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Arafat

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En la muerte de Arafat en 2004 hay que buscar el origen remoto de gran parte de lo que está pasando ahora en el Medio Oriente. La desaparición de Arafat es un acontecimiento oscuro que, pese al tiempo transcurrido, nadie se ha preocupado de aclarar definitivamente y recuerda otros episodios que tampoco han sido investigados por intereses más o menos misteriosos. Los días finales del emperador Hiro Hito, el presidente brasileño Tancredo Neves o el propio Franco son ejemplos de cómo los poderes ocultos tras los medios informativos actúan hurtando o falseando información según conviene para servir a determinados fines políticos. Hoy es el día en que ignoramos la causa de la muerte de Arafat que aconteció en París, en un moderno hospital en el corazón de la civilizada Europa, no en una cordillera nevada o en una selva lejana, a pesar de lo cual la causa de su muerte permanece en el mayor de los misterios debido a una desinformación programada por no se sabe quiénes, aunque sea fácil deducirlo si aplicamos el famoso Cui prodest latino.

Arafat era el último bastión contra el fundamentalismo y la última esperanza de conseguir una solución estable al problema asociados a la lucha por la libertad del pueblo palestino en una zona azotada por el nazi-sionismo de Sharon por un lado, por los Estados Unidos y por la presión de los grupos extremistas musulmanes. Los avances conseguidos por la OLP, y su reconocimiento por la ONU como única representación legítima del pueblo palestino, presagiaban un desenlace negociado que los intereses políticos y económicos en juego no podían permitir, y todos los datos existentes abonan la teoría de que se optó por la eliminación física de Arafat. El medio utilizado fue la administración de polonio por personas que trabajaban para el Mossad. Con el problema palestino resuelto no hubiera sido posible la cadena de acontecimientos que llevó a las sucesivas guerras de exterminio contra los palestinos desencadenadas por Israel ni, por extensión, la aparición de nazis de nuevo cuño como Donald Trump.

Visto desde hoy Arafat, el muchacho de familia rica de El Cairo, el ingeniero brillante que abandonó su carrera para convertirse en Abu Amar y pasar los últimos años de su vida en la Mukata, merece al menos que se hagan públicas las circunstancias de su muerte y la reivindicación pública de su figura como héroe del pueblo palestino masacrado, una vez más, por el genocida Netanyahu.

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