La calefacción en los hogares es también una cuestión sanitaria

Josep Borrell, Alto Representante de Política Exterior de la UE

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Nunca un asunto como la calefacción de los hogares había tenido un papel tan destacado en la actualidad política. Aunque Europa ha aplicado contundentes sanciones económicas a Rusia, por su invasión a Ucrania, esta sigue financiando generosamente a la antigua nación soviética para pagar el preciado gas que le suministra. La gran dependencia energética de muchos países europeos lleva a estas peculiares contradicciones en las relaciones internacionales.

Sin embargo, el carácter hostil de Rusia está obligando ahora a Europa a buscar otras alternativas energéticas a marchas forzadas. Un proceso que no será precisamente rápido, ni tampoco barato. Mientras se dan los pasos para este largo camino en el cambio de las políticas energéticas, queda el aquí y ahora: consumir menos gas, a poder ser, ruso. Para tal fin, diferentes políticos europeos están haciendo declaraciones a los medios para concienciar a la población. El pasado 9 de marzo, Josep Borrell, Alto representante de la Unión para Asuntos Exteriores y Política de Seguridad, apelaba a los europeos:  “Corten el gas en sus casas, disminuyan la dependencia de quien ataca a Ucrania”. Unas declaraciones que más tarde matizó, aclarando que su petición de bajar la calefacción no va dirigida a España porque no recibe gas ruso.

No son solo las autoridades políticas las que solicitan o aconsejan hacer un uso frugal del gas, otras figuras públicas relevantes también se están pronunciando en esta dirección. Posiblemente, una de las declaraciones más llamativas las realizaba Ana Botín en una reciente entrevista al periódico El Mundo: “Yo he bajado la calefacción en mi casa a 17 grados. Son pequeñas cosas que los consumidores podemos hacer”. Podríamos hablar largo y tendido sobre esta corrosiva hipocresía. Sobre que en un país donde 4,5 millones de ciudadanos sufre de pobreza energética, una de las personas más ricas de España, que viaja en jet privado, aconseje a los demás sobre el uso moderado de los combustibles. No voy a hacerlo, porque me voy a centrar en un tema de fondo que es mucho más relevante que todo ello y que apenas se ha tocado en este conflicto energético: la salud.

Hacer uso de la calefacción en casa (ya sea consumiendo gas, carbón, electricidad, diésel o cualquier otro combustible) no es una mera comodidad o capricho del que se pueda prescindir como quien prescinde del turismo al extranjero ante aprietos económicos. Calentar el hogar dentro de ciertos límites cuando hace frío es importante para la salud y así lo recalcan múltiples instituciones sanitarias. La Organización Mundial de la Salud (OMS), por ejemplo, recomienda mantener la temperatura entre los 18 y 24 ºC en el interior de las viviendas para proteger a las personas de los efectos nocivos del frío. Si hay en casa ancianos sedentarios, bebés y personas con enfermedades cardiovasculares/respiratorias o cuya movilidad es reducida, esta temperatura debe estar por encima de los 20 ºC. Así pues, la recomendación de Botín no es adecuada desde un punto de vista sanitario.

No deberíamos subestimar los efectos perjudiciales para la salud que supone vivir en una casa con una temperatura demasiado baja. Según las directrices de la OMS de Vivienda y Salud, publicado en 2018: “Los hogares fríos contribuyen a un exceso de mortalidad y morbilidad invernal. La mayoría de la carga sanitaria se puede atribuir a enfermedades respiratorias y cardiovasculares, especialmente para la gente anciana. En niños, el exceso de carga sanitaria invernal se debe principalmente a enfermedades respiratorias. Se estima que el exceso de muertes invernales causadas por viviendas frías es de 38.200 al año en 11 países europeos seleccionados”.

La mortalidad por frío en el hogar cuenta con una gran paradoja: mueren más personas por esta causa en países con climas más suaves que en aquellos que cuentan con inviernos mucho más duros. Esto se debe, en parte, a que las viviendas de los países con inviernos más ligeros cuentan con casas menos preparadas para las inclemencias del invierno: con un aislamiento térmico pobre. Así que se requiere un mayor uso de energía para mantener caliente el hogar.

Cuanto más frío está el interior de la vivienda más clara es la asociación con un aumento de la contracción de los vasos sanguíneos, de la presión arterial y del riesgo de coágulos sanguíneos que, a la larga, predisponen a sufrir enfermedades cardiovasculares (ictus e infartos cardíacos) y muertes por esta causa. Además, el aire frío induce inflamación en los pulmones, lo que incrementa el riesgo de que aparezcan ataques de asma, infecciones y empeoramiento de enfermedades respiratorias de base como la enfermedad pulmonar obstructiva crónica. 

Sin duda, existen muchas razones para hacer un uso racional de las diferentes fuentes de energía, más allá de la guerra con Rusia. La crisis climática es una de las razones más poderosas para consumir combustibles con moderación, pero no a cualquier precio si hacerlo conlleva enfermedades y muertes por frío durante el invierno. 

Potenciar las energías renovables, incentivar el aislamiento de los hogares y castigar económicamente los excesos en el consumo energético deberían ser cuestiones centrales para abordar, en parte, el grave problema mundial del calentamiento global. Como en otros muchos ámbitos de la vida, en el equilibrio está la virtud, ya sea en mantener el hogar caliente como en usar los recursos energéticos de los que disponemos.

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