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La Factura del Imperio: Paga el Vasallo

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Hay una ley no escrita en la historia de los imperios: cuando el centro siente la decadencia o a un nuevo rival, recorta su propia sangre y endosa la factura de la defensa y la lealtad a sus socios menores. Washington lo llama un “reajuste de cargas”, un viejo eufemismo. Esta ley se ejecuta hoy en Ucrania y en el Mar de la China Meridional.

En Ucrania, la respuesta a la invasión rusa comenzó con una unidad atlántica liderada por EE. UU. Dos años después, Washington muestra impaciencia, buscando que la orquesta europea toque sola. La carga real de la guerra —coste energético, refugiados, inflación y un rearme que a menudo paga la industria norteamericana— ha recaído sobre Europa. Mientras EE. UU. ya mira hacia el siguiente conflicto, deja que la UE gestione las brasas, la reconstrucción y la posible humillación de una derrota.

En el Pacífico, la maniobra es similar, pero preventiva. Emisarios del entorno de una potencial administración Trump preguntan directamente a Tokio y Canberra si lucharán en una guerra con China por Taiwán. Se acaba así la “ambigüedad estratégica”, exigiendo un compromiso sin letra pequeña. Para Japón, supone anular su Constitución pacifista y convertir sus bases en blancos. Para Australia, arriesgar su futuro económico, dependiente de China, en una guerra ajena.

La demanda de Washington es la misma que en Ucrania, pero en fase preventiva: pide un compromiso de sangre. Busca cómplices anticipados para que la factura del conflicto ya esté domiciliada en varias capitales. Es una externalización del riesgo en toda regla: EE. UU. pone el interés estratégico de contener a China y sus aliados deben poner la primera línea de fuego, los muertos y la devastación.

Esta estrategia delata una vulnerabilidad. Un imperio seguro no necesita preguntar si sus aliados combatirán; lo asume o lo impone. La pregunta revela que Washington ya no puede o no quiere pagar en solitario el coste de su hegemonía. Necesita socios que caven la trinchera.

Así, de Kiev a Taipéi, se dibuja un imperio fatigado que ha cambiado la protección por el reparto de daños. La lealtad ya no se premia con seguridad, sino con la obligación de compartir el desastre; es la lógica del patrón que socializa las pérdidas. Los aliados descubren que el paraguas protector tenía un precio oculto, pagadero con su soberanía, economía y paz. Porque cuando el César siente frío, despoja al legionario de su capa.

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