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OPINIÓN | Picoletos novit curia, por Elisa Beni

Elisa Serna

Elisa Serna

A finales de los años 70,  el espíritu de ruptura con el régimen franquista estaba muy vivo en las calles. Recuerdo las asociaciones vecinales y las asambleas donde se disputaban términos como reforma o ruptura, mientras el humo de los primeros porros envolvía las palabras hasta hacerlas fumables.

Recuerdo también la consigna, clavada en las trencas y en los ponchos con los que las jóvenes de entonces se cubrían ¿Nuclear? No, gracias.  En aquel tiempo, se oían discos de Quilapayún, de Víctor Jara, de Lluis Llach, de Pi de la Serra, de Luis Pastor y también de Elisa Serna. A diferencia de otras voces, la suya, la de Elisa Serna, se dejaba arropar por instrumentos poco convencionales para la época como lo eran el doble bajo, la flauta travesera o percusiones más propias de la música africana que de los páramos de Castilla. Había en Elisa Serna una búsqueda constante de experimentación que la llevaría a grabar sus discos con sonidos que entonces "sonaban a raro" por ser más propios de la música de vanguardia que de la música folklórica mesetaria, a la que acostumbraban los cantautores de entonces.

Su inquietud la llevaría a participar en aquel híbrido entre espectáculo musical y ópera bufa que fue Castañuela 70 y donde se parodiaba la España de los últimos años de la dictadura franquista. Moncho Alpuente tuvo mucha culpa de aquel espectáculo, también tuvo mucha culpa de que yo  conociese a Elisa Serna en persona. Fue Moncho quien nos presentó en Madrid, en el Café Manuela, en el corazón de Malasaña, cuando agonizaban los ochenta y los términos ruptura y reforma quedaban tan lejos que habían dejado de existir, perdidos entre la niebla de una memoria aquejada de falta de memoria.  

Las consignas habían quedado sepultadas bajo los escombros del Muro de Berlín y en las conversaciones de la calle, las palabras se habían convertido en números infumables. La contabilidad había asesinado al arte y el brillo de la cocaína empezaba a esmaltar los ojos de una noche dispuesta a dejarse pervertir a cambio de dinero y de crímenes.

De esas cosas hablamos ella y yo cuando todavía Elisa conservaba la voz para denunciar al poderoso, cuando aún quedaba lejos su retirada. Ahora que ha muerto, me doy cuenta de que este país sigue siendo un país cruel con sus artistas, a los que relega al olvido para así darles la peor de las muertes que existen. En fin. Descanse en paz, Elisa Serna.

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