Crítica

No matarás: un gran despliegue formal e interpretativo que se echa a perder por su contenido

Fragmento de la película No matarás

Cabe reconocer el vértigo de pisar una sala de cine prácticamente vacía y respirar el terrorífico pronóstico que no paramos de leer en las últimas semanas: los cines están en la cuerda floja. Y es fruto de tantas variables que ya resulta hasta complicado distinguir las inevitables de las provocadas, por lo que cabe señalar –antes de sentarnos en la butaca–, la valentía de asumir, ya de antemano, unos números de taquilla muy inferiores a lo normal y mantener el estreno en cines de la película. Ahora, tras ello, ya solo nos queda enfundarnos la mascarilla y esperar a que el proyeccionista le de al play.

Un largo plano secuencia da inicio a No matarás, la última propuesta del prometedor guionista y director catalán David Victori que, tan solo dos años después de su ópera prima, El pacto (2018); firma un moderno thriller que acierta en sus formas, pero falla estrepitosamente en su contenido.

En primer lugar, por la simpleza de sus personajes, empezando por el admirable esfuerzo de destilación del mito de Mario Casas –ahora Dani, un tímido oficinista que siempre lleva cascos y cuyo cuerpo musculado no termina de encajar ni con su oficio ni con sus gafas– hasta la mera virtud interpretativa del actor, que junto a Milena Smit –Mila, un Caronte trapero lleno de tatuajes que hipnotiza a Dani con su lujuria–, logran exprimir sus personajes hasta la última gota del texto. Ni en su esperado encuentro –aunque este suponga el fin a la insípida primera mitad de la película– se consigue arrojar cualquier connotación familiar que les humanice; sino más bien los dista desde la exageración más pronunciada y básica. 

No obstante, lo que sí provoca es el desbocamiento de su atrevida propuesta técnica. Su relación de aspecto –más cuadrada de lo usual– se adapta a la autoridad de los primerísimos planos y a su agresivo desenfoque que, junto a una brillante mezcla de sonido, contribuyen a extender la sensación de descontrol por toda la sala.

Y es que No matarás funciona mejor conforme pasan los minutos y cuando la lógica derrapa más por el espectáculo que por su pobre guion, pese a que su natural in crescendo desemboque en un impecable final; puesto que este no es más que un ejemplo claro de sus virtudes y defectos: un gran despliegue formal e interpretativo que funciona mejor sin diálogo.

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