La política como teatro
Ya podemos ver la película El mago del Kremlin de Olivier Assayas, basada en el libro del mismo título de Giuliano Da Empoli, publicado en 2022, accésit al premio Goncourt. El guion ha sido coescrito por Emmanuel Carrère, también magnífico escritor, y el director. El personaje principal es Vladim Baranov, un joven artista que procede del mundo del teatro, que es fichado como asesor de comunicación (spin doctor) por un joven Vladímir Putin para saltar de la KGB a la política en vivo en 1990. No es muy conocido que el interés de Putin por el teatro y las artes escénicas es paralelo al de su actividad como espía, puede que ambas habilidades las puliese en la Academia de Teatro de Moscú.
El estreno no ha podido ser más oportuno: tanto la escena política internacional, como la doméstica, nos ofrecen constantes representaciones dramáticas y patéticas que a menudo no defraudan, aunque los protagonistas sean de calidad dispar: desde payasos hasta actores dramáticos, pasando por los camaleónicos. Pocos llegan a animales o bestias del poder, que se distinguen porque quieren sobrevivir a todos los demás, cueste lo que cueste; el reverso de esta apuesta vital es la ausencia de otras convicciones. En la versión más extrema se advierte la disposición al sacrificio de todos los actores de reparto, empezando por los más cercanos.
Tras años como presidente de Estados Unidos, Ronald Reagan, que procedía profesionalmente de Hollywood, aunque de un rango secundario, fue preguntado acerca de cómo era posible que un actor ocupara la Casa Blanca, a lo que contestó con doble conocimiento de causa: “para mí la pregunta es otra, ¿cómo es posible ser presidente sin ser actor?” La escena política parece requerir tanto competencias como tablas para sobrevivir. Los buenos actores y actrices reconocen que se aprenden sus papeles a conciencia, y solo tras lunas y años de oficio improvisan; los malos improvisan de entrada, y se nota. Una similitud más con sus vecinos de la cosa pública.
A esta altura de los tiempos, consumimos prioritariamente emociones que se suscitan a través de mercancías cargadas de relato; no en vano, el story-telling en tanto que story-selling comercializa emociones. De ahí que los Baranov (que en la vida real se pronuncia Surkov) dan más juego que los estrategas de matriz sociológica.
Nada permanece en el horizonte digitalizado, los físicos y matemáticas equipados con inteligencia artificial amenazan el liderazgo de los comunicadores sin alma, que en muchos casos, como Baronov-Surkov son personajes narcisistas, sin convicciones dignas de ese sustantivo. Ambas camadas llevan a sus clientes al mismo sitio, en el que todos los gatos son pardos, porque unos se copian a otros, y el exotismo ya no es lo que era, con perdón de los therian.
No deja de ser sorprendente por curioso que las ideas hayan dejado de jugar un papel realmente distintivo en tan pocos años para ser sustituidas por un carisma instantáneo; dictado por la implacable lógica capitalista de la oferta y la demanda. Las cosas ya no son como son, sino como las sentimos; por lo tanto, cómo vemos el mundo es una pregunta que se contesta desde otra: cómo somos. A la postre, vemos solo aquello en lo que creemos.
La inteligencia artificial en el mundo empresarial y político ha migrado de programar ordenadores a programar comportamientos. Me decía un spin doctor italiano que en política las mujeres líderes prefieren para los debates y las campañas los pantalones a los vestidos, y los votantes prefieren que los candidatos sean guapos. Desde que me fijo, he encontrado pocas excepciones.
En la pieza de teatro que ahora sigo con apasionamiento, a la izquierda del actor aún principal ha nacido una estrella, con nombre de canción, aunque Susan no la conoce.
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