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La izquierda confederal, por el ojo de una aguja: la disputa del voto con el 'proyecto Rufián'

Gabriel Rufián, en el Congreso.
16 de febrero de 2026 21:02 h

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Con el paso de los días, paso a paso, tuit a tuit, las ideas que circulan alrededor de la posible candidatura de Gabriel Rufián al frente de una lista común de las izquierdas van haciendo poso y creando un suelo sobre el que pisar. A falta de que el aludido y su equipo decidan hacer público cuál será el camino, la vía más comentada y con mayor capacidad de encajar los diferentes ánimos es la de la confederación de partidos.

Con las cartas sobre la mesa y el rechazo de EH Bildu, ERC y BNG a diluir sus siglas, y el posicionamiento de otras formaciones como Compromís o CHA que buscan aunar bajo su ala a todas las sensibilidades en su circunscripción, la opción confederal tomaría forma siguiendo la estela del primer Podemos de 2015: cada lista con asentamiento territorial se hace única, se vota por separado, y una vez constituido el Congreso, se conforma grupo parlamentario general. Un ‘Ahora Repúblicas 2.0’, tal y como se planteó al inicio de la campaña de las pasadas europeas.

Ahora bien, en los casos en los que no exista esa opción, como Castilla-La Mancha o Extremadura, la línea es clara (y la han ido marcando las urnas autonómicas): Izquierda Unida como eje fundamental. El asentamiento territorial de los de Maíllo, su conocimiento de los pueblos, y su tradición histórica pueden atraer al votante desencantado que se ha ido descolgando por no encontrar un verdadero reflejo a la hora de escoger la papeleta.

Si la candidatura consiguiese avanzar hasta este punto y configurar el auténtico rompecabezas que supone, le quedarían, al menos, dos cuestiones por resolver, con el punto de mira puesto en el PSOE.

La primera, la más clara tras los años de Unidas Podemos y Sumar en el Gobierno, es si realmente les merece la pena volver a entrar en el Ejecutivo. Algunos analistas apuntan a que, si tras las elecciones hay capacidad de que Pedro Sánchez se mantenga en La Moncloa, la opción más inteligente sería volver al apoyo externo. Aluden a que, por un lado, los nacionalistas han conseguido más del PSOE desde el Congreso que, por ejemplo, Yolanda Díaz desde dentro. 

Sin embargo, todo es cuestión del prisma con el que se mire, pues en una configuración parlamentaria que resultase más favorable que la actual, y con una ultraderecha echada al monte, podría no quedarles otra que apoyar.

Para que el equilibrio funcione, no obstante, los números deben salir. Y si bien por ahora las pocas encuestas y experimentos demoscópicos que se han hecho apuntan a que el techo de la candidatura de Rufián, configurada con las listas plurinacionales, podría alcanzar los 75 diputados, hay voces formadas que miran de reojo al PSOE. Se presupone que, si de repente hay más voto, tendrá que salir de algún sitio.

Analizando con calma el comportamiento electoral y la configuración actual del votante español, los datos parecen indicar otra cosa. La cuenta de la vieja (quito unos diputados de aquí y se van allí) no funciona, pues actualmente, los últimos diputados de cada circunscripción se reparten por muy pocos votos, a última hora de la noche del recuento. Particularmente, muchos se los llevó Vox el 23-J, siendo la tercera fuerza.

Con este contexto, y estableciendo un hipotético escenario en el que las elecciones se celebrasen con la nueva plataforma ya en marcha y con ritmo, se puede concluir que tendría doble potencial. Por un lado, el obvio, de crecer ensanchando el espacio de la izquierda, atrayendo al votante desencantado que se ha ido a la abstención durante los últimos años. Y por otro, como efecto del primero, arrebatando ese último escaño (y peleando con fuerza la tercera posición), rascando esos votos de la madrugada del recuento. Puede parecer poco cuando las cuentas no se hacen desde Madrid, pero un diputado extra de Zaragoza, otro de Ciudad Real, uno más en Málaga...

Así, encontraríamos un Parlamento en el que el PSOE perdería muy poco, pues su suelo del último año está firme en el entorno de los 110 diputados, mientras que el proyecto confederal podría lograr rascar, y mucho, en su batalla particular: crece en diputados, y se los roba en muchos casos, directamente, a Vox. El “frenar a la ultraderecha” que pedía Ione Belarra, pero desde las urnas. Se trata de ensanchar el bloque, no de repartir las cartas dentro.

Un resultado así sería un sueño para el votante progresista, aunque, para llegar a él, primero deben cumplirse muchos “y si”. Demasiados, dado el historial de las formaciones de izquierdas en los últimos años. El más complicado, como ya adelantan, el “y si” de Podemos. 

No hay que perder de vista a los morados, pues si finalmente el acuerdo no fuese posible por ellos, y concurrieran por separado, todo este castillo de naipes confederal se podría venir abajo antes de empezar. Todas las cuentas pueden dirimirse por un puñado de votos, y si por apenas unos centenares, se disgrega en algunas provincias... Esos diputados volverían a Vox, que poco tiene que temer de SALF, y lo que un día fue un nuevo proyecto ilusionante a la izquierda del PSOE se podría quedar en un resultado cercano a los 40-45 escaños, probablemente insuficientes para reeditar el Gobierno.

Así las cosas, los diferentes planes se presentarán en pocos días, y comenzará la cuenta atrás. ¿Estaremos ante la nueva macedonia de siglas, con los nacionalistas en su casa y Podemos en la de todos? ¿O finalmente y ante la amenaza de la ultraderecha mundial, la izquierda española podrá presentar un frente común, basada en su territorialidad? Rufián y su equipo tienen mucho en lo que trabajar.

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