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Opinión - 'Inundar el terreno de mierda', por Esther Palomera

Breve paz en las trincheras

Videoconferencia entre Pedro Sánchez y Pablo Casado.

Esther Palomera

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Y de repente, en medio del silbido de las balas cruzadas de esto que llaman guerra, llega una tregua. Pablo Casado y Pedro Sánchez se han puesto de acuerdo. No para una gran pacto de Estado, sino para un acuerdo de mínimos. Con la que está cayendo, no es poco. La sociedad lo pide a gritos en todas las encuestas. Entre tanta angustia, tanto muerto y tanto miedo, era una cuestión de responsabilidad, pero también de decencia. Lo ha hecho Rita Maestre con el alcalde de Madrid, el popular José Luis Martínez-Almeida, y la oposición del PP y Vox con el presidente de la Generalitat valenciana, Ximo Puig. ¿Por qué no Casado con el Gobierno de España? Al final, la presión empresarial y política ha surtido efecto. No se sabe, eso sí, por cuánto tiempo. Porque lo que hoy es blanco, en la calle Génova mañana puede ser negro. No es la primera vez que tienden una mano y con la otra dan el portazo.

El caso es que Gobierno y PP han acordado, de momento, reconvertir la mesa por la reconstrucción nacional que había propuesto el presidente en una comisión parlamentaria, como reclamaba el líder de la oposición. En su primera reunión telemática durante la crisis de la COVID-19, Sánchez ha hecho llegar este lunes a Casado una propuesta detallada. Con fechas, componentes y grupos de trabajo para poder empezar ya mismo a trabajar. No será tan fácil ni tan rápido. Pero Casado no ha dicho 'no', y se ha apuntado el tanto de que el presidente haya cedido a su propuesta de llevar al Congreso, con luz y taquígrafos, cualquier marco de negociación. Antes, el sábado, Sánchez ya había rebajado las pretensiones de lo que en su día llamó una reedición de los pactos de La Moncloa al limitar las materias para un mínimo común denominador: reforzar el sistema de salud pública, la reconstrucción del tejido empresarial, las medidas de protección social para las familias y una posición común ante la UE. Decir “no” a alguna de ellas era un retrato poco edificante para el primer partido que lo hiciera.

De ahí el cambio del PP, que por otra parte mantiene la desconfianza y la crítica en un Gobierno del que sospecha quiere “mutualizar sus errores” e “implantar un programa de Gobierno” utilizando la crisis del coronavirus como excusa junto a “quienes quieren destruir España”, en alusión a ERC y Bildu, pero también a Unidas Podemos.

En cualquier caso, las posiciones siguen muy alejadas y de momento solo hay acuerdo para el formato, no para el fondo y mucho menos para las decisiones a adoptar en las próximas semanas, sobre todo las económicas. Casado ya ha puesto condiciones para votar a favor de la nueva prórroga del estado de alarma que el Gobierno quiere ampliar hasta el próximo 9 de mayo: material de protección para todos los sanitarios y trabajadores de actividades esenciales; test masivos en toda España, ayudas económicas inmediatas para autónomos, pymes y afectados por los ERTE, la reapertura del Portal de Transparencia y que se garantice la neutralidad de RTVE.

El Gobierno quiere un acuerdo con la oposición para mediados de julio, al que también intentará sumar a Comunidades y Ayuntamientos, empresarios y agentes sociales. Todo está abierto y todo es incierto. Y escuchar a Casado decir que la “unidad no es garantía de que una pandemia se resuelva mejor”, acusar al Gobierno de limitar la libertad de expresión con una “supuesta guerra contra los bulos” o decir que el PP está siendo muy condescendiente con el “claro desbordamiento del ámbito constitucional del estado de alarma, que ya se asemeja más a un estado de excepción”, no invita demasiado al optimismo ni garantiza la lealtad institucional que requiere el momento. Más bien suena a una breve tregua en las trincheras como la de 1914 cuando en la I Guerra Mundial, los soldados sabían que la batalla sería mucho más larga de lo que imaginaban, no deseaban pasar la Navidad en el barro y en la noche del 24 de diciembre, se produjo un armisticio improvisado en varios puntos del frente.

En mitad de la locura absoluta, hubo un oasis de cordura que los agotados soldados dedicaron, además de a charlar y jugar partidos de fútbol con las tropas contrarias, a enterrar a sus muertos. Aquella tregua duró apenas dos días porque los Estados Mayores amenazaron a los soldados con consejos de guerra si volvían a confraternizar con el enemigo. Poco después, el horror y la guerra volvió a imponerse, y aún duraría cuatro años.

Esperemos que esta tregua dure más y que Casado, Abascal o cuantos portavoces se sienten finalmente en esa comisión parlamentaria entiendan que tras las decisiones del Gobierno hay un equipo técnico que puede acertar o equivocarse, pero que hace su trabajo de forma honesta y llega al borde de las lágrimas cuando se le agrede de forma tan abyecta como se ha hecho con el jefe del Estado Mayor de la Guardia Civil, José Manuel Santiago, tras la polémica por sus palabras sobre los bulos en las redes sociales y el trabajo de los agentes para “minimizar ese clima contrario” al Gobierno.

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