La portada de mañana
Acceder
La mala ventilación en escuelas augura un invierno de abrigos en clase
Los barrios más ricos se enriquecieron casi el triple tras la crisis
Opinión - La tentación de jugar con el fuego de Vox, por Olga Rodríguez

¿Qué puede aportar la cultura de paz en tiempos de pandemia?: Día Internacional de la Paz

Imagen de archivo de una familia mostrando su apoyo durante el estado de alarma bajo el lema "Todo irá bien"

Manuela Mesa

Vicepresidenta de WILPF-España y directora de CEIPAZ —

0

El 2020 será un año que recordaremos en los libros de Historia por los cambios que ha provocado la pandemia y por la manera de afrontarlos. Algunos de los riesgos globales que ya hace más de una década habían sido identificados desde la academia y centros de investigación han irrumpido bruscamente en nuestra vida cotidiana.

Esta pandemia ha profundizado algunos problemas ya existentes, como la desigualdad económica en el plano global y al interior de los países; la fragilización de los sistemas de salud y de las políticas públicas como resultado de décadas de políticas neoliberales y en particular el ciclo de austeridad que vino con la crisis de 2008; y el debilitamiento de las estructuras de gobernanza global, como Naciones Unidas y organismos regionales.

Estos riesgos globales no conocen fronteras, pero impactan de manera muy desigual según el contexto socioeconómico de cada país y la capacidad de respuesta que se ponen en marcha. Y en estas respuestas, el enfoque de derechos humanos es muy importante, porque supone garantizar el acceso a la salud de todas las personas y evitar que las situaciones de emergencia puedan ser utilizadas para recortar derechos y debilitar la democracia.

¿Qué es lo que puede aportar la cultura de paz a esta situación global?

En primer lugar, la cultura de paz nos enseña una forma de mirar y conocer el mundo desde los valores de solidaridad y justicia. Vivimos en momentos tan complejos, con un presente lleno de incertidumbres, que necesitamos claves para comprender mejor el mundo y poder ejercer así, una ciudadanía activa y comprometida. Se trata de poner en centro la interdependencia que tenemos como seres humanos, la vinculación mutua que nos lleva a intentar superar como sociedad el individualismo y el nacionalismo excluyente, para reconocernos en una sociedad global, como ciudadanos y ciudadanas del mundo que tienen que afrontar los riesgos globales de una manera conjunta y defender el bien común.

Y esto pasa, en el ámbito global por garantizar la provisión de los bienes públicos globales, un concepto que alude a aquellos bienes que nos pertenecen como humanidad, y que por lo tanto deben ser preservados para garantizar su disfrute a todas las personas. Bienes como son el medio ambiente, la seguridad, el conocimiento o el acceso a la salud y los medicamentos, entre otros. Y esto requiere trabajar hacia una gobernanza global en el ámbito multilateral (tan debilitado, pero tan necesario) para gestionar esos riesgos que no conocen de fronteras ni de países.

Y en ámbito nacional y local, es esencial reconocer la importancia de unos servicios públicos fuertes, dotados de recursos financieros y humanos que puedan atender a las necesidades sociales de todas las personas, y muy especialmente de aquellos colectivos más vulnerables. Porque sabemos que una sociedad es más segura cuando es menos desigual. Y hemos constatado cómo esta pandemia profundiza la desigualdad y afecta a los sectores más pobres.

Porque una paz genuina se construye garantizando la satisfacción de las necesidades de las personas y el derecho a vivir una vida digna con acceso a la salud, la educación, la vivienda… Reduciendo esa violencia estructural que impide que las personas se desarrollen en su integridad y esa violencia cultural que legitima el uso de la fuerza y la imposición.

El movimiento feminista lleva años reivindicando que el “cuidado” se sitúe en el centro de las políticas y que se valoren adecuadamente todas aquellas tareas que van orientadas al sostenimiento de la vida. Incorporar los saberes y la experiencia de las mujeres, históricamente ignorados, es imprescindible para una mayor comprensión de los problemas que afronta la humanidad.

En segundo lugar, la cultura de paz nos propone una forma de “hacer”, de “actuar” ante los grandes retos globales, poniendo en juego todas aquellas capacidades que tenemos los seres humanos para “hacer las paces”, como decía nuestro querido amigo, Vicent Martínez Guzmán, fundador de la cátedra de Filosofía para la Paz de la Universidad Jaume I de Castellón. Y además haciéndolo en red, conectando y vinculando a aquellas personas que suman y proponen para superar la pandemia y construir una sociedad más cohesionada; promoviendo la resiliencia, construyendo desde la adversidad y explorando nuevos caminos y formas de hacer.

En tercer lugar, la cultura de paz nos propone una forma de “ser”, sintiéndonos parte de una comunidad global; construyendo un “nosotros y nosotras universal” con capacidad de agencia para actuar y comprometernos con el futuro por venir. Como dice María Zambrano: “La paz es mucho más que una toma de postura: es una auténtica revolución, un modo de vivir, un modo de habitar el planeta, un modo de ser persona”.

Nos encontramos en una encrucijada y la elección que hagamos ahora colectivamente será decisiva para nuestro futuro. Por esto, en este Día Internacional de la Paz, queremos reivindicar la esperanza, como un motor de cambio, para soñar un futuro que garantice los derechos de todas las personas y que nos permita construir alternativas para un futuro sostenible, igualitario y pacífico. ¿Contamos contigo?

Manuela Mesa es vicepresidenta de WILPF-España y directora de CEIPAZ

Etiquetas
Publicado el
20 de septiembre de 2020 - 21:43 h

Descubre nuestras apps

stats