Alfonso Rueda alcanza el ecuador de la legislatura de Feijóo con escaso peso político y un proyecto desdibujado

El presidente de la Xunta de Galicia, Alfonso Rueda, al mando de una moto en una concentración en Marín (Pontevedra)

Daniel Salgado


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Tampoco prometió nada distinto. Alfonso Rueda alcanzó la presidencia de la Xunta casi por accidente, después de que Feijóo se involucrase junto a Díaz Ayuso en la decapitación política de Pablo Casado y efectuase una fulgurante escapada a Madrid. Su discurso de investidura fue breve, sin apenas relieve estratégico, y en él ofreció explícitamente continuismo. Lo está cumpliendo. Mes y medio después, el principal cambio respecto a la era Feijóo se encuentra en su agenda de actos públicos, entregada a la propaganda xacobea y más poblada que la del ex presidente, apremiado por aumentar su grado de conocimiento entre la población, exiguo pese a 13 años consecutivos en primera línea del Gobierno gallego. La acción gubernamental, ocho consellos presididos por Rueda después y en el ecuador exacto de la legislatura, no acaba de despegar. Su proyecto se desdibuja.

Feijóo, la contradicción como arte de hacer política

Feijóo, la contradicción como arte de hacer política

La última reunión de su gabinete, el 30 de junio, ofreció 15 acuerdos. El de mayor implicación presupuestaria, la compra de ocho equipos de alta tecnología para el Servizo Galego de Saúde (Sergas) por casi ocho millones y medio de euros, corre a cargo de los fondos Next Generation. Los conselleiros y vicepresidentes revisaron además cuatro nuevos informes –sobre la implantación de la aplicación móvil de la Xunta o sobre la formación continua de la Consellería de Medio Rural–, que se suman a los 25 anteriores aprobados ya bajo su presidencia, sobre asuntos como las ayudas a “espacios lúdicos de aguas termales” o la actividad de la Policía Autonómica. Esta fue la dinámica dominante en estos dos meses, en los que el tema quizás más transcendente de los tratados ocurrió en el consello del 16 de junio. Fue cuando se aprobaron los 41 millones destinados a hacer efectiva la gratuidad de las escuelas infantiles de 0 a 3 años.

En realidad ese había sido el último gran anuncio de Feijóo. Y eso que el expresidente gallego nunca ofreció una visión propia de país ni se prodigó en grandes medidas para afrontar los retos de fondo. Él hablaba de gestión, aunque ni los hechos ni las cifras –más allá de cierta disciplina macroeconómica en términos neoliberales– lo confimaban. El aborto de los contratos de PEMEX para construir floteles o la liquidación de las cajas de ahorro fueron fiascos notorios en sus mandatos. En todo caso, el acceso gratuito a las guarderías, con independencia de que sean de titularidad pública o privada, fue su arma secreta durante el último debate sobre el estado de la autonomía el pasado octubre. Cuatro meses después, se había embarcado en las guerras intestinas que durante dos meses desangraron al PP estatal. Lo de las guarderías quedó atrás, en la agenda de asuntos pendientes de la Xunta. Rueda se ha limitado a presidir la reunión gubernamental que le dio concreción económica.

Esa cierta parsimonia tiene su reflejo en la producción legislativa. A este respecto, los sucesivos ejecutivos del PP nunca destacaron por su dinamismo. De momento, el de Rueda también en eso se muestra continuista. No ha anunciado nuevos proyectos de ley. Lo que sí ha hecho es sacar adelante una norma que sube los impuestos al consumo de agua y crea nuevas tasas. En marcha desde la etapa Feijóo, la mayoría absoluta del PP la aprobó en el Parlamento la semana pasada. Que al mismo tiempo el presidente de la Xunta insista en la necesidad –sin concretar cómo ni cuánto– de una bajada generalizada de los tributos lo sitúa como discípulo aventajado de su antecesor y del oxímoron –una cosa y la contraria, a menudo en la misma frase– como arte de hacer política.

Propaganda y promesas de empleo

Frente al notorio declive del sector industrial, recogido en las estadísticas y con algunos cierres de empresas como emblema, la Xunta ha elegido dos vías. La primera, cargar el grueso de la responsabilidad en las políticas del Gobierno central, siempre y cuando no fuese el PP el que gobernase. La segunda, grandes anuncios acompañados de promesa de miles de puestos de trabajo. Los números a veces bailan, pero escoltados por el apoyo de los medios públicos y parte de los privados, sirven para su propósito principal: hacer política. Así sucede en el caso de la fábrica de fibra téxtil que la pastera portuguesa Altri ha prometido instalar en Palas de Rei y de cuyo anuncio todavía se encargó Feijóo. Las dudas sobre el proyecto, que depende de la concesión de fondos europeos y de permisos ambientales en una zona de valor ecológico, abundan, lo que no impide que la Xunta ahora bajo mando de Rueda se haya volcado con su propaganda.

