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Babel

La diferencia está en la lengua. El silencio, por el contrario, nos iguala.

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EFE

La diferencia está en la lengua. Lo mismo que un servidor escribe ahora estas palabras en lengua castellana hay quienes en este preciso instante están escribiendo artículos, novelas, canciones de amor, cuadernos de bitácora, poemas épicos o tratados de comercio en finlandés, en ruso, en suahili, en portugués, en catalán o en hebreo.

Más allá de esta verdad no se entienden los nacionalismos. Tal vez la historia de la humanidad hubiera sido menos cruel, menos absurda, menos devastadora y no se hubiese visto salpicada de tanta sangre si todos hubiéramos hablado la misma lengua. Pero como en la torre de Babel dios se hizo confuso, las diferentes lenguas surgidas a partir de ese momento se justificaron a sí mismas creando culturas distintas, distintas religiones, distintos himnos, distintas banderas, distintos modos de pronunciar la palabra paz y distintas selecciones de fútbol.

Los sucesivos imperios que en la historia ha habido se sustentaron en sus religiones, en sus monedas y en sus ejércitos pero lo primero que impusieron fue su lengua. En esa fatídica confusión Alejandro Magno expandió las enseñanzas de Aristóteles por todo el mundo, los Césares romanos tradujeron al latín el nombre de todos los dioses griegos, los españoles arrasamos Sudámerica predicando la palabra del Cristo crucificado, las tropas napoleónicas lograron que en todas las cortes europeas se susurrara en francés, los ingleses colonizaron el extremo oriente para declinar la lengua de Shakespeare tomando gin tonics al sol y los estadounidenses hace ya décadas que se apoderaron de las empresas informáticas, las industrias del entretenimiento y las emisoras de frecuencia modulada del planeta.

La diferencia está en la lengua. El silencio, por el contrario, nos iguala. En el sonoro silencio de la naturaleza, por ejemplo, en alguna de estas tardes raramente cálidas del mes de Junio, sentados al sol, con las moscas zumbando en el alfeizar de la ventana, la monotonía del mar salpicando levemente de azul el verdoso paisaje, exuberante tras tanta lluvias caídas, y el viento del suroeste, largo y cargado de sal, revolviendo las dramáticas páginas de los periódicos, resulta realmente difícil comprender como todavía no hemos sido capaces de superar la confusión generada a partir de la torre de Babel.

Las asociaciones obreras de primeros del siglo veinte, los anarquistas, los comunistas, los socialistas, los obreros, en definitiva, de blusón, gorra, sandalias de esparto y tabaco de picadura en la Cataluña de principios del siglo veinte lucharon no solo por la conquista de los derechos sociales más básicos sino también por la creencia de que había que implantar una lengua universal que hermanara a todos los hombres y mujeres del planeta para terminar, así, con las diferencias no solo de clase sino también lingüísticas. Esta lengua era el esperanto.

Mas de cien años después Quim Torra es el Presidente de la Generalitat de Cataluña, los partidos políticos de la izquierda española, junto con los sindicatos, consideran progresista gastar toneladas de dinero público para promocionar las lenguas autonómicas y en las islas Baleares el gobierno socialista de Francina Armengol acaba de recuperar el catalán como requisito y no como mérito para trabajar en la administración pública. 

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