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Todos los miércoles, el corresponsal de elDiario.es Andrés Gil explica las claves de lo que sucede en el EEUU de Donald Trump. Porque lo que pasa en Washington no se queda en Washington.

“Negociamos con bombas”: del ideal republicano al impulso imperial trumpista

Una persona porta una máscara del presidente estadounidense Donald Trump durante una protesta de "No Kings" frente al Ayuntamiento de Los Ángeles, California, el 14 de junio de 2025.
25 de marzo de 2026 08:02 h

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Ya están paseando los agentes del ICE por los aeropuertos de Estados Unidos. Responden a la orden del presidente, Donald Trump, de suplir las disfunciones que está ocasionando el bloqueo a la financiación del Departamento de Seguridad Nacional por la negativa de los congresistas demócratas a financiar una institución con agentes que ejecutan una cruel represión migratoria en las ciudades estadounidenses. El mismo cuerpo responsable del asesinato de dos personas en las calles de Minneapolis ahora se ocupa, supuestamente, de ayudar en los controles de los aeropuertos. Pero, en realidad, siguen haciendo lo que hacen en la calle: perseguir personas.

El ICE se ha terminado convirtiendo en una fuerza armada federal al servicio del presidente de EEUU: los usa para su represión migratoria, elige en qué bastión demócrata los despliega o repliega –como ha pasado en Minnesota tras los dos asesinatos– y ahora los quiere para interferir en el pulso político que tiene abierto con los demócratas en el Capitolio.

Este fin de semana me acerqué al Museo Nacional de Historia de EEUU, aquí en Washington DC. Y me encontré con un detalle en la exposición que me llamó la atención: un debate abierto a finales del siglo XIX en Estados Unidos entre los conceptos de república e imperio. Eran los años en los que EEUU, tras su guerra civil, había iniciado una expansión colonial en Filipinas, Cuba, Hawái y Puerto Rico, entre otros, y se debatía el papel de EEUU en el mundo.

Museo Nacional de Historia de EEUU.

Y, de manera incipiente, surge esa dicotomía entre imperio y república –que tanto juego ha dado a la saga Star Wars, en otro orden de cosas–. Y surge en una sociedad de representación política censitaria –el voto femenino llegó en 1920–; levantada sobre el genocidio de la población indígena –de la mano del supremacismo blanco–; y sustentada en la segregación de la población afroamericana, que se prolongó hasta los años sesenta.

En ese contexto, y en pleno debate en la primera mitad del siglo XX sobre el imperialismo y la descolonización, el sociólogo, historiador y activista por los derechos civiles estadounidense W. E. B. Du Bois (1868-1963) teoriza hasta qué punto EEUU puede ser un imperio en el extranjero y una democracia en casa; hasta qué punto las formas imperiales autoritarias se replican dentro: y concluía que no puede haber democracia en un país que actúa como un imperio. En este sentido, frenar el imperialismo estadounidense no solo beneficiaría a las naciones dominadas o potencialmente sometidas, sino también a la ciudadanía estadounidense.

En efecto, si por república entendemos no sólo un modelo político sin monarquía, sino un sistema político sustentado en la radicalidad democrática y en la participación ciudadana, más allá de una formulación de reglas, la república estadounidense con Trump es cada vez más estrecha y más autoritaria: se persigue, insulta y deshumaniza a los rivales políticos internos; se reprime a la población migrante; se amenaza a los medios de comunicación que no aplauden a la Casa Blanca; se retiran fondos y se multa a las universidades que quieren ser independientes; se castiga a los despachos de abogados que defienden causas no compartidas por la Administración Trump; y se margina a quienes aplican políticas de diversidad e igualdad en sus entornos laborales.

Prueba de esos recortes democráticos es la decisión que acaba de tomar el departamento de Guerra en relación con la prensa acreditada en el Pentágono.

Como un juez ha considerado ilegales las normas restrictivas de censura previa que aprobó el departamento de Guerra para conceder acreditaciones de prensa, ha anunciado que las dependencias para la prensa ya no estarían en el Pentágono sino en otro lugar. En efecto, el área del Pentágono conocida como el pasillo de los corresponsales, que los reporteros han utilizado durante décadas para cubrir las actividades de las fuerzas armadas estadounidenses, se cerrará de inmediato y los periodistas podrán trabajar, llegado el momento, desde un “anexo” fuera del edificio, el cual “estará disponible cuando esté listo”.

“Negociamos con bombas”, afirmaba este martes el secretario de Guerra, Pete Hegseth, en una frase que dice tanto con tan solo tres palabras: evidencia el desprecio por el diálogo; la exhibición de la ley del más fuerte por encima del derecho y las normas; y una pulsión por la agresividad que recuerda al manifiesto futurista de Filippo Tommaso Marinetti, publicado en 1909 en Le Figaro y que se considera precursor del fascismo, que conquistó el poder en Italia de la mano de Benito Mussolini en 1922.

Aquel manifiesto que sembró las bases del fascismo presentaba una serie de puntos –11 en total– que encajan muy bien con la Administración Trump y con los valores que preconiza cada día Hegseth.

“No hay belleza sino en la lucha”, decía el manifiesto: “Ninguna obra de arte sin carácter agresivo puede ser considerada una obra maestra; queremos glorificar la guerra —única higiene del mundo—, el militarismo, el patriotismo, el gesto destructor de los anarquistas, las ideas por las cuales se muere y el desprecio por la mujer; queremos destruir y quemar los museos, las bibliotecas, las academias variadas y combatir el moralismo, el feminismo y todas las demás cobardías oportunistas y utilitarias”.

Primera página de Le Figaro, del 20 de febrero de 1909, con el manifiesto 'El Futurismo'.

En efecto, como Marinetti, como los precursores del fascismo hace un siglo, Donald Trump glorifica la guerra, el militarismo y el patriotismo, combate el feminismo y muestra un total desprecio por el arte y la cultura.

Y en esa glorificación de la guerra, Trump desarrolla su lado más imperialista: ha bombardeado siete países en un año –Irán, Irak, Siria, Somalia, Yemen, Venezuela y Nigeria–; ha secuestrado un presidente de Gobierno –Nicolás Maduro–; ha colaborado en el asesinato de la cúpula dirigente iraní mientras lleva más de tres semanas bombardeando el país; se encuentra inmerso en una operación de acoso y derribo del Gobierno cubano a través de la asfixia económica, alimentaria y energética de la ciudadanía del país; y lleva 159 asesinatos extrajudiciales en el Caribe y el Pacífico Sur.

En definitiva, ese “negociamos con bombas” de Hegseth es una suerte de síntesis futurista del trumpismo en su deriva imperial frente a los valores republicanos y democráticos.

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