La democracia, Europa y el crecimiento económico trajeron la diversidad
El franquismo daba sus últimos coletazos cuando los padres de Niserine Chelbat, dedicados al turismo en Marruecos, se asentaron en la Costa del Sol. Rondaban los 70, España había empezado a abrirse al exterior tras décadas de aislamiento y los españoles observaban con fascinación la llegada de miles de extranjeros atraídos bajo la promesa de “sol y playa”. Las fronteras empezaban a abrirse, pero apenas llegaban inmigrantes, el país aún no era atractivo para ellos y la diversidad brillaba por su ausencia.
“Siempre digo orgullosa que soy hija de la democracia española porque nací en el 78”, dice. Nacida y criada en Torremolinos de padres marroquíes, Chelbat ha sido testigo de la transformación demográfica vivida en España desde el inicio de la democracia. En los 80 y primeros 90, era la única alumna de ascendencia magrebí en su clase. “Aunque en la Costa del Sol el ambiente era más internacional, los extranjeros eran ingleses, suecos, alemanes, pero no conocía a nadie de origen magrebí. Todo mi círculo era español”, recuerda la malagueña. Apenas dos décadas más tarde, su sobrina cotidianamente estudia rodeada de compañeros de distintos rasgos y procedencias.
Por entonces, cuando Chelbat era una cría, el número de niños nacidos de una madre extranjera no alcanzaba el 1%, según las estimaciones del Instituto Nacional de Estadística (INE). Durante la democracia, el porcentaje ha ascendido al 31%, señala la misma fuente. Un estudio demográfico de la Fundación Funcas, que cruza los números de la Encuesta de Población Activa y el padrón, ha arrojado recientemente un dato aún más revelador para evidenciar el profundo cambio experimentado por la sociedad española en las últimas décadas: casi 4 de cada 10 menores de cinco años residentes en España tienen al menos un progenitor extranjero. La diversidad en la procedencia familiar es ya habitual en las nuevas generaciones.
La llegada de extranjeros a España comenzó a aumentar de manera paulatina tras el inicio de la democracia, después de la entrada del país en la Comunidad Económica Europea en 1986 y especialmente a partir de la década de los 90. Si en 1985 estaban registrados 242.000 ciudadanos extranjeros, la cifra superaba los 600.000 inmigrantes empadronados en 1998. Pero el ritmo del incremento se aceleró en los primeros años del siglo XXI, coincidiendo con el crecimiento económico, el cambio de la peseta al euro y la demanda de mano de obra extranjera durante la llamada “burbuja inmobiliaria”. El volumen de población inmigrante pasó de representar un 2,6% en los 2000 al conformar un 11% en 2008, alcanzando entonces la cifra de cinco millones de ciudadanos extranjeros.
La mayoría de quienes se asentaron en suelo español en aquellos años procedían de Rumanía, Marruecos y Ecuador. “Hasta la entrada en la comunidad europea, no se consideraba a España un país interesante para la inmigración. Incluso para quienes cruzaban sus fronteras, era solo un país de tránsito para luego ir al resto de Europa”, explica el historiador Antumi Tosaijé. Uno de los condicionantes más evidentes para el boom posterior, añade el experto, fue la entrada de España en el euro. “Son lógicas laborales. La UE demandaba trabajadores, y los inmigrantes van allá donde saben que necesitan mano de obra y donde la moneda es fuerte, para que compense con el cambio de divisas”.
El boom de los 2000
Atraída por esa demanda de mano de obra y empujada por la crisis financiera en su país, Pilar Moyolema llegó a Madrid desde Ecuador con sus dos hijos en 2002. Forma parte de aquel “boom migratorio” que ha acabado siendo crucial para explicar la diversidad demográfica actual. Su entonces marido ya se había trasladado a Madrid en los 90 y, como hicieron muchos, la ecuatoriana utilizó la vía que siguen empleando decenas de miles de latinoamericanos para migrar a España: viajar con un visado de turista y permanecer una época sin papeles hasta conseguir regularizar su situación. Desde su llegada, nunca paró de trabajar: cuidó a jornada completa de los hijos de un militar. “Aunque solo cotizaba por media jornada y eso me perjudicó”. Luego, trabajó en los servicios de limpieza de una empresa para después estar empleada en la casa de la misma señora por la que continúa madrugando cada mañana.
