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Murcia y aparte es un blog de opinión y análisis sobre la Región de Murcia, un espacio de reflexión sobre Murcia y desde Murcia que se integra en la edición regional de eldiario.es.

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Cuando la selva se lleva la ciudad

Peces muertos en el Mar Menor, en una imagen de 2019

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En estos días donde nos encontramos con múltiples acciones de protesta en museos para evidenciar la emergencia climática en la que nos encontramos cayó entre mis manos un libro llamado 'Islas de Abandono', de una escritora de mi edad llamada Carl Flyn.

Os planteo un pequeño recorrido por sus páginas.

'Islas de Abandono' es un ensayo a caballo entre los libros de viajes, la geografía y la ecología que nos lleva a doce lugares que la naturaleza ha hecho suyos en nuestra ausencia. Doce paisajes posthumanos donde la fauna y la flora se han adueñado de territorios que le fueron robados, lugares bastante populares y otros más curiosos y desconocidos como “el colchón” (la franja fronteriza entre Chipre y Turquía), el bosque del olvido de Verdún (Francia), la isla de Swona (Escocia) o Amani (Tanzania).

Tuve un profesor de Sociología del Medioambiente que decía que la naturaleza se abría paso a través de cualquier circunstancia, y en eso no le faltaba la razón... Otra cosa, el problema de hecho, es que los humanos creemos que solo nuestra existencia tiene valor, pero incluso en las instalaciones de una central nuclear crece vida y eso significa que la naturaleza se abre camino.

Y así lo cuenta Carl Flyn cuando habla de Chernobil (Ucrania) en la primera parte del libro In Absentia dedicado a las ciudades que algunos desastres dejaron completamente vacías. Flyn recuerda que de los paisajes nucleares “…Chérnobil es el más contaminado de todos. A pesar de que la explosión en el cuarto reactor tenía solo una fracción de la potencia de la bomba atómica lanzada sobre Hiroshima, se cree que la lluvia nuclear liberada fue cuatrocientas veces superior gracias a la enorme cantidad de combustible nuclear alojada en el reactor dañado” y como la radiación pervive en “los líquenes, en el verdín de los estanques, en los caparazones de los caracoles y los mejillones, en la savia del abedul, en los hongos, en la ceniza de la madera, en los dientes humanos.”

Y es que de formas mucho más sesudas Donna Haraway nos recuerda que las especies estamos unidas por relaciones simbióticas y dependientes, que en la naturaleza no existen organismos autónomos y que todos formamos parte de ecosistemas sociales y naturales. Esta también es la tesis que desprende Flyn pero de una forma mucho más literaria.

En la segunda parte, Los que quedan, habla de esas zonas donde el deterioro urbano obliga a sus habitantes al éxodo. Una de estas ciudades es Detroit una ciudad industrial donde muchos edificios son demolidos pero en palabras de la autora “no es una ciudad vacía, solo profundamente marcada por el abandono” y la otra Paterson, ambas en Estados Unidos. Podríamos decir que este capítulo está dedicado a la decadencia económica.

La tercera parte, La Sombra Alargada, comienza con un capitulo llamado Selección Antinatural basado en Arthur Kill un estrecho marítimo entre Nueva York y Nueva Jersey (EEUU). Este cementerio de barcos abandonados (había un desguace cercano) está plagado de deshechos postindustriales que le dan un color rojo oxidado al agua. Entre los cadáveres de otros peces algunas persisten algunas especies, por lo que las autoridades de Nueva Jersey se han visto obligadas a colgar carteles que ponen “¡NO LOS COMA! CÁNCER”. Posiblemente lo mas sorprendente y desolador de este capitulo es la mención a cómo el PCB que viaja en diferentes organismos habiendo llegado al Ártico donde se han descubierto cadáveres de inuits “que podrían ser calificados como residuos peligrosos”.

La cuarta parte se titula Final de la Partida, que se cierra con el capítulo sobre el mar de Salton (California, EEUU) que no es un mar sino los restos de una inundación. Esta inundación que fue tomada como positiva en un primer momento ya que fue aprovechado para el turismo y se llenó de asentamientos humanos. Un tiempo después la evaporación del agua dejó al descubierto un sedimento pesado toxico que contaminó el aire y las especies llegando a los diez millones de peces muertos en 1999. En este caso, ante este colapso medioambiental, el abandono de la especie no ha sido suficiente para que la biodiversidad vuelva.

Ante esta lectura resulta inevitable pensar en el resiliente Mar Menor que absorbió abonos de la agricultura industrial hasta que redujo drásticamente su capacidad de tolerancia provocando millones de muertes en el 2019 y el verano del 2021 llenando las plazas y las calles de mensajes SOSMarMenor

Esperemos no formar parte nunca de las Islas de Abandono de Flyn.

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