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Opinión | '¿Podría Trump secuestrar a Pedro Sánchez?', por Isaac Rosa

Trump interviene militarmente en su patio trasero

Donald Trump con el secretario de Estado, Marco Rubio, a su izquierda..
3 de enero de 2026 22:29 h

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Aunque largamente anunciado, tanto por las amenazas del presidente de EEUU, Donald Trump, como por el importante despliegue de sus fuerzas armadas en el Caribe y por las acciones militares y de bloqueo previas, el ataque lanzado sobre Venezuela en la madrugada del sábado día 3 ha conmocionado a la comunidad internacional y sobre todo a los venezolanos, tanto a los que lo deseaban como a los que no. Hasta 150 aviones estadounidenses han bombardeado objetivos militares, bases, puertos y aeropuertos, en Caracas y otros lugares, mientras la fuerza especial Delta secuestraba al presidente venezolano Nicolás Maduro y a su esposa y los llevaba a un barco con rumbo a Nueva York donde serán objeto de “toda la ira” del sistema judicial de EEUU –en palabras de la fiscal general–, bajo la imputación de conspiración narcoterrorista.

Hasta ahora, no se ha demostrado ninguna vinculación de Maduro con el narcotráfico. Incluso un informe de inteligencia rechazaba su vinculación con el Cártel de los Soles, que Trump esgrime para justificar su acción. Veremos cómo se prueba en el juicio. Y de paso, qué responsabilidad tiene su mujer en sus actividades, aunque no sería la única ocasión en que una esposa de un presidente fuera imputada por el mero hecho de serlo. En todo caso, lo de menos es la relación que el presidente de Venezuela pudiera tener con el tráfico de drogas, pues –tal como hemos comentado alguna vez– Trump ha indultado recientemente al expresidente hondureño Juan Orlando Hernández, que fue condenado a 45 años por el mismo delito. Esta acción contra Venezuela tiene el claro objetivo de reforzar la imagen de Trump, dañada por el asunto Epstein, y sobre todo de demostrar que tiene la capacidad de imponerse sin escrúpulos allí donde sea útil para los intereses de EEUU, como afirmó el Secretario de la Guerra, Pete Hegseth.

Con esta acción, Trump se inclina hacia la posición de su secretario de Estado, Marco Rubio, ardientemente partidario de aplicar la Doctrina Monroe, que desde su nombramiento ha puesto todo su interés en acabar con Maduro y su régimen. También con el de Cuba, a la que Trump dijo querer “ayudar”, y después probablemente con el de Nicaragua, con lo que se terminaría con todos los gobiernos más hostiles al poder estadounidense en la región, con la excepción de Brasil, que es un bocado demasiado grande, y de Gustavo Petro en Colombia, al que Trump ha amenazado de nuevo.

Pocas horas después del ataque, Trump comparecía en su residencia de Mar-a-Lago, donde está de vacaciones, para alabarse a sí mismo y elogiar un ataque “como no lo ha habido” desde la Segunda Guerra Mundial. Según él, este ataque traerá la paz y la libertad a Venezuela. No tuvo ningún pudor en mencionar expresamente el petróleo, que va a volver a ser una enorme fuente de riqueza con la intervención de las grandes compañías estadounidenses del sector, que van a ir allí a recuperar los derechos que les fueron arrebatados hace 50 años. Dio por finiquitado el régimen bolivariano, amenazó con lanzar un segundo ataque si fuera necesario, y afirmó que EEUU va a “dirigir” Venezuela a partir de ahora para promover una transición hacia un régimen amistoso.

No obstante, Maduro sigue siendo legalmente presidente de Venezuela. Según el artículo 233 de la Constitución de la República Bolivariana, solo perdería esa condición por muerte, renuncia, destitución decretada por sentencia del Tribunal Supremo de Justicia, incapacidad física o mental permanente certificada por una junta médica designada por el Tribunal Supremo de Justicia y con aprobación de la Asamblea Nacional, abandono del cargo, declarado como tal por la Asamblea Nacional, así como por revocación popular de su mandato. Como ambas instituciones tienen mayoría chavista, y además no se ha cumplido aún el plazo constitucional para una consulta de revocación, solo una renuncia de Maduro que podría ser provocada por la presión de EEUU, tal vez a cambio de un mejor tratamiento penal, podría abrir la vía legal a un cambio en la presidencia. En estos momentos hay un vacío de poder en el país, ya que la presidencia debería recaer en la vicepresidenta ejecutiva, Delcy Rodríguez, y habría que celebrar una nueva elección presidencial en 30 días, pero solo cuando la presidencia esté vacante, lo que no es el caso todavía, al menos según la Constitución vigente.

Naturalmente, esa Constitución sería derogada si este ataque produjera la caída del régimen bolivariano. Pero en estos momentos no está claro que eso vaya a pasar, al menos de una forma inmediata. Los soldados estadounidenses se han ido después de terminar su misión, y solo volverán si Trump ordena otro golpe similar, ya que invadir el país sería complicadísimo y no lo van a hacer, si bien mantendrán el control aéreo y naval. Una gran parte de los venezolanos que aún siguen en el país –y la casi totalidad de los que están fuera– celebran la captura del presidente, pero ellos no tienen el poder, que sigue en principio en manos de los chavistas, aunque hayan perdido a su líder. Se trata de un régimen que ha gobernado el país más de 20 años, y no será fácil desmontarlo sin una importante colaboración interna. Todas las instituciones, incluidas la Asamblea Nacional y el Tribunal Supremo son, como hemos dicho, chavistas, y la oposición –perseguida y reprimida– no está tan unida ni organizada como querría su líder, María Corina Machado, que tampoco parece tener mucho futuro después de que Trump haya dicho sorprendentemente que no tenía el apoyo ni el respeto de su país.

