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Objetivo: Educación democrática

La Escuela del siglo XXI debe articularse en torno a paradigmas valientes, transgresores con el tiempo y el espacio educativo  tradicional

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Instalaciones y falta de profesores, quejas más frecuentes al Defensor Pueblo

EFE

Decía Churchill que la democracia es el peor sistema de gobierno diseñado por el hombre; con excepción de todos los demás. No voy a ser yo el que contradiga al orondo político británico y menos con la que está cayendo en países con este sitema asentado durante décadas y en otros como el nuestro con menor cultura política participativa. En sentido amplio -y sin ninguna intención de entrar en disquisiciones filosóficas sobre las características que debe reunir una sociedad democrática- podría aceptarse que es una forma de convivencia social en la que sus miembros son libres e iguales y establecen entre sí mecanismos contractuales que condicionan las relaciones sociales de una comunidad.

Estamos tan acostumbrados a que los agentes activos de la democracia sean los partidos políticos, que nos marquen cambios, tendencias, propuestas y desilusiones en el ágora público que llegamos a olvidar a otras instituciones socializadoras que también contribuyen a enriquecer o empobrecer este concepto politíco. Entre ellas está la educación.

Hace unos días, El Diario de la Educación publicó un documento elaborado y revisado por especialistas y comunicadores educativos de distinta procedencia, trayectoria y sensibilidad ideológica, pero unidos coyunturalmente tras un objetivo común: encontrar la senda correcta desde la que enfocar la educación con un protagonismo nítidamente democrático, de ahí el nombre asignado a tal proyecto: 'Manifiesto por una Educación democrática'.

La primera impresión que puede deducirse, antes incluso de su lectura, es que estaremos ante un nuevo texto de propósitos buenistas que, como cualquiera de sus predecesores, está condenado a ser leído y tras provocar una leve sonrisa condescendiente, aumentar el fajo de papeles de la mesa de trabajo, hasta que llegue el momento de su limpieza anual.

Habrá incluso personas más osadas que sientan un principio de enfado tras el argumento de que una vez más hay quien sigue molestando con cuestiones de escaso aporte para la mejora educativa, en vez de centrarse en cuestiones más importantes hasta ahora desatendidas, como, por ejemplo, la falta de disciplina en las aulas.

Quienes han ideado el Manifiesto, sin embargo, aducen en su presentación tres cuestiones, difícilmente soslayables para cualquier profesional de nuestro sistema educativo: se necesita fomentar los valores (1), hoy en día en retroceso por la incidencia de la crisis económica y política (2) y deben  generalizarse  cuantas buenas iniciativas se estén realizando ya (y 3).

Tras estas constataciones de la educación española actual, se enumeran hasta doce principios que deberían incorporarse para poder añadir el calificativo democrático a nuestro sistema actual. Me detendré tan solo en aquellos que pese a ser conocidos, necesitan cierta dosis de refuerzo.

Un sistema democrático debe estar en continuo proceso de revisión, si no quiere perder la aceptación de la ciudadanía

1.Un sistema democrático necesita de una educación que enseñe a defender los derechos individuales y colectivos de una comunidad. De este modo, educar en el respeto, la libertad y la dignidad de cualquier ser humano debe verse acompañado de un trabajo por la justicia social, la equidad y el bienestar del grupo. Luis García Montero, en su obra “Un velero bergatín” nos advierte de los peligros de malinterpretar el concepto de libertad: “La libertad es un valor social, aunque se ha impuesto ahora la costumbre de entender la libertad como un ejercicio de desvinculación, un acto que afirma la individualidad para desentenderla del grupo”. De aquí la importancia de que la  red pública siga siendo el eje vertebrador de nuestro sistema educativo, sometido necesariamente a los filtros y controles que una administración eficiente debería realizar y fuera de otros intereses, como el beneficio económico, más propios de iniciativas privadas.

2. Un sistema democrático requiere de la participación activa y del impulso de la convivencia entre iguales para que la sociedad se asiente. La educación juega aquí un rol fundamental porque debe convertirse en el faro referente en el que agentes propios (alumnado, profesorado y personal no docente y  familias) trabajan junto a otros externos (administraciones locales y autonómicas, empresas,…)

Pero no podemos desoir lo que es una protesta a gritos: algunos departamentos de Educacion de algunas Comunidades Autónomas –como la vasca-  parecen trabajar a la inversa; es decir, tratando la convivencia entre iguales, de manera falsa, si ésta significa conflicto. Es mejor mirar para otro lado, dejar que si existen problemas de convivencia en la red pública -por ser esta la que más y mejor se esfuerza en la enseñanza inclusiva- se solucionen únicamente aportando recursos humanos y económicos , en vez de cumplir con su obligación, exigiendo que también la red concertada participe de igual manera en la soluciòn de esta situación común. Para más aclaracion, dirigirse al comunicado del Cosejo de Gobierno del asado martes, justificando el voto desfavorable en el informe para la tramitaciòn de la ILP Eskola Inklusiboa en el Parlamento. Todo un dechado de autocomplacencia y evasión de la situacion real actual en las aulas vascas.

3. Un sistema democrático debe fundarse en el pluralismo ideológico, a través de un diálogo veraz sin exclusiones. Cuando la educación trabaja el valor de la crítica se está alejando del adoctrinamiento y de la uniformización de ideas. Cada vez que se olvide este precepto se estarán dando pasos hacia la segregación social, cultural o económica de un colectivo al que se quiere marginar de algún  modo. Decía Victoria Camps en su obra “Creer en la Educación que la escuela debe enseñar a las personas a ser ciudadanos y no súbditos, a ser autónomas y no subordinadas.

Que países con muchos años de tradición democrática como los nórdicos  (Suecia, Finlandia) o centroeuropeos (Alemania, Francia, Austria, Holanda y Dinamarca) tengan un partido político de extrema derecha, xenófobo, segregacionista, sustentado por más del 10 % de votos (Italia, 33,5 %) indica que la educación en esos países está olvidando cuestiones elementales relacionadas con este principio.

4. Un sistema democrático debe avanzar transformando la realidad desde la doble óptica local y general (¿global?), evitando generar bolsas de ciudadanía estancada en un pasado sin retorno. La educación democrática, por tanto, tendrá que ser vanguardista en la superación del punto de vista androcéntrico actual, crítica con la tradición generadora de conflictos y transgresora en su sensibilización hacia los problemas medioambientales cotidianos. Trabajar la protesta cívica,  compartir la calle como lugar de expresión ciudadana no pueden seguir siendo instrucciones solo en los manuales sindicales, sino que deben activarse en las aulas de la Enseñanza Secundaria y Universitaria para dotar a ese alumando de herramientas de control de las instituciones y de formas de crítica no volenta.

5. Un sistema democrático debe estar en continuo proceso de revisión, si no quiere perder la aceptación de la ciudadanía. La sociedad actual, sometida continuamente a actualizaciones impuestas por la globalización capitalista, no dudará en entregarse a otros brazos (populistas, fascistas, integristas) que le prometan soluciones inmediatas. La educación deberá trabajar también en ese frente de actualización constante con una pedagogía adecuada a los tiempos presentes. La Escuela del siglo XXI debe articularse en torno a paradigmas valientes, transgresores con el tiempo y el espacio educativo  tradicional. El profesor Marina, casi siempre optimista, nos lo recuerda en su “Despertar al diplodocus”: “Un profesor puede cambiar un aula. Un grupo de profesores puede cambiar un centro. Un centro puede cambiar una ciudad. La expansión debe continuar”.

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