Accidente ferroviario: fatalidad, tragedia, dolor y cinismo
El reciente accidente de un tren AVE en Adamuz ha provocado una gran conmoción social, aparte del elevado número de víctimas hay que sumar el consiguiente impacto psicológico, debido a que dado el alto nivel tecnológico tanto del tren como de las infraestructuras, hacía impensable que un hecho así pudiera suceder y de hecho han pasado más de 30 años sin un incidente importante. En ocasiones cuando utilizamos medios con una tecnología tan avanzada tenemos una errónea sensación de seguridad absoluta. En un primer momento piensas en lo fatídico del mismo, porque la posibilidad de que en un descarrilamiento coincida con el cruce de otro tren parece muy remota y es lo que realmente ha provocado el elevado número de víctimas, posiblemente el descarrilamiento por sí solo hubiera sido menos grave, inmediatamente aprecias la magnitud de la tragedia y piensas que tú podrías haber sido una de ellas.
La reacción ante un accidente como éste hay que contemplarla desde diferentes ámbitos, en primer lugar está la respuesta de los familiares que lógicamente es de dolor y desolación, también es entendible que deseen saber por qué ha ocurrido y proyecten un sentimiento de culpabilidad hacia los responsables de la administración correspondiente. Por otra parte esta la respuesta social que tras el impacto inicial, también desea saber cuál ha sido la causa, pero enseguida surge la necesidad de buscar un culpable , en ocasiones obviando que previamente existe un responsable que podría no ser culpable y todo ello asociado a la existencia de una insoportable polarización que hace muy difícil un análisis objetivo de lo sucedido, si a ello le sumamos la opinión de los diferentes expertos que han intervenido en la explicación de las posibles causas y con los consiguientes matices propios de una interpretación especializada, la confusión está servida. Cuando se analiza desde la perspectiva de un profano se intenta recurrir al sentido común, que nos dice que es evidente que ha habido un fallo humano, pues cuando se rompe un raíl como indican los expertos es porque o no estaba correctamente ensamblado, el material estaba defectuoso o no estaba suficientemente controlado, pero eso no implica necesariamente culpabilidad, pues cualquier actividad humana aun haciéndose correctamente está sujeta a un posible fallo. Automáticamente piensas que si se hubieran dedicado más recursos habría menos riesgos, pero entonces nos encontramos con el dilema de hasta cuanto habría que invertir, puesto que los recursos son limitados y hay que distribuirlos en las distintas áreas de la administración del estado, y es en ese debate cuando hay que plantearse si es oportuno asignar una gran inversión que rebaje los riesgos ya de por sí muy bajos, (no ha habido ningún accidente en líneas de alta velocidad en más de 30 años con cientos de miles de viajes y millones de pasajeros trasportados), a costa de detraerlos de otra actividad, lo que supondría empeorar el estado de bienestar o aumentar riesgos en otras áreas con menos impacto social.
Por último el tercer nivel de respuesta se encuentra en la esfera política y es ahí donde aparece lo peor del ser humano, que es utilizar la desgracia en aras de obtener rédito político a costa de aprovecharse de la lógica indignación de las familias de las víctimas y la sociedad, sobre todo teniendo en cuenta que el accidente se hubiera producido igual con cualquier gobierno, asumiendo que es razonable la solicitud de una investigación de las causas y posibles responsabilidades. Cabe resaltar en algún caso la indignidad de alguno de ellos que incluso se atreven a llamar asesinos a los que sin pruebas consideran de antemano culpables. Habría que preguntarse si cuando alguno de ellos se desplaza miles de kilómetros para abrazar a uno de los mayores y más sanguinarios criminales que ha dado la historia de la humanidad, también está de acuerdo con los procedimientos empleados por éste y como tendríamos que llamarlo.
Las sociedades muy desarrolladas están acostumbradas a altos niveles de seguridad, de tal forma que se ha infundido una sensación de inmunidad ante posibles fallos con consecuencias trágicas como la del reciente accidente. En realidad el riesgo cero no existe en ninguna de las actividades que realiza el ser humano y de hecho la propia vida ya es un riesgo en sí misma pero ahí todos estamos de acuerdo en asumirlo.
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