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Estulticia no es nombre de mujer

El mundo lleva mucho tiempo intentando buscar, sin éxito, respuestas a los retrocesos que las sociedades dan periódicamente en cuestiones de avances democráticos y derechos humanos

Mujeres Time Out

"¿Sabe usted qué papel ocupaban las mujeres en las Olimpiadas griegas? La primera mujer, ya se lo digo yo, ocupó el puesto 800. ¿Sabe usted cuántas mujeres hay entre los primeros cien jugadores de ajedrez? Se lo diré: ninguna. Por supuesto que las mujeres deben ganar menos que los hombres porque son más débiles, más pequeñas, menos inteligentes". Quien así se expresaba era el polaco Janusz Ryszard Korwin-Mikke, europarlamentario independiente desde 2014, en una comparecencia en la que se debatía sobre la brecha salarial que sufren millones de mujeres en todo el mundo.  Sus declaraciones han dado ya la vuelta al mundo causando indignación y estupefacción a partes iguales. 

Indignación, porque aún muchos millones de personas no acabamos de entender que tales palabras puedan ser expuestas en un foro democrático sin causar inmediatamente una respuesta ejemplar de la propia institución parlamentaria (más allá de las atinadas palabras dirigidas inmediatamente por la eurodiputada socialista Iratxe García).

Pero es la estupefacción el rasgo que más aparece tras los exabruptos escuchados en Bruselas días atrás. Superado el momento, decidimos conocer al tal señor Korwin-Mikke. Necesitamos saber si es pura fachada para conseguir sus cinco minutos de gloria o se trata de otro populista envalentonado por los nuevos aires circulantes. Así conocemos que su estancia en el Parlamento no está pasando desapercibida puesto que ya ha sido sancionado en dos ocasiones por comentarios racistas y enaltecimiento del nazismo, lo que no ha conseguido reconducirle hacia actuaciones de mayor sentido común. Más datos: antiguo  miembro de Solidarnosc, fundador y candidato frustrado a la presidencia de su país por una coalición que no obtuvo la representación mínima exigida, pero que, sin embargo, consiguió su acta de diputado al Parlamento Europeo con el respaldo de un 7% del electorado polaco. Y es entonces cuando nuestro asombro adquiere tintes épicos: de entre sus votantes destaca el apoyo que recibe del sector juvenil (le votó el 28,5% de las personas entre 18 y 25 años), el más alto de cuantos partidos concurrieron.

Advirtamos al marido, novio o compañero de que el salario de su mujer nunca será un complemento del suyo, sino la aportación voluntariamente establecida

Somos conocedores de los esfuerzos que la dura batalla contra la desigualdad supone a la legión de profesionales de la educación diariamente en las aulas. Apreciamos, con reconocimiento, las estrategias familiares e institucionales realizadas para vencer las costumbres machistas que impregnan nuestras sociedades. Pero todo parece venirse a cabo, como endeble castillo de naipes vencido por el viento, cuando ideas sexistas, misóginas y deleznables, como las expuestas por el parlamentario polaco, recorren nuestras venas, helándonos la sangre. La impotencia, la rabia y la desazón actúan nublándonos el raciocinio. ¿Cómo aceptar que jóvenes polacos  -aunque extrapolable a cualquier otra nacionalidad- se sientan representados/as por tal energúmeno? ¿Será que se vuelve a admirar al hombre de las cavernas, en pleno siglo XXI?

El mundo lleva mucho tiempo intentando buscar, sin éxito, respuestas a los retrocesos que las sociedades dan periódicamente en cuestiones de avances democráticos y derechos humanos. Quizás la opinión más aceptada sea la que defiende que el progreso de la especie humana nunca ha sido lineal y que lo lógico es, precisamente, convivir con la imagen que nos deja la conducción primeriza: llena de acelerones, calados y frenazos en sucesión incontrolada. Solemos tener claro el objetivo y conocida la teoría, pero en muchas ocasiones el vehículo –la sociedad- no responde a nuestros estímulos.

Valga esta pequeña digresión para resituar el asunto que nos preocupa: cómo minorizar el temor a que la brecha de la desigualdad de género crezca en nuestra sociedad, las dudas sobre la creciente invisibilidad de la mujer en determinados colectivos, cómo, en fin, mantener la certeza de que el camino seguirá siendo abrupto y lleno de trampas, pero necesario de recorrer.

Somos profesionales de la educación, con conciencia de que sólo la perseverancia y una actitud proactiva y decidida conseguirán minimizar nuestros obstáculos. Confiamos en la educación como herramienta de transformación social y motor de distribución de oportunidades.

Visibilizar a la mujer

De ahí que sigamos interesándonos por cuantas iniciativas surjan en su entorno para conseguir empoderar a las mujeres. Una de ellas es el material educativo elaborado por la Federación de Enseñanza de CC OO, que bajo el título “Demos nombre de mujer a nuestros centros educativos” pretende visibilizar el paso  de la mujer por la historia de las personas, su influencia en la mejora de la sociedad. Para ello se ha hecho un trabajo que se sirve del realizado en el año 2016 (“Mujeres con nombre de escuela”, unidades didácticas y mapa interactivo que permitieron la recogida de información de 572 centros escolares  en todo el país con nombres de mujer). Este año, se añaden pequeñas biografías de 104 mujeres “nuevas”, sin reconocimiento educativo, pero de amplia trayectoria pública. Se trata de escritoras, políticas, feministas, sindicalistas, deportistas, juristas, científicas,…  todas ellas con un denominador común: aportarnos conocimiento para ser mejores personas y con  más y mejores derechos reconocidos.

Un nuevo 8 de marzo traerá un sinfín de estudios, artículos y estadísticas sobre la realidad de la mujer española, vasca, europea,… que volverá  a recordar lo que ya sabemos, pero no conseguimos modificar: su fácil adjetivación: víctima propiciatoria, trabajadora gregaria, superwoman familiar,… en fin, visibilizar una vez más su inferioridad social para combatirla y derrotarla.

Debemos trabajar sin descanso para revertir tal situación; tenemos que protestar contra el juez que desestima una agresión sexual por la forma de vestir de la víctima; desenmascaremos al falso colega que se reivindica en el trabajo a base de chistes casposos y piropos oxidados; advirtamos al marido, novio o compañero de que el salario de su mujer nunca será un complemento del suyo, sino la aportación voluntariamente establecida; dejemos de creer que cafres como Korwin-Mikke merecen una sola palabra más de reconocimiento. Porque “estulticia” es nombre femenino, pero no de mujer y sus acepciones (ignorancia, necedad o estupidez) casan mejor con el triste protagonista de este artículo, que con ningún otro.

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