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No podemos aceptar los abusos del emperador

El presidente de Estados Unidos, Donald Trump. EFE/BONNIE CASH
10 de enero de 2026 22:45 h

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El ataque de EEUU a Venezuela, comparable – si no cuantitativamente sí en cuanto a su ilegalidad – con la invasión rusa de Ucrania, ha derivado en el establecimiento de un protectorado extractivo sobre el país caribeño, teledirigido desde Washington, que va a durar “muchos años” en palabras del presidente Donald Trump, erigido en detentador del poder absoluto sobre su presa. Podría usar su poder para promover la democracia, pero prefiere mantener el régimen chavista – descabezado por el secuestro de su presidente, Nicolás Maduro – porque es la coartada que necesita para mantener una imposición que sería imposible sobre un país democrático con líderes limpios.

Más allá de los intereses económicos, Trump ha dejado claro en Venezuela que no tiene escrúpulos para emplear la fuerza contra cualquier país que ose enfrentarse a su poder. Su Estrategia de Seguridad Nacional contempla el derecho de emplear medios militares en todo el continente americano para combatir la migración, las drogas y la delincuencia que puedan afectar a EEUU o a sus intereses, lo que puede propiciar más acciones militares en la región. La tensión con Colombia se ha aminorado después de que Trump haya hablado por teléfono con su presidente, Gustavo Petro, pero el régimen cubano que fundó Fidel Castro en 1959 – insostenible sin la ayuda de Venezuela – caerá probablemente a corto plazo, y algo similar puede pasar en cualquier momento en Nicaragua. En cuanto a México, el régimen político no está en peligro, pero EEUU podría atacar, desde el aire o con fuerzas de operaciones especiales, instalaciones, depósitos o centros de producción de drogas, violando el espacio aéreo, y por tanto la soberanía del país, mientras la presidenta Claudia Sheinbaum intenta contemporizar.

La locura imperialista no termina aquí. Aprovechando la conmoción general que el despiadado ataque a Venezuela ha producido, Trump y sus más cercanos aumentan ahora la presión para anexionarse Groenlandia – una idea que ya avanzó en su primer mandato -, a la que necesitaría por razones “de seguridad nacional e internacional”, amenazando incluso con emplear la fuerza militar si no pueden comprarla. Esta pretensión es aún peor que la presión sobre Latinoamérica porque el país al que pertenece la gran isla nórdica es Dinamarca, miembro de la UE y uno de los fundadores de la OTAN. Por supuesto, que Groenlandia siga siendo danesa no implica ningún riesgo para la seguridad de EEUU, que tuvo hasta 17 bases allí, mantiene aún una muy grande - Pituffik – con la misión de detectar los misiles intercontinentales que puedan acercarse a EEUU por rutas transpolares, y podría obtener fácilmente el permiso para instalar todas las que considere necesarias para garantizar la seguridad de la isla y controlar las rutas que pasan cerca. Trump quiere Groenlandia por razones económicas – tierras raras, petróleo, minerales -, geopolíticas – acceso al Ártico, que pretende repartirse con Rusia, control de la ruta polar Paso del Noroeste -, pero también porque aumentar el territorio de su país, en nada menos que 220.000 kilómetros cuadrados, le haría pasar a la historia de EEUU como uno de sus más gloriosos presidentes.

Trump no va a lanzar ninguna operación militar sobre Groenlandia, eso sería una locura que acabaría definitivamente con la OTAN y obligaría a una reacción en Europa que arrastraría incluso a los más atlantistas. La mención a esa posibilidad tiene el único fin de intimidar a Copenhague para tener ventaja en la inevitable negociación. La única vía para conseguir sus objetivos pasa porque la isla se independice de Dinamarca y después, aunque no sea inmediatamente, se una a EEUU, probablemente como Estado libre asociado, al modo de Puerto Rico. Es el camino que siguió Texas en el siglo XIX para pasar de México a EEUU, y Trump pretende allanarlo ofreciendo a sus habitantes dinero, que muchos de ellos necesitan. De ese modo no compraría Groenlandia a Dinamarca, sino a los groenlandeses. Pero este proceso necesita tiempo, y Trump tiene prisa, quiere que sea durante su mandato y preferiría que fuera este año, porque si en las elecciones de medio mandato que tendrán lugar en noviembre, perdiera la mayoría en alguna de las cámaras del Congreso, a pesar de las maniobras - legales o ilegales – que sin duda va a hacer para que eso no pase, podría tener problemas para completarlo. Mientras tanto, intentará que Dinamarca le otorgue concesiones para explotar recursos y aumentar sus inversiones y su presencia militar y política para favorecer sus propósitos.

