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Pintan bastos para la economía española

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La Comisión Europea ha revisado recientemente al alza la previsión de crecimiento del PIB de la economía española para 2019 en dos décimas, hasta el 2,3 %, en línea con las estimaciones de otros organismos internacionales. Parecen buenas noticias y seguramente se ajusten a los datos finales del ejercicio. Sin embargo, esta previsión esconde su lado oscuro. La dinámica de nuestra economía no vaticina buenos augurios. 

Veamos algunos datos sin ánimo de ser agorero.

El consumo eléctrico de la industria ha registrado en el segundo trimestre los peores resultados de los últimos años y presenta una caída interanual de un 7,9 %. Las ventas de turismos y todoterrenos cayeron en julio un 11% respecto del mismo mes del año anterior y suman un descenso del 6,5% en los siete primeros meses del año. El mercado de la venta de vivienda está dando muestras de agotamiento. Los beneficios empresariales están estancados. Los datos de la industria (cifra de negocios, cartera de pedidos) no son para dar saltos de alegría. Muestran incertidumbre y desconcierto.

Los datos de la EPA del segundo trimestre, pese a las apariencias, no han sido buenos y muestran una clara desaceleración del mercado de trabajo. En este trimestre se han creado alrededor de 330.000 empleos. Parece un buen dato. No obstante, se trata de una cifra inferior a los empleos que se generaron en los segundos trimestres de 2017 y 2018. A su vez, el paro descendió en 123.000 personas. También parece una buena cifra.  No deja de ser, sin embargo, un descenso inferior al registrado en todos los segundos trimestres de los últimos seis años.

Con relación al sector exterior, el ejercicio pasado las exportaciones españolas ya registraron una desaceleración significativa. Las previsiones para 2019 señalan un crecimiento de solo un 1,6%, inferior al 2,3 % del año precedente. Todavía estamos en cifras récord de exportaciones, pero con una tendencia hacia una mayor moderación en sus crecimientos. Por su parte, las importaciones también muestran una sensible desaceleración, otro mal síntoma, pero que, al menos, facilitará una aportación positiva del sector exterior al crecimiento del PIB a finales del ejercicio.

Lo más preocupante, sin embargo, es lo que dicen las encuestas sobre las expectativas. La contracción del índice PMI de manufacturas, un indicador avanzado de la evolución futura de la economía no presagia nada bueno. Los últimos datos de julio y agosto sitúan a este indicador en 48,2 y 48,8 puntos respectivamente. Cuando el PMI es menor de 50.0, anticipa que la economía manufacturera va a decrecer. En palabras del propio Ministerio de Economía esta evolución se justifica por “la reducción de los nuevos pedidos y de la producción, principalmente de bienes de equipo e intermedios”. Hay poco que añadir a este diagnóstico. Los indicadores de confianza industrial marcan la misma tendencia negativa, Por el momento, la prima de riesgo no da síntomas de amenazas.

El contexto internacional tampoco es esperanzador. La economía de la Unión Europea crece solo a un ritmo del 1,1%. Los peores datos llegan del Reino Unido y Alemania. En el caso del Reino Unido, su PIB retrocedió un 0,2 % en el último trimestre. En el caso de Alemania descendió un 0,1 % en ese mismo trimestre, es decir hay riesgo de recesión en las dos principales economías europeas. Europa está con respiración asistida y Mario Draghi desde el Banco Central Europeo puede aliviar la situación, pero no resolverla. Para ello habría que esperar a poner en marcha una política fiscal expansiva (de corte europeo habría que añadir).

Por su parte, el FMI ha rebajado su previsión de crecimiento mundial al 3,2%. A esto se denomina, en román paladino, estancamiento. La incertidumbre se ha instalado en la economía internacional. La inestabilidad política en muchas regiones del planeta, la guerra comercial y de divisas chino estadounidense y las dudas sobre el Brexit explican esta coyuntura que no parecen tener solución en el corto plazo.

Si hay un tsunami en la economía mundial, sin duda afectará a la economía española. En estas circunstancias, las autoridades solo están en condiciones de surfear la ola y para ello tienen que aposentarse en buenos fundamentos. Y solo parece que se han hecho los deberes a medias. El gobierno Sánchez se ha preocupado -con buen criterio- de paliar los desastres sociales de la crisis económica pero todavía quedan muchas reformas estructurales por realizar (y no me refiero a las relativas al mercado de trabajo).

El crecimiento previsto del PIB del 2,3 % de la economía española se fundamenta en el crecimiento del empleo, pero acompañado de una evolución negativa de la productividad. Esto solo refleja la debilidad de nuestro sistema productivo. Ello no significa que haya que cambiar radicalmente de especialización sectorial. Una decisión arriesgada que no se puede tomar desde un despacho. La especialización depende de la dotación de factores productivos y de la historia, geografía y cultura económica de cada país. Podemos seguir ofreciendo turismo, industria agroalimentaria, fabricación avanzada o industria energética. No pasa nada. Simplemente se requiere ofrecer productos y servicios de mayor valor añadido, incorporando las últimas tecnologías (digitales) de producción, proceso y organización.

Las recetas son conocidas. Se basan en la necesidad de acumular conocimiento, tecnología e innovación. Invertir seriamente en el sistema de ciencia y tecnología y en el sistema educativo. Mejorar la institucionalización de la economía y sus sistemas de control. Crear un entramado empresarial sólido. Facilitar que la financiación llegue a quienes la necesitan. Nada nuevo. Se trata de complementar políticas de demanda (monetaria y fiscal) con políticas de oferta.  Son medidas, sin embargo, a largo plazo, sin réditos electorales inmediatos, que requieren voluntad política y definición de unas prioridades claras. No debiera ser difícil llegar a consensos sobre estos asuntos. De lo contrario, nuestro sistema productivo volverá a crujir cuando todo se tuerza.

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