En España viven 9,38 millones de personas nacidas en el extranjero. La población migrante aporta el 10% de ingresos a la Seguridad Social y representa el 1% del gasto
“Me dediqué a buscar trabajo. Dando gracias a Dios, a mí me ha ido muy bien”, resume la ecuatoriana. “No he sentido humillación, como sí le ha pasado a otras compañeras. Tampoco he sentido que me han apoyado, pero si uno trabaja y sale adelante por sí mismo, no necesitamos que nos ayuden otras personas, porque nos valemos por nosotros mismos. Y eso es lo que les he inculcado también a mis hijos”, añade Moyolema.
Desde el boom migratorio de los 2000, no se ha producido un pico tan pronunciado de la población extranjera en España. Durante la crisis económica (2008-2014), cayó el número de ciudadanos inmigrantes y el flujo migratorio se invirtió: mientras regresaron a sus países muchos de quienes habían migrado en esos primeros años del nuevo siglo y apenas llegaban nuevos inmigrantes, los españoles fueron quienes empezaron a marcharse al extranjero en busca de oportunidades laborales.
La tendencia decreciente de extranjeros residentes se mantuvo hasta el 2017. A partir de ese momento, la población inmigrante volvió a crecer año a año, excepto durante el parón producido en la pandemia, pero el ritmo de crecimiento no ha superado los niveles de la primera década de siglo. Y, si antes la mayoría de recién llegados eran ecuatorianos y rumanos, ahora vienen más venezolanos y colombianos, además de la habitual migración procedente de Marruecos. Actualmente, viven en España 9,38 millones de personas nacidas en el extranjero que constituyen el 19,1% de la población total, según datos de principios de 2025. De ellos, más de dos millones de personas tienen la nacionalidad española.
Si le preguntan a Pilar si se siente española, ella sonríe con cierto rubor y niega con la cabeza. Ha vivido en España casi 25 años, tiene la nacionalidad desde hace décadas, aquí ha criado a sus hijos y empieza a ver dar sus primeros pasos a su nieta, pero Ecuador siempre será el hogar al que quiere regresar. Durante años se quedó por sus hijos, pero ya como adultos, no son ellos quienes la aferran a Madrid. Ahora tiene otro “nudo”, como ella lo describe, que la ata y le impide regresar a su país: la señora española a la que cuida desde hace más de una década. No es el dinero, sino el vínculo construido durante los años en que la ha acompañado. No se va a ir, dice, mientras ella la necesite.
Habla de la anciana como si de su madre se tratase. Su compromiso ha dejado de tener una motivación solo económica: la siente como un familiar y no es capaz de volver a Ecuador porque sabe lo importante que su compañía se ha convertido para la mujer para la que ha trabajado, primero por horas en tareas de limpieza, después como interna para encargarse de su cuidado a tiempo completo y, ahora, ya en una residencia, la acompaña cada mañana, incluidos fines de semana, porque no quiere dejar de verla un solo día. “Me da mucha pena. Hay veces que la hija me insiste en que me tome algún día libre. No, le digo. Veo la necesidad que tiene de que una persona vaya, la visite y le dé un abrazo. Yo no me siento a gusto estando aquí en casa y no ir a verla”, se justifica Pilar.
“Ganas no me faltan de irme a mi país. Pienso en volver si se me va la señora, que es la que más me ata, que ni mis hijos me atan como me ata la señora”, cuenta la mujer en la casa donde ha vivido durante dos décadas en España, una vivienda de tres habitaciones por donde han pasado varias familias de migrantes. Pilar ha vivido durante años en uno de esos cuartos junto a sus dos hijos, mientras que alquilaba el resto del espacio a otras personas para poder sufragar entre todos el coste. Solo desde hace poco puede permitirse compartir la casa únicamente con su hija Belén, su yerno y su nieta.
