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¿Unidad o irrelevancia? La encrucijada estratégica de la izquierda española

El portavoz de ERC en el Congreso, Gabriel Rufián.
18 de febrero de 2026 22:24 h

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La posibilidad de una candidatura única a la izquierda del PSOE vuelve al centro del debate en un momento decisivo. Esta semana lo hace con una imagen clara: dos citas paralelas ante el mismo dilema estratégico. Por un lado, IU, Más Madrid, los Comunes y Movimiento Sumar convocan Un paso al frente, sin liderazgos visibles y con énfasis en el proyecto colectivo. Por otro, el portavoz de ERC en el Congreso, Gabriel Rufián, junto al diputado autonómico de Más Madrid Emilio Delgado, protagoniza en Madrid la charla Doble o nada: disputar el presente para ganar el futuro, sin aval formal de sus partidos. Dos formatos distintos —quizá complementarios, quizá competitivos— y una misma pregunta de fondo: ¿es viable y necesaria una reorganización unitaria de ese espacio político en el nuevo ciclo que se abre?

No se trata solo de una discusión organizativa ni de una pugna por liderazgos. Es una cuestión estructural en un momento de cambio de época, donde el eje de la competencia ya no se ordena exclusivamente entre izquierda y derecha, sino entre democracia liberal y proyectos iliberales que cuestionan sus fundamentos.

La experiencia europea muestra que estas fórmulas de articulación surgen cuando la extrema derecha deja de ser marginal y se convierte en opción real de gobierno, incluso en solitario. En Francia, tras el avance de Agrupación Nacional —primer partido en las europeas de 2014 con el 24,9%— y la llegada de Marine Le Pen a la segunda vuelta presidencial en 2017 con el 33,9%, el resto de fuerzas activó el llamado Frente Republicano, una fórmula de concentración del voto democrático para frenar su acceso al poder.

Portugal ofrece un contraste reciente. Frente al crecimiento de Chega, António José Seguro impulsó la Comissão de Honra da Candidatura, una plataforma amplia y heterogénea que alteró el escenario: de un 14% en las encuestas pasó a imponerse con el 66,8% de los votos. La clave no fue solo organizativa, sino también de liderazgo: una campaña centrada en la moderación, la empatía y un tono integrador que logró proyectarse como alternativa fiable y transversal frente a la radicalización.

Alemania, por su parte, ha sostenido el llamado Brandmauer, el “cortafuegos” frente a Alternativa para Alemania, que excluye cualquier cooperación estructural con la extrema derecha. Modelos distintos, misma lógica: cuando el eje político se desplaza hacia la tensión entre democracia liberal e iliberalismo, la coordinación entre fuerzas democráticas deja de ser táctica para convertirse en estructural.

España se mueve en ese nuevo eje. El enfrentamiento central no es solo programático, sino sistémico: democracia liberal frente a tentaciones iliberales asumidas por la extrema derecha y por sectores conservadores dispuestos a pactar con ella. En este contexto, la reorganización de la izquierda alternativa no puede limitarse a “parar a la derecha”, sino articular una propuesta de gobernanza inclusiva que conecte con los malestares sociales de la época.

Aquí la aritmética electoral es determinante. La fórmula D’Hondt favorece a las fuerzas más votadas y castiga la dispersión, especialmente en las provincias pequeñas y medianas —28 de las 50 circunscripciones reparten entre tres y seis escaños—, donde el umbral efectivo es mucho más alto de lo que sugiere el porcentaje nacional. En esos territorios, la fragmentación puede traducirse en pérdidas directas de representación incluso cuando el bloque progresista iguala o supera en votos al conservador.

Si de cara a 2027 se consolida un escenario de bloques ajustados, el sistema tenderá a sobrerrepresentar al PP y a Vox, siempre que este último mantenga apoyos en torno o por encima del 15% —e incluso cercanos al 18%, como apuntan encuestas y resultados autonómicos— y una implantación territorial homogénea. En ese contexto, una izquierda atomizada podría quedar infrarrepresentada pese a sumar porcentajes similares, no por falta de respaldo social, sino por el efecto mecánico del voto dividido.

Los datos demoscópicos refuerzan la preocupación. El CIS de febrero indicaba que solo dos de cada diez votantes de Podemos repetirían su voto, mientras que en Sumar la fidelidad ronda los cuatro de cada diez. Frente a esa desmovilización, formaciones con arraigo territorial y liderazgos consolidados como BNG, EH Bildu, Compromís o Esquerra Republicana de Catalunya mantienen niveles de movilización superiores al 60%.

En este contexto, Gabriel Rufián emerge como un activo potencial para articular puentes. Su liderazgo presenta una notable territorialización: alcanza un 9,6% en Navarra, por encima de su media nacional (4,2%), y registra cifras relevantes en Galicia, Baleares, La Rioja y País Vasco. No es suficiente para liderar en solitario, pero sí indica capacidad de conexión más allá de su base catalana.

El diagnóstico es claro: el espacio a la izquierda del PSOE se divide entre partidos movilizados y con proyecto definido y otros desmovilizados y tensionados internamente. Si la fragmentación persiste, el riesgo no es solo un relevo gubernamental, sino una reconfiguración más profunda del mapa ideológico, con una derecha cada vez más “abascalizada” y una extrema derecha normalizada.

La unidad, sin embargo, no puede ser un fin en sí mismo ni una reacción táctica. Debe ofrecer un proyecto ilusionante de gobernanza económica inclusiva que aborde vivienda, empleo y servicios públicos con soluciones concretas, y que reconstruya presencia territorial y músculo digital.

Lo que está en juego no es únicamente la supervivencia de un espacio político, sino la calidad de la democracia en 2026. El Parlamento Europeo declaró en 2022 que Hungría, bajo Viktor Orbán, se ha convertido en un “régimen híbrido de autocracia electoral”. Ese precedente muestra cómo, desde dentro, pueden erosionarse contrapesos institucionales. Por eso, la decisión que ahora se debate no afecta solo a escaños: incide en el marco democrático que definirá la próxima década.

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