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Empecemos por cerrar las iglesias


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Tengo unos amigos muy sensibles a los avatares políticos, a quienes en un año y pico de legislatura mariana se les ha puesto cara de acelga. Cuando les veo deprimidos entrar por la puerta de mi casa, dispuestos a sublimar sus desdichas en nuestras partidas de cartas nocturnas, con ese rictus de venir saturados por haber recibido durante el día por televisión dosis letales de los payasos oficiales haciendo declaraciones hilarantes y descorazonadoras a un tiempo en los telediarios, como Durán i Lleida, Urdangarín, Artur Mas, don Juan Carlos Primero y doña Sofía Después, Mariano y su club de payasitos, el ourensano Baltar, el castellonense Fabra o el farsante de Roma y sus vírgenes y demonios, todos preguntándonos a gritos cómo están usteeeeedes... a veces, por levantarles el ánimo, pincho en los canales de la caspa de las TDT, para echarnos unas risas y distendernos con el segundo más delirante espectáculo televisivo después del telediario de TVE o el de Intereconomía. En pequeñas dosis, por supuesto, porque hay que tener un cuidado extremo con el abuso de las drogas duras.

Como si tomasen el relevo de los presuntos noticiarios, por allí salen personajes extravagantes, de sexo indefinible, mal iluminados, como descoloridos por cámaras adquiridas en el todo a cien, con ese aspecto sospechoso de olerles los pies, que a bote pronto te hacen pensar que aquel disparate que estás contemplando no es posible, que estás asistiendo a una broma descomunal, de cámara oculta, como una parodia en la que supuestos videntes, llamados a sí mismos canalizadores de fuerzas astrales, expertos en Tarot o sanadores espirituales prometen felicidad sin cuento y soluciones a los problemas vitales más enrevesados a todo el que llama por teléfono a la emisora y paga por ello las cifras astronómicas que cuesta cada minuto de llamada (en las teles pornos se dice “cada minuto de mamada”). 

Según acabamos de saber por el Consejo Audiovisual de Andalucía, el 40% de las televisiones locales privadas están dedicadas a este tipo de contenidos, emitiendo algunas de ellas fuera del llamado horario infantil protegido (de 22 h. a 7h) en un bucle sinfín de ofertas absurdas de teletienda, de inventos del TBEO, y toda suerte de videncias y profecías. La Junta de Andalucía ha puesto estos hechos en manos de la Fiscalía por entender que algunos de estos programas podrían estar incurriendo en casos de estafa. Por lo que he creído entender, la denuncia por estafa estaría basada ¡en el precio que le cobran a los espectadores incautos por cada llamada, más que por la estafa de embaucar a una audiencia débil e inculta con promesas imposibles, presentándose como curalotodos y sanadores universales de cuerpos y almas!

Asombroso. Cierto es que están apareciendo casos de víctimas adictas a este tipo de telebasura que han endeudado todavía más sus ya empobrecidas economías familiares, incautos participantes en concursos cuyos premios no llegan jamás, mendigos de la fortuna, por lo que la fiscalía debería entender de oficio en el abuso. Pero eso no es más que una parte del timo. Lo asombroso de este asunto, como digo, es cómo algunos empresarios han sabido ver y explotar para su beneficio el nicho de negocio de toda esa humanidad doliente siempre predispuesta a creer, porque cuando la razón falla es sustituida por la fe, porque donde la evidencia se hace opaca brilla la videncia.

Ya el papa Ratzinger, desde su anterior oficio de inquisidor (¡el Santo Oficio, hay que joderse!) advertía a los católicos de que la competencia es muy mala para los negocios de las empresas que están acostumbradas a prosperar como oligopolios. A los suyos les recordaba que las únicas videncias válidas son las de sus santos, las únicas verdaderas profecías, las de sus profetas, que las religiones, y sobre todo la suya, tienen el monopolio de la insensatez, que si crees en Pablo de Tarso, aquel que enloqueció de una mala caída del caballo y del golpe creyó ver y oír a dios, no puedes creer al mismo tiempo en la Bruja Lola. Son negocios incompatibles.

Vale que se respeten las demás religiones (bueno, no todas: sólo las que pueden desencadenar una tercera guerra santa, digo mundial) por aquello de que entre bomberos no se pisan la manguera, como entre puteros no se pisan la polla, pero los demás videntes, profetas y lectores de cartas de Tarot, que en lugar de leer la Biblia y el Camino de Escrivá de Balaguer como dios manda interpretan dibujitos cabalísticos... esos no, esos no son de este gremio, son intrusos que perturban las normas del mercado y detraen dinero de los cepillos de sus iglesias.

No deja de tener coña que por ley se pretenda apartar a los niños de la visión dañina de esa comedia de falsos profetas y adivinos, cuando por la mañana sus padres les habían llevado a catequesis donde otros cómicos, de no mayor talla intelectual, vestidos de saya negra, hacen creer a los niños que son capaces de encerrar en un trozo de pan, la hostia bendita, vamos, al mismísimo dios, gracias a unas palabras mágicas no menos graciosas que el abracadabra pata de cabra de los farsantes de la competencia televisiva.

La Junta de Andalucía, si fuese consecuente, debería tomar nota del estado de indefensión en que se encuentran nuestros niños, y pedir también a la Fiscalía el cierre de todas las iglesias y colegios religiosos donde se llena la cabeza de fantasías a una población infantil inmadura, indefensa ante tanta agresión, a la que amedrentan y torturan psíquicamente con falsos infiernos, a los que engatusan con la promesa de falsos paraísos y premios celestiales que nunca llegan, como en esos concursos de la TDT. Una organización de falsos profetas y adivinos mucho más dañinos, que se han enriquecido a la sombra del poder, ricos a nuestra costa sin necesidad de que gastemos nuestro dinero llamándoles por teléfono, pues ya nos cobran al nacer y durante el resto de nuestras vidas metiendo el cazo en los Presupuestos Generales del Estado.

No se sabe de ninguna organización de brujas, adivinos, sanadores, canalizadores de fuerzas astrales, o expertos en Tarot que se hayan conjurado en ningún momento de la historia para asesinar, robar, sojuzgar y violar a sus conciudadanos con tanta dedicación y saña como la empleada por los curas de todas las religiones, especialmente la cristiana. A la Iglesia Católica los campesinos debían pagarle los diezmos, la décima parte de las cosechas, de tal manera que desde entonces el concepto de diezmar a la población pasó a ser sinónimo de abuso y sinrazón. Nada de bobadas de 3 euros por llamada para saquear las haciendas de sus seguidores necesitados de ayuda espiritual: fortunas enteras, levantadas en el lecho de muerte, pasaron al patrimonio de la Iglesia mediante la falsa promesa de una salvación eterna. Ese sí es un negocio redondo, ese sí es un abuso masivo, y no la minucia de la Bruja Lola.

Mientras las iglesias permanezcan abiertas, mientras sigamos subvencionando los colegios religiosos donde se perpetúa el adoctrinamiento de niños indefensos, mientras la legión de parásitos clericales continúe impunemente saqueando el dinero público, patrimonio de todos, difícilmente encontraremos razones morales para cerrar el circo de adivinadores y sanadores de las televisiones. Por mucho que la Bruja Lola y el farsante de Roma, hermanados en sus ritos estrafalarios y sus ropajes de comediantes medievales, nos provoquen risa y temor a partes iguales.


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