Y la UE, ¿cómo reacciona ante la amenaza a la integridad territorial de uno de sus miembros? Silencio. El Consejo Europeo ni siquiera se reúne para tratar el asunto. Solo seis miembros de la UE – incluida España – más Reino Unido, emiten un comunicado afirmando que corresponde a Dinamarca y a Groenlandia decidir sobre los asuntos que les conciernen, pero dicen también que la seguridad del Ártico debe ser alcanzada de forma colectiva, y que “Estados Unidos es un socio esencial en este empeño”. Nadie se atreve a ir más lejos. Y aún es más de lo que se hizo ante el ataque a Venezuela, cuando la Comisión hizo una llamada a la calma y al diálogo, después de una agresión criminal e ilegítima, con una vaga mención a la legalidad internacional, pero sin decir quién la vulneraba ni emitir ninguna condena, y solo España firmó un comunicado con cinco países latinoamericanos rechazando el ataque, ante la parálisis de los demás europeos. El doble rasero respecto a Rusia, que ya se vio en Gaza, vuelve a mostrarse sin pudor.

La UE podría, si quisiera, hacer muchas cosas para pararle los pies a Trump, no solo en su asalto a Groenlandia, sino en la agresividad hacia la Unión que refleja la Estrategia de Seguridad Nacional, y en general en su matonismo imperialista indiferente a cualquier norma, acuerdo o institución que limite su voluntad. Podría al menos reunirse el Consejo Europeo y emitir un comunicado en el que se reflejase claramente su condena ante violaciones del derecho internacional - con nombres y apellidos – y su disposición a oponerse firmemente a este tipo de acciones. Podría romper el acuerdo de aranceles, o imponer a EEUU unos equivalentes, y negarse a cumplir los compromisos que adquirió en julio Ursula von der Leyen en Escocia: compra de energía estadounidense por valor de 750.000 millones y otros 600.000 millones en inversiones, e incluso podría aprobar sanciones como las que se imponen a Rusia. Los que son miembros de la OTAN podrían convocar una cumbre del Consejo Atlántico para debatir el asunto de Groenlandia, que, aunque no llegara a ninguna resolución – pues se requiere unanimidad – obligara a EEUU a exponer sus intenciones y someterse a las críticas. Podría intentar revitalizar Naciones Unidas, activando la Resolución 377 A “Unidos por la Paz”, aprobada la Asamblea General de Naciones Unidas en 1950, que permite puentear al Consejo de Seguridad cuando este sea incapaz de actuar en favor de la paz – por oposición de uno de sus miembros permanentes -, y dictar resoluciones y autorizaciones a los Estados, incluyendo el uso de la fuerza, para restablecer la paz.

Sobre todo, podría utilizar – aunque solo fuera en grado de amenaza – dos acciones especialmente peligrosas para Washington. La primera, un acercamiento político y económico a China, que decantaría la balanza en favor del país asiático en su pugna con EEUU. La segunda, una propuesta para abandonar el dólar como moneda de referencia en las transacciones mundiales, para lo que podría ponerse de acuerdo con un buen número de países del sur global, incluidos China, India, Brasil y algunos árabes. Esto sería demoledor para la economía estadounidense, con un déficit anual de 2,5 billones de dólares y una deuda pública de 39 billones que solo puede sostenerse gracias a que el mundo entero compra dólares. Se da el caso de que Maduro había acordado, poco antes del ataque, renunciar al dólar para su comercio petrolífero con China, igual que hizo Sadam Hussein en 2003, solo unos meses antes de que Irak fuera invadido con la excusa de las armas de destrucción masiva. La fortaleza del dólar es vital para EEUU y la mera amenaza de renunciar a él por parte de la UE o de países importantes puede paralizar cualquier iniciativa, porque no es probable que se atreva a bombardear Berlín o París.

¿Por qué no se hace nada de esto? ¿Por qué la UE calla, se somete, y se humilla? Hay muchas razones relacionadas con el innegable deterioro de la cohesión comunitaria: división entre estados miembros, debilidad política interna en muchos de ellos, egoísmos nacionales, falta de liderazgo. Pero sobre todo hay una razón común que paraliza cualquier crítica hacia Trump, y es la guerra en Ucrania. La mayoría de países europeos piensan que EEUU es imprescindible para detener a Rusia, incluso después de un hipotético acuerdo de paz. A pesar de que Trump ha demostrado que está más bien de parte de Rusia, los europeos no encuentran alternativa a su apoyo porque han perdido por completo – voluntariamente – cualquier capacidad de interlocución con Moscú, y están dispuestos a arrastrarse para que Trump no abandone a Ucrania y a Europa a su suerte, ante un temor a Rusia que resulta infundado a la luz de la capacidad militar real que está demostrando en la guerra, pero que es esgrimido sin cesar por los belicistas.