La situación interior del país es todavía muy confusa y es difícil saber lo que está pasando. Está por ver qué papel juegan en el futuro la vicepresidenta Delcy Rodríguez y otros líderes del chavismo, como su hermano Jorge, presidente de la Asamblea Nacional, o el histórico Diosdado Cabello, ministro del interior. Según algunas informaciones, el ministro de defensa, Vladimir Padrino, que es también el General en Jefe del Ejército, estaría tomando decisiones, e incluso reclamando el liderazgo.

Desde luego está claro que la posición que tome el ejército va a ser determinante para la supervivencia o la caída del régimen. Si los militares se mantienen leales al chavismo –la totalidad de los generales lo eran hasta ahora– les resultaría fácil reprimir cualquier intento popular de revertir la situación, a pesar de la presión de EEUU, y las cosas podrían seguir como están. Pero también cabe la posibilidad de que Washington haya tocado a algunos altos cargos, militares o civiles, quizá a cambio de impunidad, y que tenga ciertos apoyos internos. El mejor escenario sería el de una negociación que terminara en una transición pacífica. Aunque también podría pasar lo contrario, que el régimen se endureciera o incluso que, si el ejército se dividiera políticamente, se produjera un enfrentamiento civil que podría ser duro y prolongado en el tiempo. Solo en los próximos días o semanas tendremos alguna respuesta a estas incógnitas.

Aunque Maduro fuera un dictador, aunque no respetara las reglas de la democracia liberal, aunque reprimiera duramente a la oposición, aunque se mantuviera en el poder mediante unas elecciones fraudulentas, nada justifica ni legitima el ataque militar de una potencia como EEUU a un país soberano, sin que haya mediado agresión alguna por parte de este, ni haya una resolución del Consejo de Seguridad de Naciones Unidas que lo autorice. Trump y Rubio no defienden la democracia, ni siquiera quieren acabar con el tráfico de drogas – no lo conseguirán si no combaten el consumo interno - solo actúan en favor de los intereses políticos y económicos de su país –el petróleo en este caso– o de los suyos propios. EEUU ha promovido y sostenido muchas dictaduras, algunas de ellas muy sangrientas –sobre todo en Latinoamérica– y sigue apoyando a regímenes no democráticos, como en Egipto, Arabia Saudí, o incluso Eritrea, con cuyo gobierno Trump pretende reanudar relaciones amistosas. La intervención militar en Venezuela es absolutamente arbitraria, ilegal, contraria al derecho internacional, e ilegítima. Si todos los países se atribuyeran el derecho a intervenir sobre aquellos otros cuyo régimen político no les gustara, el caos y la violencia global estarían asegurados.

Trump, que llegó a la presidencia con promesas de no intervención y proclamas de pacifismo, decide bombardear un país que no ha atacado a nadie, y secuestrar a su presidente, simplemente porque quiere y puede, porque nadie se lo impide. Ya dejó claro en su reciente Estrategia de Seguridad que lo haría en el continente americano cuando y como quisiera. Pero no solo allí, amenaza con bombardear Irán si su gobierno reprime a los manifestantes contrarios, lo que es una intervención directa en la política interior de un país soberano, mientras aplaude la represión de Nayib Bukele en El Salvador. Impone aranceles unilaterales donde le parece, a veces por motivación política, y desprecia a Naciones Unidas y a cualquier institución supranacional, norma o acuerdo internacional que limiten su voluntad. Si no se le ponen límites, terminará dictando a todos los países del mundo lo que tienen que hacer y cómo, y qué partidos o dirigentes deben gobernar, excepto en China y Rusia, los únicos a los que respeta

La reacción internacional ha oscilado entre tibia e inexistente, excepto por China, la más afectada como importadora del petróleo venezolano, que ha condenado el ataque con firmeza apelando al derecho internacional y a la no injerencia. Rusia condena escuetamente y llama al diálogo, a Putin le conviene el reparto del planeta que hace Trump. Europa calla y acata. Solo la izquierda repudia una acción militar claramente criminal. La socialdemocracia europea llama a la calma y al diálogo, haciendo vagas referencias a la legalidad internacional, igual que Naciones Unidas que debería imponer esa legalidad. La extrema derecha – desde Milei a Abascal– aplaude abiertamente. La derecha asiente satisfecha, igual que la vergonzosa Comisión Europea, insistiendo en que el régimen bolivariano es ilegítimo. Les falta un telediario para empezar a acusar de amigos de Maduro a todos los que critiquen la agresión estadounidense. Y no es así, claro, muy pocos van a derramar una lágrima por Maduro, pero muchos van a llorar si no se le paran los pies al aspirante a dictador universal, a la vista de su trayectoria. Cabe preguntarse si realmente sabemos lo que nos jugamos, si nos damos cuenta de que este episodio no va de que un dictador entre o no en prisión, sino de defender un sistema internacional que garantice la paz y la libertad en nuestro maltratado y dividido planeta.

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