplicará. Como muy bien explica Mariana Mazzucatto en su libro El Estado Emprendedor, todo lo que hace al iPhone ser el iPhone, internet, la geolocalización, etc., se financió con dinero público que salió de los presupuestos federales norteamericanos, los cuales se sostienen sobre los impuestos recaudados por el estado, justo los que Apple se está ahorrando ahora en EE.UU y en todo el mundo.

De hecho, necesitamos que la participación privada en el desarrollo de esta ciencia abierta y colaborativa sea más decidida, tanto a través del pago de impuestos como de manera directa. En el caso que nos ocupa sería especialmente importante que lo hicieran las grandes farmacéuticas, que deberían compartir sus enormes bibliotecas químicas para que los medicamentos candidatos a luchar contra la Covid-19 sean rápidamente detectados. La rapidez en este caso es esencial para salvar vidas.

Ya hay iniciativas interesantes, como el acuerdo al que llegaron diez grandes farmacéuticas en junio de 2019 para realizar una investigación conjunta sobre nuevos antibióticos. Es cierto que este acuerdo fue posible gracias al desarrollo de un sistema basado en el blockchain, que permite al algoritmo comprobar los datos de las compañías rivales con total trazabilidad. Aunque, como dice Ava Darzi, directora del Institute of Global Health Innovation del Imperial College London, esta colaboración no se basa en la confianza en el socio sino en el código.

Y es que esta transformación que necesitamos no va a ser fácil. Los incentivos a los investigadores para que puedan escapar de trabajar sólo por voluntarismo y entusiasmo pasan por acumular una métrica de varios dígitos en revistas indexadas. Las empresas y sus gestores también están sometidos a incentivos perversos dentro de una economía en la que predomina la lógica financiera frente a otras posibles lógicas, como la del bien común o incluso la productivista. Y los estados también lo tienen difícil, cada vez más endeudados como consecuencia de los lógicas fiscales regresivas y de un contexto internacional en el que muere el multilateralismo de postguerra y se abre paso un nuevo nacionalismo liderado por los Estados Unidos de Donald Trump, mostrando la cara opuesta de la la cooperación científica en la que avanzamos y que precisamos. Sólo en el mes de febrero 69 países prohibieron o limitaron las exportaciones de materiales o productos necesarios para combatir la pandemia, rompiendo de paso las cadenas de suministro de productos básicos para garantizar la supervivencia de millones de personas.

Necesitamos inversión, compromiso social y decencia en la ciencia, para mejorar las condiciones de trabajo de las y los científicos, desarrollar una competición honesta y guiada por el bien común, diseñar y apoyar una educación que forme bien a los futuros profesionales y también a la sociedad en general de manera que sea vacunada contra la manipulación y los fakes que tanto daño nos están haciendo al limitar el verdadero funcionamiento de nuestras democracias. En definitiva, necesitamos sistemas de ciencia abierta bien diseñados, que afronten los grandes retos sociales como la lucha contra el cambio climático, las desigualdades o las pandemias y que lo hagan con humildad, comunicando y entendiendo también los límites de lo que se puede hacer científicamente –no como la ciencia basada en el desarrollo de modelos que ha dominado la respuesta a la pandemia, que ha construido modelos sin datos y pone ahora todo el énfasis en los tests, cuando muchos expertos alertan de que los tests son herramientas de fiabilidad limitada y el biosensing una metodología compleja. La ciencia es grandiosa, pero también debe ser humilde.

Todo esto tenemos que llevarlo a cabo con la participación del conjunto de la sociedad. No basta con que los gobernantes decidan primar la inversión en ciencia, también hace falta que la ciudadanía esté dispuesta a emplear sus impuestos en ciencia. La idea de las misiones que trata de desarrollar el nuevo programa europeo de investigación Horizonte Europa puede ser una senda prometedora si se aplica con rigor, espíritu participativo, contando con suficiente presupuesto y no entendiendo de fronteras. Porque necesitamos una ciencia que amplíe el horizonte del conocimiento, pero que también trabaje para mejorar nuestro mundo y el bienestar de todas las personas, no sólo el de unos pocos. Y lo necesitamos ahora, pero también después de haber vencido esta pandemia.

Sobre este blog

Espacio para la reflexión y el análisis a cargo de parlamentarios europeos españoles.

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Publicado el
12 de abril de 2020 - 20:47 h

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