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Del Everest al Gorbea

¿Habrá seguido Urkullu los pasos de López? La pregunta podría parecer hasta blasfema, lo reconozco.

Ortuzar se disfraza de Indiana Jones para rescatar "el autogobierno perdido" y anunciar un nuevo estatus

Ortuzar se disfraza de Indiana Jones para rescatar "el autogobierno perdido" y anunciar un nuevo estatus

A juzgar por su última parodia de carnaval, el PNV empieza a progresar adecuadamente en materia de autogobierno. De proclamar, como hizo en su día, que el Estatuto había muerto, ha pasado ahora a aclarar que sólo está perdido y hay que ir en su búsqueda, exigiendo de España su  pleno cumplimiento. La soberanía vendrá después, como aseguró sensatamente 'Andoni Jones' ante los suyos. Porque no se puede hacer todo a la vez y atolondradamente. El “vísteme despacio, que tengo prisa” es lo que más conviene a un pueblo anclado en la noche de los tiempos y al que le quedan por delante milenios como para aburrir.

Pese a su cercanía, parece psicológicamente lejana la época en que lo mejor del Estatuto consistía en que podía ser abandonado, en beneficio del “ser para decidir”, que era lo que tocaba, y no enzarzarse en unas cuantas transferencias de más o de menos. Eran los tiempos gloriosos de Lizarra, cuando unos reclamaban el “derecho a decidir”, mientras otros, más prosaicos, se limitaban a agenciarse escoltas para salvaguardar su derecho a la vida. Al final, después de someter a este país a unas cuantas vueltas de campana, el PNV llegó a descubrir que lo que toca, al menos de momento, son justamente Estatuto y transferencias.

"El “vísteme despacio, que tengo prisa” es lo que más conviene a un pueblo anclado en la noche de los tiempos y al que le quedan por delante milenios como para aburrir"

Otros lo habían descubierto antes. Con el Estatuto en la mano, el lehendakari Patxi López evidenció que podían resolverse problemas para su desarrollo efectivo que durante años parecieron irresolubles; y que era posible fortalecer el marco vasco de autogobierno y utilizarlo, además, para salvaguardar y mejorar nuestro Estado de bienestar. Con el Estatuto en la mano, se desmantelaba el “campo base” hacia la independencia que Ibarretxe nos había montado en medio de la nada, una vez comprobado que por Katmandú se nos había perdido más bien poco. Años después, en fechas muy recientes, el propio lehendakari Urkullu se permitiría corregir la euforia alpinista de Ibarretxe en sus elogios a Artur Mas, al asegurar que llegar a lo alto del Everest está muy bien, pero que el Gorbea lo tenemos a la puerta de casa y es como más de aquí. Y con bastante menos frío, dicho sea de paso.

¿Habrá seguido Urkullu los pasos de López? La pregunta podría parecer hasta blasfema, lo reconozco. Entre otras razones, porque, de ser respondida afirmativamente, llegaríamos a la conclusión de que, en ésta como en otras muchas cuestiones, Euskadi sigue viviendo hoy a la sombra del cambio político impulsado por el Gobierno socialista. ¡Y hasta ahí podríamos llegar!

Lo que es seguro, en cualquier caso, es que el contagio del estatutismo se extiende por el país como una mancha de aceite. E incluso sus mayores detractores se han visto afectados por la epidemia. Hasta el punto de que ahora, en el Parlamento Vasco, EH Bildu presenta iniciativas para reclamar las transferencias que antes Joseba Egibar desdeñaba. Eran otros tiempos, que es de esperar que no vuelvan.

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