No es la única compañía del sector que goza del respaldo del gabinete del PP. Otra pastera, Ence, lo ha obtenido más o menos desde 2009. Entonces, la formación conservadora cambió de posición. El primer programa con el que Feijóo se presentó a las elecciones prescribía un cambio de ubicación para la polémica fábrica de la ría de Pontevedra, cuyo futuro ahora depende de los recursos presentados por la propiedad y entidades cercanas contra una sentencia de la Audiencia Nacional que anula la prórroga concedida en 2016 por el gobierno en funciones de Rajoy. Pero los populares gallegos enseguida cambiaron de opinión y hace ya una década que defienden su permanencia tal y como está hoy en día. La misma compañía, de la mano del Gobierno gallego, revelaba hace dos semanas que optaba a dinero europeo para levantar un centro de papel tisú y biomateriales en las instalaciones de la central térmica de As Pontes (A Coruña).

La iniciativa, expuso la propia Ence, es independiente del destino final de la factoría de Pontevedra. Y la comunicó a la opinión pública al término de una reunión del consejo de administración en la que había participado el propio presidente de la Xunta, Alfonso Rueda. Este afirmó unos días después que el Gobierno gallego dará “todas las facilidades” al nuevo proyecto. Hablaba entonces al término de la reunión semanal del ejecutivo, a la que ese día faltó el vicepresidente primero y conselleiro de Economía, Francisco Conde. A esa hora ofrecía una rueda de prensa junto al director territorial de Ence en Galicia, Antonio Casal. “Es perfectamente compatible que dedique a eso parte de su mañana”, justificó Rueda. La compañía asegura que el centro de As Pontes crearía 150 empleos directos.

Poca popularidad y motos

El ralentí de la acción propiamente gubernamental contrasta, sin embargo, con la agenda de actos público del sustituto de Feijóo. Esta se encuentra mucho más poblada que la de su antecesor, que en los últimos años de mandato completaba sus jornadas con apenas un acto, la mayoría de las tardes libres y los fines de semana en blanco. Ya no es el caso. El martes, 5 de julio, su programa incluía hasta cuatro convocatorias, todas abiertas a los medios, en Santiago de Compostela, Lugo, Ourol (A Mariña) y Bergondo (A Coruña). Al día siguiente eran tres, en Santiago, Arteixo y Boqueixón. Él y su equipo buscan conjurar el escaso grado de conocimiento que, entre la población gallega, había alcanzado Rueda pese a llevar 13 años en primera línea de los sucesivos gobiernos populares. Lo cifró en marzo de este año una encuesta de Sondaxe para La Voz de Galicia: solo el 45,9% sabía quién era. A la líder de la oposición, la nacionalista Ana Pontón, la conocía el 81%, y al secretario general del Partido Socialista, Valentín González Formoso, elegido cuatro meses antes, el 58,5%.

Pero entonces vino la guerra intestina del PP y el tantas veces postergado salto de Feijóo a la política madrileña. La sucesión de acontecimientos condujo a Rueda a San Caetano, sede del gobierno de la Xunta. Solo dos semanas después de tomar posesión como presidente a mediados de mayo, el mismo barómetro publicado en el mismo periódico arrojaba datos por lo menos llamativos. El conocimiento general de Rueda había aumentado 30 puntos en tres meses. Lo más extraño es que, al mismo tiempo, el de sus contrincantes había descendido, tres puntos en el caso de Pontón, seis y medio en el de González Formoso.

La multiplicación de actos de Rueda incluye sábados y domingos, lo que lo aleja de la apacible vida del último Feijóo en Galicia. La estrategia de comunicación de Rueda eleva a política oficial sus aficiones personales y es habitual verlo en los medios vestido de ciclista o en concentraciones moteras. De hecho, es su propio equipo quien remite las imágenes de sus hobbies. Todo vertebrado por la política xacobea, cuyas competencias se ha reservado como presidente. Preguntado por la TVG sobre sus planes para San Xoán, fiesta con gran tradición en Galicia, dijo que lo pasaría haciendo un tramo del Camino de Santiago. Al día siguiente, aparecía puntualmente de maillot en el telediario mediodía. Así discurre el aggiornamiento de su imagen distante. Pero su perfil político no destaca. Ni siquiera el hecho de liderar una de las organizaciones territoriales más importantes del PP estatal le otorga demasiada autoridad interna o audiencia pública. No parece que exista, de momento, el barón Rueda.

Sus intervenciones en el Parlamento, más allá de la apenas una hora con la que despacho su discurso de investidura, siguen el manual de Feijóo. Con sus culpas al Gobierno central e incluso al bipartito –que gobernó entre 2005 y 2009– y no excesivo interés por responder a cuestiones concretas. El frente de la atención primaria, que según denuncian profesionales y pacientes vive al borde del colapso, es una muestra: recientemente se sumaba al Gobierno vasco para exigir soluciones a Moncloa, aunque las competencias son exclusivas de la Xunta. Las evasivas y cierta tendencia a plegarse al argumentario general del PP también dominan sus declaraciones a la prensa. Presidente accidental –Feijóo había prometido que agotaría la legislatura pero se marchó antes de llegar al ecuador– ni siquiera llegó al puesto con todos los avales de su partido. Lo discutieron los líderes provinciales de Ourense, Manuel Baltar, y A Coruña, Diego Calvo. Las negociaciones acabaron con este último como vicepresidente segundo y un cada vez menos disimulado afán de protagonismo. Mientras, a dos años de las elecciones, Alfonso Rueda se aferra al rastro de Feijóo y, en las numerosas ocasiones que le proporcionan los medios públicos, insiste en que tiene “su propio estilo”.

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