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El miedo avanza

El pasado fin de semana la ultraderecha volvió a avanzar un paso más en el camino que lleva de vuelta a tiempos que en Europa parecían ya olvidados.

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Merkel, pensativa en su escaño.

La canciller alemana Angela Merkel pensativa en su escaño. | EFE

Ha vuelto a ocurrir. ¿Cómo? Eso lo explicarán con detalle dentro de unas cuantas décadas los libros de historia. En estos momentos, en vivo y en directo desde el centro de la tormenta, es difícil hacer conjeturas, sacar conclusiones. Aún así merece la pena arriesgarse. El pasado fin de semana la ultraderecha volvió a avanzar un paso más en el camino que lleva de vuelta a tiempos que en Europa parecían ya olvidados. Esta vez fue en Alemania, donde el partido de corte xenófobo y aires postnazis Alternativa por Alemania consiguió un magnífico resultado en las elecciones regionales.

Sonó como una tremenda bofetada en el rostro viejo y cansado del proyecto europeo. Hablamos de una formación cuyos dirigentes han afirmado en público que están dispuestos a disparar a cualquier refugiado que cruce la frontera alemana. Incluidos niños y mujeres, como puntualizó su número dos, Beatrix von Storx. Esta mujer, que en plena campaña electoral se llevó un tartazo de un activista en un acto público, sonreía encantada el domingo, porque sabe que hace falta algo más que una tarta para detener su mensaje, que va calando progresivamente en la población.

Fuera de Alemania el patrón se repite en Austria, Suiza, Dinamarca, Holanda, Hungría, Suecia, países donde la ultraderecha ha ido ganando posiciones en las últimas décadas. En algunos de ellos, como Suiza, ya han conseguido mayorías parlamentarias. En Francia, solo la alianza coyuntural de los socialistas y los conservadores ha logrado impedir que el Frente Nacional obtenga cuotas de poder a nivel regional y local. Sobre todo preocupa la tendencia: la cosa va a más.

El auge de la ultraderecha convive en el tiempo con una crisis económica que ha arrasado a las clases medias, con el aumento de los flujos migratorios y con una crisis de refugiados sin precedentes provocada por la guerra en Siria.

El auge de la ultraderecha convive en el tiempo con una crisis económica que ha arrasado a las clases medias, con el aumento de los flujos migratorios y con una crisis de refugiados sin precedentes provocada por la guerra en Siria. Mientras la señora Von Storx celebraba su victoria el domingo, miles de personas se hacinaban en campamentos improvisados a lo largo de la frontera entre Grecia y Macedonia.

Buena parte de los votantes de Alternativa por Alemania y del resto de partidos que defienden una Europa cerrada a cal y canto tienen miedo de esas personas. Llegan huyendo, duermen en tiendas de campaña viejas que apenas pueden protegerlos de la lluvia, sus hijos se entretienen jugando con el barro y los charcos y, sin embargo, a medio contiente les provocan un pánico atroz. Esa media Europa los quiere lejos. Y en ese miedo, como un buitre, picotea y se alimenta la ultraderecha.

Más de medio siglo después del horror nazi, muchas veces nos hemos preguntado: ¿qué ocurrió para que un pueblo avanzado y culto entregara el poder a un maníaco con unas absurdas ideas supremacistas que desembocaron en el genocidio de más de seis millones de personas? ¿Cómo empezó todo? Empezó con un partido prometiendo soluciones sencillas a problemas complicados y un enemigo ficticio al que odiar y temer. Estoy convencido de que el nazismo no se repetirá; también estoy convencido de que hay quien no dejará de intentar que vuelvan los tiempos en que cualquier persona señalada como diferente debía llevar un signo distintivo en la manga de la chaqueta.

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