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El mundo no es un catálogo de personas

Si el sujeto en cuestión llama o no llama, si contesta, si no contesta, si hay o no sexo, esas cosas. Nos convertimos en traductores a tiempo completo. Como si no hubiera ya bastante trabajo en horas oficinescas, ¿no? No sé

Pero en cuanto se descorre el velo de la mutua atracción, ¡bang! empiezan los Juegos del Hambre. Ni Juan ni María ni juanicobarrabajasesentaynueve ni mariamagdalenaseisseisseis

`Perezfecto´ (vía Tumblr)

`Perezfecto´ (vía Tumblr)

Últimamente me ha dado por pensar en los márgenes tan estrechos en que nos movemos. En las relaciones, digo.

Esto es así porque da la casualidad de que me he rodeado de personas que están fuera de esos márgenes. Desde ahí fuera me decían, eh, qué coño haces. Y yo, pues no sé. Lo de siempre. Ya sabes. Y ellos: no, no. Es que las cosas no tienen por qué ser así. Y yo, qué me dices. Me quedo muerta. Claro, de no ser por ellos ni se me habría pasado por la cabeza que había alternativas. Que existía siquiera una zona de confort donde preferimos habitar, por muy incómodo y coñazo que resulte.

Voy a empezar a especificar un poquito y así nos enteramos todos de qué cojones estoy hablando.

Resulta, querido barra a lector barra a, que vamos por la vida esperando lo mismo de absolutamente todo el mundo, y haciendo exactamente lo mismo con ellos que con los demás. No te alarmes, pero puede que también sea tu caso. Varían solo los particulares, pero la esencia es idéntica. Es como si, al empezar una relación, diéramos el pistoletazo de salida para perder las individualidades y sumergirnos tácitamente en una masa deforme sin nombre ni apellido ni gustos ni disgustos.

En ese terreno colectivo cada cosa tiene un significado preciso y convenido de antemano por no se sabe quién. Si el sujeto en cuestión llama o no llama, si contesta, si no contesta, si hay o no sexo, esas cosas. Nos convertimos en traductores a tiempo completo. Como si no hubiera ya bastante trabajo en horas oficinescas, ¿no? No sé. Pero lo hacemos. Y arrastramos a nuestros amigos al mismo oficio, que en general suelen estar en el mismo lugar y contexto social y aportan poco feedback creativo. En ese área pactada, los códigos son –casi- universales. Solo las personas que están fuera de los márgenes son capaces de conservar la coherencia. He aquí mi hallazgo: individuos libres que me han liberado la mente y me han dejado tó loca con nuestra propia ceguera extendida.

De este modo –vamos a poner un ejemplo, a ver si me explico mejor-, cuando se conocen en el metro o en la barra del bar, Juan es Juan y María es María. Lo corroboran sus DNI. Cuando se dan el primer tímido like en Instagram, ambos son un nickname, pero también conservan el propio. Guiños, emojis, tal, cual.

Pero en cuanto se descorre el velo de la mutua atracción, ¡bang! empiezan los Juegos del Hambre. Ni Juan ni María ni juanicobarrabajasesentaynueve ni mariamagdalenaseisseisseis.

Solo otro más, otra más. Lo mismo de siempre. Same old shit. Cada uno pelea por sus principios como si el otro los estuviera atacando. Empiezan a hablar idiomas distintos, uno en pársel, el otro en balleno. Ni siquiera se entienden cuando se empeñan en definirse a sí mismos. Continuamente. Todo el rato. Prevenciones sin final y encontronazos. Peleando para imponer los ritmos.

Sé que me estoy explicando fatal y me sabe horrible por ti, querido barra a lector barra a, pero es que estoy muy confusa. No tengo muy claro cómo hemos llegado hasta aquí. Solo sé que nos plantamos frente a nuestro crush, de cualquier raza, sexo, complexión física, coeficiente intelectual y color favorito, y le pedimos que sea predecible. Que sea de otra forma, que se comporte de otra forma. Y si puede ser –si no es mucho pedir, vaya-, una que encaje exactamente con lo que tenemos en mente, de acuerdo con los consejos del psicólogo y en oposición al pasado traumático que arrastramos. Si no lo hace –la mayoría de veces es lo que ocurre, qué sorpresa-, nos volvemos a sumir en la desolación de la soltería. Oh, por qué, por qué. Siempre me pasa lo mismo. Moriré rodeado de gatos. Oh, mon Dieu. Pásame la tarrina gigante de helado.

Ya me parece oírlo: la culpa es de las aplicaciones y las redes sociales y esas movidas. Eso lo dicen los viejos siempre. Sobre todo los que no usan ni aplicaciones ni redes sociales ni esas movidas. Que ahora las relaciones son como un McDonalds abierto veinticuatro siete o un kebab después de los cubatas; se consumen rápido y luego se potan.

Pues mire lo que le digo, muy señor barra a mío barra a: Internet tiene parte de la culpa, pero no toda. Si ve usted cualquier capítulo de Sexo en Nueva York, de hace más años que el sol, se da cuenta de que es algo que lleva ocurriendo décadas. Siglos. Puede que milenios.

¿Se nos ha ocurrido que esta técnica de pedir al mundo que sea un catálogo de personas no es nueva, no viene con la etiqueta Siglo XXI? Es un defecto de la especie humana. Un exceso de egolatría y una falta genuina de curiosidad. Agitado, pero no mezclado, con un montón –un montonazo- de miedo al desarme. ¿Qué pasaría si nos colocáramos, vírgenes, puros, en mitad de un mundo sin catálogos?

¿Qué ocurriría si nos limitáramos a conocer a la persona detrás del DNI y el nickname, Juan, María, juanicobarrabajasesentaynueve, mariamagdalenaseisseisseis, sin pedirle nada desde el minuto uno hasta el minuto noventa, fin del partido, y más allá de la prórroga?

Perdón. No he sido capaz de mantener ni una analogía decente en todo el artículo. Me disculpo de veras. No suelo trabajar así.

Pero es que, lo juro, me encuentro totalmente fuera de mi zona de confort. De mis propios márgenes.

Y bienvenido sea.

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