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La LGTBIfobia en tiempos de confinamiento

En este 17M debemos reivindicar que ha llegado la hora de plantearnos qué modelos de convivencia estamos fomentando, tanto a nivel institucional como a nivel social

Uno de los 'bancos invertidos' que han sido pintados a modo de protesta contra la lgtbifobia

Este domingo se cumplen 30 años desde que la Asamblea General de la Organización Mundial de la Salud (OMS) eliminó la homosexualidad de su lista de enfermedades mentales, una despatologización que se conmemora cada 17 de mayo como el Día Internacional contra la Homofobia, la Transfobia y la Bifobia. Este 2020 las celebraciones, reivindicaciones y manifestaciones, como muchas otras facetas de nuestra vida, se desarrollarán en el marco de las medidas sanitarias consecuencia de la pandemia de la COVID-19. Estas circunstancias nos imponen un cambio de planes para el que no estábamos preparadas y que nos ha servido para descubrir un mundo que, aún, existiendo desde siempre, era invisible a nuestros ojos educados en la sociedad del hiperconsumo.

Probablemente, este sea un aniversario diferente. La emergencia sanitaria nos ha confinado en nuestros hogares durante semanas, una experiencia que, además de todo el sufrimiento que ha provocado, ha sido tremendamente desigual, por su marcado componente de clase. También ha sido diferente según cómo acates ese conjunto de pautas y reglas, más o menos sutiles, que debes cumplir para no ser expulsado a los márgenes de la sociedad, la llamada cisheteronorma. ¿Cómo han soportado el confinamiento las personas que no tienen un lugar al que llamar hogar? ¿En qué situación se han quedado las personas trans que esta sociedad ha expulsado de sus estructuras de protección social? ¿Cómo han afrontado muchas personas LGTBI+ el retorno al hogar familiar, cuando tuvieron que escapar para poder salir del armario? Definitivamente, el confinamiento ha puesto de relieve que, todavía, hay mucha LGTBIfobia por depurar.

Más allá de estas casuísticas, el confinamiento nos ha enseñado hasta qué límites insospechados llega esa norma que nos oprime y castiga. Durante estas semanas hemos asistido a una exaltación superlativa de la familia como estructura básica de la sociedad. Toda la base normativa aplicada durante el confinamiento y la desescalada gira entorno al concepto de familia nuclear, de padre y madre (incluso dos padres o dos madres) con descendencia. El resto de tipologías, de relaciones humanas, simplemente desplazadas a un segundo plano (o, incluso, a la inexistencia). La lección nos la hemos aprendido muy bien: la mujer que decide vivir sola y no emparejarse, 'la solterona'; el abuelo o la abuela, seres no productivos en este sistema, relegados a encerrarse en sus casas o a recluirse en una residencia (privatizada y precarizada); las personas que aceptan vivir en comunidad, los 'hippies de la ecoaldea'; y un largo sinfín de ejemplos que nos demuestran cómo nuestra sociedad normativa excluye y sigue sin aceptar otro modelo de convivencia que no sea papá/mamá y su prole. Este castigo de la diversidad también es LGTBIfobia, y es muy practicada por nuestras administraciones y por todas nosotras.

La LGTBIfobia es mucho más que las declaraciones de la extrema derecha en los parlamentos o de algunos obispos desde sus púlpitos. Es todo un entramado socioeconómico del que todas participamos

En este 17M debemos reivindicar que ha llegado la hora de plantearnos qué modelos de convivencia estamos fomentando, tanto a nivel institucional como a nivel social. ¿Nos hemos parado alguna vez a pensar qué tipo de viviendas estamos construyendo y cómo condicionan la vida de la gente? ¿Por qué todos los apartamentos se construyen para satisfacer el modelo de familia normativa, imposibilitando otros tipos de convivencia, desde personas solas hasta grupos comunitarios? ¿Es ético expulsar socialmente de nuestro día a día a las personas que no cumplen con el modelo de pareja? ¿Estamos en disposición de juzgar cuando la mayoría de la población del país no cumple ese estándar?

La LGTBIfobia es mucho más que las declaraciones de la extrema derecha en los parlamentos o de algunos obispos desde sus púlpitos. Es todo un entramado socioeconómico del que todas participamos. Para desmontarlo hay que pasar del dedo acusador a poner la mirada en una misma y analizar nuestros comportamientos y qué opresiones generan. Durante estas semanas lo hemos podido hacer, parar y contemplar nuestra vida. Nunca es tarde para autoevaluarnos y abandonar esos comportamientos discriminatorios. Solo mediante este tipo de análisis conseguiremos avanzar hacia una sociedad libre de odio. Ninguna agresión sin respuesta.

* Jon Ruiz de Infante, miembro de EQUO Berdeak

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