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Telechefs

Las parrillas de la caja tonta están plagadas de programas de cocina que han desempolvado a figuras de escasa relevancia, han servido para empujar a otras emergentes y han tratado de damnificar lo menos posible a los grandes, sin ponerles demasiado en ridículo. Todo el país cocina y hornea, hasta los más pequeños en un espacio poco edificante y muy competitivo en el que yo me pregunto en qué estaban pensando los padres de las criaturas cuando les presentaron al 'casting'. Nos colamos en las cocinas de los restaurantes y comprobamos con cierto repelús lo guarros que pueden llegar a ser algunos y las ganas que tienen de que lo veamos. E incluso en Euskadi nos montamos un programa para demostrar que somos los mejores en todo, hasta en aquello en lo que otros también dicen ser los mejores.

La cocina mueve pasiones más que paladares y los sentimientos de los concursantes afloran entre 'créme brûlées' y esferificaciones. Confieso que con estos programas y otras apariciones televisivas, mis ídolos se han humanizado, lo cual igual hasta es bueno. Como me dice un amigo, uno nunca debería tener la oportunidad de conocer más de la cuenta a aquellos a quien admira y así siempre permanecerán perfectos, impolutos, maravillosos.

Admiro a Paco Torreblanca. Ya le admiraba antes, cuando era el mejor maestro pastelero del país, e idolatraba la imagen que yo me monté sobre él en mi cabeza, entre genio y déspota, con los retazos que me contaron las personas que sí lo han conocido. Imagino que se habrá tenido que tragar un saco de sapos para cascarse en la tele ese programa de repostería que lo muestra como una caricatura de maestro severo con escasas dotes de comunicación. Pero también imagino que el concurso de acreedores que fagocitó su empresa tuvo bastante que ver con la decisión de poner un pie en la farándula televisiva.

Como me dice un amigo, uno nunca debería tener la oportunidad de conocer más de la cuenta a aquellos a quien admira y así siempre permanecerán perfectos, impolutos, maravillosos.



También admiro a Juan Mari Arzak. Tuve la suerte de entrevistarlo una vez hace muchos años, y me pareció un hombre tan majo y cercano que para mí tiró por tierra el tópico de que todos los genios son unos rarunos. Sin embargo, en este caso, jamás entendí cómo el dueño del mejor laboratorio de sabores, el cocinero que mimaba su cocina, su restaurante y su menú a diario, el exponente de la cocina vasca, uno de los mejores del mundo… se prestó hace tiempo a anunciar en la tele unos platos precocinados. Y sigo sin entenderlo.

Bien mirado, y ya que hay tantos mayores que se quejan de que los jóvenes no cocinamos, es mejor que nos atiborren a programas entre fogones que no a otros donde los concursantes exhiben un encefalograma plano lleno de dramatismo. Algo se pegará, digo yo. Está claro que detrás de la cocina hay mucha pasión pero también que hay profesionales que no necesitan mostrarla en la pequeña pantalla para que la disfrutemos.

Seguiré admirando a Arzak y a Torreblanca por lo que son, aunque también seguiré cambiando de canal a veces para no sufrir más de la cuenta. La última incorporación a la parrilla cocinera se titula algo así como 'Mi madre cocina mejor que la tuya'. Se avecina un duelo de señoras. Socorroco.

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