Desde luego Washington – y a Londres - le tocó la lotería cuando Putin invadió Ucrania, ya que su peor pesadilla ha sido históricamente que se consolidara un poder autónomo en la Europa continental que escapase de su control, y mucho más peligroso aún si era en cooperación con Rusia. Aunque no era raro que les tocara porque habían comprado todos los números. La larga guerra en Ucrania ha requerido toda la energía de Rusia y ha producido una gran debilidad en la UE, y esto ha permitido a Trump hacer lo que quiere donde quiere, sin más límites – como él ha dicho – que su propia moral (?), o forzar en los países OTAN un aumento del gasto militar hasta el 5%, imponer aranceles unilaterales indiscriminados, obligar a la UE a inversiones y compras en EEUU, y exigir la entrega - de una u otra forma - de Groenlandia. Todas son cuestiones que él ya había puesto encima de la mesa en su primer mandato, pero que entonces no pudo llevar a cabo, en parte porque no tenía el dominio de la política interna de su país que ahora tiene, pero también porque entonces la UE estaba en un momento bastante más alto, trabajando en su autonomía estratégica y seguramente habría resistido la presión. Ahora, aunque acabe la guerra en Ucrania, la paz nunca será tan sólida y definitiva como para que los países europeos se puedan liberar de sus miedos, y por ende de su dependencia, si no cambian hacia una concepción distinta y más amplia de la seguridad europea. 

Es difícil romper con aquél de cuya protección dependes, incluso criticarle. La UE se encuentra inerme ante los insufribles abusos del emperador de América, debido a su incapacidad para construir la potencia política autosuficiente que por su economía, población y grado de desarrollo podría ser. Ahora sufrimos las consecuencias de tantos años de comprar nuestra seguridad a un país cuyos intereses, en Europa y en cualquier parte del mundo, responden exclusivamente a la búsqueda de su beneficio. Siempre ha sido así, pero al menos había una invocación a la multilateralidad, cierto respeto a las normas, se buscaban justificaciones, se respetaba a los aliados. Con Trump todo eso desaparece y el imperio muestra su faceta más cruda y cruel. Muchos se sorprenden ahora: ¿Cómo es posible que mantenga el régimen chavista, que insulte al presidente de Francia, que exija la entrega de Groenlandia? Pero eso es lo que nos merecemos.

Trump no engaña a nadie, su Estrategia de Seguridad Nacional indica, negro sobre blanco, que considera el sistema político europeo un error – que él va a ayudar a corregir - y que los únicos aliados que reconoce son los partidos patrióticos, es decir, la extrema derecha, que precisamente pretende acabar con la Unión y regresar al nacionalismo. A pesar de ello, y a pesar de la evidencia de sus actos, hay dirigentes europeos, empezando por el cínico y patético Mark Rutte y arropados por el silencio cómplice de Ursula von der Leyen, que aún sostienen que se trata de discrepancias menores y que EEUU sigue siendo un aliado fiable que ama a Europa y siempre va a protegerla. 

Pero esta ficción resulta ya insostenible, y los ciudadanos europeos son cada vez más conscientes de ello. EEUU se ha convertido en un peligro para Europa y para el mundo, que además puede prolongarse mucho en el tiempo porque es probable que el sucesor de Trump sea J.D. Vance, que podría tener dos mandatos, y es tan malo o peor que él, al menos en lo que respecta a Europa. No podemos ser cómplices ni víctimas de sus imposiciones. Es inevitable ya emprender un cambio de rumbo, por difícil que sea cuando aún no se ha resuelto la guerra en Ucrania. La UE tiene que desconectar de Washington, rechazar frontalmente el imperalismo trumpiano, emprender un diálogo directo con Rusia para llegar a una paz lo menos lesiva posible para Ucrania, acordar con Moscú un nuevo paradigma de seguridad europea compartida que evite nuevas agresiones, y avanzar en su unión política hasta convertirse en un actor global sólido, independiente y pacífico, que a todos interese tener como socio y a nadie le compense agredir. Cuanto más tardemos en hacerlo, más vamos a sufrir los abusos del emperador americano, más se van a deteriorar las relaciones internas y externas europeas, y más va a crecer – alimentada desde el otro lado del atlántico – la serpiente de la ultraderecha que pone en peligro la paz y la democracia en nuestras naciones.

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