La pareja es barbarie y las amigas son civilización
Nuestras relaciones sociales siguen rigiéndose principalmente por la pareja. Y sí, toda esta movida está sostenida por la idea del amor romántico, pero el fondo del asunto sigue siendo la reproducción. Al fin y al cabo, el enamoramiento es una alteración bioquímica que dura unos pocos años, el tiempo imprescindible para traer al mundo a una criatura y cuidarla en sus primeros años de vida. Y así desde nuestra adolescencia hasta que por fin nos desencantamos de esta patraña, nos encontramos regidos por la biología primitiva y una idea de amor que lo enfanga todo. Siento ser tan cruel y frío hasta ahora -sorry not sorry-.
Conocemos una persona, tenemos una cita y otra cita, y de repente sin venir mucho a cuento la colocamos en el centro de nuestro universo. Hay que hacerle hueco para verla todas las semanas -algunos más obsesivos se ven cada pocos días-, hay que hablar de expectativas de futuro, de hijos, de convivencia, de trabajo, de economía compartida, de viajes, de conocer a los amigos y a la familia, de compartir aficiones... Y mientras tanto nuestras amigas siguen relegadas al ostracismo, las cuidamos lo justo para no perderlas -o no-.
Y no me confundáis, yo he caído ampliamente en la trampa y espero no volver a caer, aunque no pueda prometer nada. Antes que crítica, este texto es autocrítica. Pero por suerte he podido descubrir tras varios años de soltería que no hay nada más reconfortante y pleno que poner el foco en las amigas y no en la pareja. Y aunque me quede un largo camino por recorrer y aunque el sentimiento de soledad me haya invadido al principio del viaje, ha valido la pena y no tengo ninguna intención de abandonarlo.
La trampa consiste en la falsa creencia de que la pareja es para siempre, y aunque en la teoría la mayoría de personas ya no creemos en esta premisa, seguimos poniéndola en práctica como si fuera real: mujeres que renuncian a su futuro profesional para cuidar a sus hijos y poner en el centro el desarrollo profesional de sus maridos, mudarnos a otra ciudad o país por nuestra pareja, agotar casi todo nuestro poco tiempo libre pasando “tiempo de calidad” -asfixia- con ella, hacer planes de futuro del presente a la tumba, gastar dinero por encima de nuestras posibilidades -quiénes lo tienen- en viajes y regalos. Pero un día llega la cruda la realidad y formas parte de esa mayoría de parejas que rompen y el desaliento es total, y al poco tiempo vuelves a caer ¿Cómo no vas a pasarlo fatal si has centrado todas tus energías en una sola baza?
No te voy a descubrir América, pero está bien recordarlo: nadie nos puede completar al 100% y nuestra estabilidad no puede depender de una sola persona. Entonces, ¿por qué seguimos actuando como si poner la prioridad en nuestra pareja fuera la decisión correcta? Lo que necesitamos son buenas amigas y esto requiere dedicación y tiempo, pero además creo que también requiere de una apuesta firme y radical: ponerlas en el centro.
Necesitamos hacer más planes con nuestras amigas, descubrir y compartir aficiones, incluso, por qué no, generar proyectos de futuro con ellas. El ejercicio es simple: pasar de hacer las cosas que haces con y por tu pareja a hacerlas con y por tus amigas. Y perdón por lo simple, porque de simple no tiene nada, porque la soltería es un privilegio, y a veces las amigas también.
Últimamente, se nos dice que no hay tiempo para las amigas, que solo tenemos el tiempo justo para quedar y ponernos al día, pero ¿sí para la pareja? Sin obviar las condiciones cada vez más precarias a las que nos vemos abocadas y la intensificación de los ritmos de la vida, por qué no probamos a poner a las amigas en el centro, a dedicarles nuestro tiempo libre. Quédate soltera, que no sola, como diría Ana Milán.
La pareja es futuro, pero debería ser pasado, y las amigas son presente, pero deberían también ser futuro.
Lo siento, quizá exagere con todo esto y sea demasiado radical -o a lo mejor no-, pero es que el hartazgo es mayúsculo – sorry not sorry-.
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