Poesía Madrid

Moncho Alpuente explicó la Malasaña de los ochenta en verso

Moncho Alpuente, en la plaza Carlos Cambronero

Somos Malasaña


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Todo el mundo sabe que Moncho Alpuente merece una placa –¿por qué no plaza o calle?– en Malasaña. Quizá un nuevo refrán, qué tal “eres más malasañero que el Alpuente”. En su momento, siguiendo una vieja tradición de la prensa escrita hoy olvidada, este periódico le postuló junto con otros nombres para nombrar nuevas calles en el barrio

Muere Moncho Alpuente, hijo insigne de Malasaña

Muere Moncho Alpuente, hijo insigne de Malasaña

 Casi todo lo que teníamos que contar sobre la relación de este agitador cultural y Malasaña, que fue pregonero de las fiestas del Dos de Mayo en los ochenta y de las de su calle del Pez en los dosmil, lo hemos contado ya. Sin embargo, hemos encontrado un extenso romance que lleva por título Romance de Maravillas que creemos relata la Malasaña de 1982 con la precisión del vecino que correteó por las calles de Maravillas (cuando su abuelo tenía una panadería en Pez) y ayudó a construir luego Malasaña.

 El romance apareció en la publicación quincenal Villa de Madrid, un periódico del Ayuntamiento que se publicó entre 1981 y 1992. Los octosílabos inauguraban una sección de romances sobre barrios de Madrid. Ningún otro lugar podría haberle quitado a Malasaña el honor de ser el primero.

 Curiosamente, el nombre de Moncho Alpuente salía impreso en ese número dentro de una breve noticia, además de como firma del periódico. En el 4 de Villa de Madrid, correspondiente al periodo del 15 al 31 de marzo, se hacían eco de una subasta que el periodista organizaba periódicamente en el café Manuela:

 “Los objetos que venden allí por este procedimiento suelen ser muy curiosos y, en muchas ocasiones, el recurso último de algún vecino bohemio que no sabe cómo acabar el mes. Los precios de salida suelen ser muy bajos, y el ambiente general, mucho más simpático y relajado que el de las subastas de alto copete”, decía la nota.

 En el romance caben Daoiz y Velarde, inmobiliarias, bares y tascas malasañeras, los remedios milagrosos de los azulejos de la farmacia Juanse o los envoltorios de plata en el suelo, entre otras muchas cosas.

ROMANCE DE MARAVILLAS:

Si le cambiaron de nombre

no te cambiaron de fama,

antes de las Maravillas,

luego de la Malasaña.

!Ay!, plaza del Dos de Mayo,

desnuda v necesitada,

sin una brizna de hierba

para alegrarte la cara.

 Arco de Monteleón,

vigila en la madrugada,

ni pasaron los franceses

ni ha de entrar la inmobiliaria.

 

Con las espadas en alto,

de nuevo desenvainadas,

Daoiz y Velarde esperan

la primavera y el alba.

 

Mientras el barrio se duele

de cicatrices y calvas,

con las heridas abiertas

de sus casas arrumbadas.

 

Se va poblando la noche

de luces afaroladas

que anuncian la buenanueva

de otra taberna enrollada.

 

Antes que “Pepe Botella”

sus reales asentara

el “Maragato” su enseña

en la plaza enarbolada.

 

Y antes que luciera el “Sol”

y “la rosa” descollara

“La Oriental” y el chiringuito

sus delicias ofertaban.

 

Clarinetes del “Manuela”,

destellos en la “Vía Láctea”,

terciopelos en el “Ruiz”

y “rock” en el “Pentagrama”.

 

Acordes del “Caramillo”

que esta a las puertas de Ítaca,

sombras en el “Contraluz”

y en el “Ragtime” serenatas.

¡Ay!, plaza del Dos de Mayo,

república libertaria

donde se buscan las vueltas,

los camellos y los guardias.

 

Y al clamor de las sirenas,

sin prisas, pero sin pausas,

ruedan junto a los bordillos

los envoltorios de plata.

 

Este es un barrio y el otro

el que asoma de mañana,

calle de Espíritu Santo,

caminito de la plaza.

 

Tertulia en San Ildefonso

y en la Corredera Alta

trasiego de las vecinas

ocupando la calzada.

 

Los automóviles gimen

y han de reducir la marcha

porque la calle es un zoco

y es el peatón quien manda.

 

Caminan codo con codo

el pasota y la beata,

el travestí desmadrado

junto a la recién casada.

 

Y coinciden cuando afirman

que la vida está muy cara,

naciendo cola en la tienda

del barrio la más barata.

 

La calle de San Andrés,

con su botica afamada,

pregona en sus azulejos

la cara recién lavada.

 

Los remedios excelentes

de la vieja propaganda,

la embrocación de Juanse

que todos los males sana.

 

El diarretil milagroso,

cigarrillos para el asma

y el sello curalotodo

que redime la odontalgia.

 

Por San Vicente Ferrer

el romance ya se acaba,

jardines de Barceló

del Hospicio a las espaldas.

 

Y llora desconsolado

en la fuente de la Fama,

con el ángel silencioso

de la trompeta arruinada.

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