Un pilar para el Estado de bienestar
Desde 2018, el aumento de la incorporación de trabajadores extranjeros en el mercado laboral se ha acelerado hasta convertirse en una de las principales piezas que, junto con el turismo y la hostelería, explican la mejoría de la economía española. En la última década, el empleo de los inmigrantes ha crecido más rápido que el de los nacionales hasta superar en 2025 por primera vez en la historia los tres millones de afiliados extranjeros, según los datos de la Seguridad Social. La presencia de su mano de obra destaca en sectores como hostelería (30%), agricultura (24%), construcción (22%) y actividades administrativas (17%).
Según los estudios del Banco de España, la Comisión Europea y la Airef, España necesita 300.000 trabajadores migrantes al año, hasta 2050, para sostener el Estado del bienestar. Los análisis de organismos internacionales como el Banco Central Europeo, la Organización Internacional del Trabajo y el Fondo Monetario Internacional han señalado el papel clave que la inmigración tiene para el crecimiento económico. Según el Ministerio de Migraciones, la población migrante aporta actualmente el 10% de ingresos a la Seguridad Social y solo representan el 1% del gasto.
Suena la cerradura de la puerta de la vivienda y entra Belén después de pasar un rato en el parque con su hija. La niña, de dos años, irrumpe en el salón con los ojos muy abiertos y uno de sus enérgicos saludos hace reír a su abuela. Si para Pilar regresar a Ecuador es uno de sus mayores anhelos, su hija asiente con seguridad cuando se le pregunta si ella piensa en quedarse. “Mi vida está aquí. He vivido la mayoría de mi vida aquí, mis amigas son de aquí. Y, ahora, ella es de aquí”, dice señalando a su pequeña, apoyada entre sus piernas. Su bebé forma parte de ese 39% de menores de cinco años con al menos un progenitor extranjero.
Según el estudio de Funcas, publicado a través de la revista académica Panorama Social, el proceso de inclusión en la sociedad de la llamada segunda generación de inmigrantes en España ha sido “en general positivo y exitoso”. El 82% de ellos se identifica como español, según sus conclusiones. No obstante, los investigadores sí advierten de “desigualdades relevantes” que afectan a las condiciones en las que crecen muchos de estos menores, especialmente aquellos cuyos padres proceden de Marruecos y el resto de países africanos. En ellos, alerta el informe, “se concentran con mayor intensidad las desventajas” en relación a la precariedad laboral de los progenitores, lo que puede llegar a tener un impacto en su desarrollo social y académico.
Un estudio del Ministerio de Igualdad en 2021, basado en dos encuestas a 1.300 personas afrodescendientes y africanas, concluyó que pese a que el 71% de los entrevistados tenían nacionalidad española, el 60% no se sentía como tal.
En el 97, Mohamed migró a España siguiendo los pasos de su hermano. También lo hizo con un visado de turista, llegó a Huelva para visitar a su familiar y se quedó. Trabajó en el sector agrícola sin papeles durante un par de años hasta conseguir regularizarse. Dos años después, su mujer pudo unirse a él a través de la reagrupación familiar y también se dedicó durante un tiempo a la recolección de fruta en los campos andaluces. Ya en los años 2000 llegó su hija, Chaimae Kadourri.
De la inclusión al racismo
La onubense creció, como tantos niños de la denominada “segunda generación”, entre la tradición marroquí absorbida en casa y la cultura española de la que se empapaba en el exterior. “Me siento enriquecida de crecer entre dos culturas. Hablar árabe es un privilegio y estoy orgullosa de todo lo que han hecho mis padres por nosotras”, dice la joven, trabajadora social en la Asociación Marroquí para la Integración. Kadourri cuenta que, mientras en su infancia no sufrió discriminación, en la adolescencia sí comenzó a sentirla. “Cuando eres niño, los otros niños te tratan como a una más, pero en el instituto empiezan los prejuicios. Tal vez por el desconocimiento de lo que escuchan en casa, empiezas a recibir comentarios como ‘Vete a tu país’, ‘Mora de mierda’, etc.”, lamenta Kadourri. Desconcertada, la adolescente llegó a preguntar a sus padres: “¿Es que es algo malo ser marroquí?”. Los ataques que recibía llegaron a empujarla a esconder ese lado magrebí que convive en ella, pero ahora siente orgullo y reivindica las dos culturas que conforman su identidad.
Pese a la transformación demográfica que hubo en España, apenas se hablaba de inmigración; pero el discurso xenófobo actual de VOX puede alterar la convivencia
Uno de los factores clave para los demógrafos al estudiar las razones que pueden explicar una mayor tasa de abandono escolar en la población de origen inmigrante es una especie de crisis de la “ambición”. La ambición de los menores o adolescentes en relación a sus estudios, si aspiran a llegar a la universidad o si, por el contrario, no entra en sus objetivos. Para Kadourri, esos prejuicios sentidos en el instituto pueden marcar el futuro de muchos menores de segunda generación. “Me he criado en una cultura mixta y te hacen sentir inferior por proceder de un país concreto. Incluso los orientadores tienen prejuicios”, asegura.
Pese al rápido cambio demográfico experimentado, las investigaciones sociológicas suelen concluir que la reacción de la población española al aumento de la inmigración “no ha sido problemática” como en otros países europeos, según Héctor Cebolla, del CSIC: “Todos los estudios apuntan que España es un ejemplo porque absorbió un gran flujo de población extranjera en poco tiempo sin que se produjesen destacables problemas de convivencia”, indica el experto, que menciona los altercados de El Ejido y, recientemente, las cacerías de Torre Pacheco como algunos de los “escasos” ejemplos.
“Eso no quiere decir que en España no haya racismo ni invalida que las personas extranjeras se sientan discriminadas en su día a día y haya que avanzar en la deconstrucción de ciertos prejuicios, pero los datos que tenemos evidencian que en España se ha vivido este proceso con más normalidad”. Aunque también advierte: “Ahora eso está cambiando”.
Había un factor en el panorama político español al que los expertos vinculaban esa “normalidad”: “Pese a la transformación demográfica que hubo en España, apenas se hablaba casi de inmigración”, indica el investigador del CSIC, que considera que el aumento del debate en la agenda política, azuzado por la extrema derecha y respondido por los partidos progresistas, podría alterar la convivencia que hasta ahora ha caracterizado a la sociedad.
Para el historiador Antumi Toasijé, la discriminación sufrida por la población de origen migrante, especialmente afrodescendiente, ha ido en aumento a partir de 2018. “Hay quién se ha sacudido esa idea de que ser racista es algo terrible, ahora se puede opinar de todo, se puede odiar tranquilamente y no pasa nada”, indica el expresidente del Consejo Español contra la Discriminación Racial o Étnica. “Uno de los retos fundamentales para evitarlo es la educación. Es un problema porque se ha vuelto tecnocrática. Desde Bolonia, está solo orientada al mercado laboral y el aspecto humanista ha quedado relegado. Debería ser antirracista, feminista y promotora de los derechos humanos”, sostiene este experto antirracista.
El discurso xenófobo azuzado por la extrema derecha, a cuyos postulados se ha aproximado en los últimos años el Partido Popular, sostiene sin datos que la inmigración está amenazando una supuesta “identidad española”. Cuando Chaimae Kadourri lo escucha, resopla, y contesta con varias preguntas: “¿Qué es ser española? ¿Qué es ser marroquí? Mi nacionalidad es española, pero también me siento marroquí. No he vivido allí, pero sí he crecido en una cultura mixta”, resume la veinteañera. “Disfruto con mi vestido de flamenca en la feria y también me puedes ver en la Fiesta del Cordero con un traje típico marroquí. Religiosamente, soy musulmana. Me gusta la tortilla de patata y también el cuscús. Convive todo. No limita, enriquece”, resume la trabajadora social.
0